No temas transformar tu vida

Los pensamientos de Marta saltaban de una cosa a otra. No tenía ganas de levantarse para ordeñar la vaca, colar la leche, cocinar o fregar los platos. Todo era siempre lo mismo…

Pero no había remedio, la vida era así. La vida en el campo requería esfuerzo y dedicación, y dormir hasta tarde era un lujo imposible. Pero Marta no tenía ánimos. Desde hacía tiempo, vivía por inercia.

*”Cuando en casa hay armonía, hasta el trabajo es alegre; pero si no la hay, ¿para qué sirve tanto esfuerzo?”*, pensaba mientras realizaba sus tareas. *¿Quién valora lo que hago? ¿Quién se preocupa por mi cansancio?*

Tras colar la leche, Marta se sentó a la mesa. No entendía por qué hoy, con solo cuarenta y tres años, se sentía tan agotada…

*Antes, mi Sebastián me abrazaba, me acariciaba el pelo, me besaba y apoyaba mi cabeza en su hombro. Cargaba con la mitad de mis preocupaciones, y el cansancio se esfumaba. Así fue durante casi diez años, hasta que poco a poco ese calor desapareció por completo.*

¿En qué momento había cometido un error? ¿Cuándo había cargado tanto sobre sus espaldas que ya no le quedaban fuerzas? Podría haberse acercado a su marido, pedirle ayuda. Pero él se fue distanciando, volviéndose frío y grosero. Con el tiempo, la llama de su amor se apagó, y ya no había forma de reavivarla.

Sobre el pueblo flotaba una neblina cálida, mezclada con el aroma de las manzanas maduras. Marta se sentó en el banco bajo el porche y dejó caer sus manos cansadas. Una profunda melancolía la invadió. *¿Cómo escapar de este patio aunque sea unos días? Una semana lejos de las tareas interminables, de la rutina agobiante…*

Cuando su hija vivía en casa, todo era más alegre. Pero ahora estaba casada y vivía lejos. Marta suspiró. Ayer, en el trabajo, su vecina Valeria le había dicho:

*”Tu Sebastián estuvo arreglando la valla en el patio de Verónica y después se la vio abrazado a ella junto al río, tarde en la noche. ¿Cómo aguantas todo esto?”*

Marta no respondió, solo bajó la vista, pero pensó:

*”Ya ni siquiera viene a casa hasta el amanecer. ¿Para qué? Nadie lo retiene. Podría irse con esa Verónica y dejarme en paz. Ya me acostumbraré… Quizá debería volver a mi tierra, o quizá encontrar a alguien que sí me valore. Aún no soy vieja, tengo cuarenta y tres. Aunque Sebastián insiste en que nadie me querría, que solo soy un espantapájaros.”*

La verdad era que su marido la humillaba constantemente. Tanto, que Marta ya ni siquiera se miraba al espejo. *Claro que parezco un espantapájaros, con tanto trabajo encima…*

Sebastián y Marta se habían casado por amor. Ambos eran alegres, solían animar las bodas del pueblo: él tocaba la guitarra y ella cantaba. Tenía una voz preciosa, conocía un montón de coplas. ¡Y cómo bailaban! Hasta las suelas ardían.

Por la noche, Marta terminó sus labores y volvió a sentarse en el banco. Sebastián no llegaría pronto… o quizá no llegaría. Ya ni lo esperaba. Vivían como extraños.

*Podría dejarlo todo*, pensó, mirando su casa y el patio. *Irme a mi pueblo, donde vive mi madre. Mi hermana pequeña está ahí, cuidándola. Al menos no tengo que preocuparme por eso.*

El atardecer caía cuando, de repente, Marta escuchó el sonido de una guitarra desde el patio vecino.

*¿Quién será? ¿Habrá alguna celebración?*

Algo en ella cambió. Como si un viento invisible la impulsara, entró corriendo en casa, se quitó el delantal, se puso un vestido azul claro de lunares blancos, se ajustó el pelo y salió. Al llegar al final del huerto, apartó una tabla suelta de la valla y apareció en un descampado, donde la gente bailaba alrededor de una mesa llena de comida.

