Roturas que Fortalecen

**Los rotos son más fuertes**

Su padre la golpeaba. Sin piedad. Su madre bebía hasta perderse. Así que creció en la calle, literalmente. Comía allí, a veces dormía. Las burlas eran pan de cada día, y aprendió a defenderse. Con los puños. O mejor dicho, con sus pequeños nudillos.

Se convirtió en una persona rota, al menos eso decía su psicóloga, y luego su psiquiatra. Tomaba pastillas religiosamente, aunque no le hacían ni pizca de efecto. No salía con nadie. ¿Quién iba a fijarse en alguien así, en alguien rota? Así que…

Dedicaba todo su tiempo al trabajo y a cuidar de los sintecho de Madrid. Era voluntaria en una organización benéfica. Organizaba sus horas para que no le quedara ni un minuto libre. Solo volver a casa y hundirse en el sueño del cansancio. El piso era herencia de sus padres, y cada pared le recordaba el sufrimiento. Quería mudarse, pero no tenía euros para hacerlo. Así que dormía entre paredes que susurraban los horrores de su infancia. Y eso la destrozaba.

No quería regresar. Así que demoraba el momento como podía. Paseaba por el patio fumando un cigarrillo tras otro, hasta que las náuseas ahogaban sus pensamientos. Los vecinos, paseando perros o sacando la basura, evitaban cruzarse con ella. Tenía fama de… digamos, inestable.

Esa noche no fue distinta.

Daba vueltas por el patio, intentando convencerse de subir, cuando chocó contra la espalda de un hombre alto y corpulento. Estaba medio encorvado, maldiciendo con rabia. A sus pies, un pequeño gatito gris se encogía. El tipo se inclinó, soltó otro improperio y alzó la mano para golpearlo.

De pronto, un odio hiriente la invadió. Los recuerdos la ahogaron, borrando todo lo demás. No supo cómo apareció frente al hombre, pero notó su puño cerrado volando hacia su frente.

El impacto fue perfecto. El tipo gimió, intentó levantarse, pero…

Un gancho izquierdo lo derribó. Cayó como un saco, emitiendo un quejido que atrajo a medio vecindario. Ella alzó al gatito tembloroso. Los curiosos miraban, mudos de asombro, al hombre enorme en el suelo y a la chica diminuta con el felino en brazos.

—Quería pegarle— explicó.

Luego giró y se marchó. Nadie ayudó al caído. Al contrario. El tipo era conocido en el barrio por su mal carácter. Pronto, diez cubos de basura volcados sobre él completaron su merecido.

—¡Espera! ¡Espera!— gritó un chico que tiraba de un perrito gracioso y lanudo. Corrió tras ella.

—Estoy… impresionado. Lo que hiciste fue… noble— dijo, sin aliento—. ¿Cómo no tuviste miedo?

Por primera vez en su vida, sintió ganas de contarle a alguien por qué actuó así. Se sentaron en un banco junto al portal.

—Mi médico dice que soy una persona rota— susurró.

Hora y media después, supo que él escribía una tesis sobre violencia doméstica.

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