Marta se sentó al borde. Ana, su vecina, le sonrió como diciendo *”¡Qué bien que hayas venido!”*. La guitarra calló, y una mano le ofreció una copa de vino.

*”Por el encuentro”*, escuchó. Giró la cabeza y vio a un hombre con uniforme de marinero. Sintió un calor desconocido al cruzarse con su mirada.

Ana se acercó corriendo.

*”Marta, te presento a mi primo Ismael. Es marinero, pasa meses en alta mar. ¡Hacía años que no lo veía!”*

Ismael le estrechó la mano. *”Un placer. Tienes un nombre bonito.”*

*”Nada especial”,* se rio ella. *”Nací en marzo y mis padres no se complicaron.”*

La música volvió a sonar. Todos bailaron, menos Ismael, que no apartaba los ojos de Marta. Ana y su marido, Víctor, destacaban por su elegancia al bailar.

Terminado el baile, Ismael se sentó junto a Marta y le brindó de nuevo. Ella no recordaba cuándo había bebido vino por última vez. *¿Será por desesperación o por la emoción del momento?*

Al otro extremo de la mesa, alguien comenzó una canción. Las voces resonaron bajo el cielo estrellado, llegando al corazón. Cuando terminaron, el guitarrista tocó unas alegres sevillanas. Ana cantó la primera copla, todos rieron. Nadie quería quedarse sentado; volvieron a bailar, a reír.

Ismael también bailó, rodeando la cintura de Marta, acercándola a veces. Ella no se apartó.

Cuando Marta pensó en irse, Ismael notó su intención y murmuró: *”¿Nos damos un paseo?”*

Ella dudó, pero asintió. No le importaban los murmullos.

Caminaron hacia el río, alejándose del pueblo.

*”¿De dónde has salido, Marta? Eres maravillosa…”,* dijo él, tomándole la mano.

*”Yo no soy maravillosa, soy un espantapájaros”,* se rio con suavidad.

Él no la dejó terminar. Sus labios se encontraron, y a Marta le pareció ver estrellas. Luego, él acarició sus mejillas, besándola con ternura. Un calor que no sentía hace años la recorrió.

*”¿De dónde vienes? ¿Quién eres?”,* susurró.

Se sentaron junto al río. Él no la conocía porque ella no era del pueblo. Había llegado con Sebastián, cuando él estaba destinado cerca de su tierra natal. Ismael ya se había marchado entonces, ingresando en la escuela naval.

Tras graduarse, se casó con Teresa, de Cádiz. Pero la vida en el mar era dura. Su mujer no aguantó la espera y lo dejó cuando su hijo ya era mayor. Desde entonces, Ismael vivía solo. *”El capitán llegó a puerto, pero su mujer se fue con otro”,* bromeaba él.

Hasta esa noche, no había encontrado a nadie que le hiciera sentir algo. Hasta Marta.

*”¿Vas a quedarte mucho?”*, preguntó ella.

*”No, solo tres días. Mi permiso está por terminar.”*

Marta se entristeció. Pero entonces, de la oscuridad, aparecieron dos figuras abrazadas. Era Sebastián y Verónica.

*”Hola… ¿Qué haces tú aquí?”*, preguntó él, mirando con desprecio a Ismael.

Marta se rio y se acercó a Ismael. *”Lo mismo que tú.”* Luego, añadió, *”Este es mi marido, el amor de mi vida.”* Y soltó una carcajada.

Sebastián se marchó furioso, arrastrando a VerIsmael tomó a Marta de la mano, la miró con determinación y le dijo: *”Mañana mismo nos vamos, porque una vida nueva nos espera y no hay tiempo que perder.”* y ella, con los ojos brillantes, asintió, sabiendo que al fin había encontrado el valor para dejar atrás el miedo y abrazar la felicidad.

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