Todos son iguales

No había pareja más bonita en el pueblo que Lucía y Javier. Desde niños corrían juntos por las calles del lugar, luego iban juntos a la escuela que estaba en una loma. En invierno, cuando a Lucía se le helaban las manos, él le cargaba la mochila y la animaba:

—Vamos, Lucía, date prisa, cuanto más rápido corras, antes entrarás en calor.

—Mira qué atento es el Javi, será un buen marido cuando crezca, se nota— se reían las mujeres del pueblo al verlos juntos. —Siempre están pegados.

—Bah, tonterías— decían otras. —Ahora son niños, pero cuando crezcan ya mirarán a otros. Los chicos son así. Ya se les pasará.

Lucía no hacía caso. Le decía a su madre:

—Javi es mi mejor amigo, el más fiel.

Con los años, esa amistad se convirtió en amor. Ni Lucía ni Javier se dieron cuenta de cuándo dejaron de ser niños. Para el instituto, Lucía se había convertido en una chica esbelta, ligera como una pluma, con grandes ojos azules y pelo rubio, mientras que Javier era moreno, de ojos marrones y un hoyuelo en la barbilla.

Ahora paseaban por las noches de la mano, y las otras chicas murmuraban con envidia:

—¿Cómo puede estar Javier tan prendado de Lucía? No se cansa de ella, después de tantos años. La sigue como un perrito fiel y encima le consiente todos sus caprichos.

Muchos chicos también miraban a Lucía, pero ninguno se atrevía a acercarse, sabían que Javier la defendería. Más de uno había probado su fuerza. La vida siguió su curso y, a pesar de todo, Lucía y Javier se casaron. Aunque muchas mujeres le advertían:

—Lucía, no te tomes en serio a Javier como marido. No se puede confiar en los hombres guapos. Ya se sabe, marido guapo, marido ajeno. Estará contigo un par de años y luego empezará a mirar a otras. Así son, de raza infiel.

Pero el corazón de Lucía ignoraba los chismes de las vecinas. Sabía que solo quería a Javier. Después de la boda, los demás seguían observando, esperando el momento en que su felicidad se rompiera.

Lucía tuvo suerte con su marido. Bueno, cariñoso, atento y, además, guapo. Ella también era una mujer hecha y derecha. Un buen marido es una gran dicha para una esposa, y cuando además se oyen risas de niños en casa, la dicha es doble.

—Javi, no me encuentro bien— dijo Lucía una mañana. —No sé qué he podido comer, me duele la cabeza y tengo náuseas…

Javier se asustó:

—¿Quieres que llame a la enfermera?

—No, ya iré yo— respondió ella. —Tú vete al trabajo, y de paso yo pasaré por el ambulatorio.

La enfermera le recomendó ir al centro de salud.

—No es cosa mía, Lucía. Lo más seguro es que estés embarazada.

Javier y Lucía volvieron de la consulta felices y sonrientes.

—Prepárense para ser abuelos— anunciaron a sus padres, que también se alegraron.

Nació su hijo Pablo, y todos estaban contentísimos: los jóvenes padres y los abuelos. Antes de tres años, llegó Sergio, un niño tan guapo como Pablo, morenito como Javier, con el mismo hoyuelo en la barbilla.

—Qué niños más bonitos tienen Lucía y Javier— comentaban los vecinos.

Dos años después nació Mateo, de ojos azules y dulce como su madre. Tres hijos, tres niños creciendo rodeados de amor. No había familia más feliz en el pueblo. Todos veían cómo se querían desde niños y no podían decir nada malo de ellos.

Lucía se ocupaba de los niños con cariño, era una madre entregada. Javier volvía del trabajo al anochecer, esforzándose para que a su familia no le faltara nada. Pablo, el mayor, ya iba al colegio, era listo y sacaba buenas notas, orgullo de sus padres.

Javier trabajaba como mecánico en un taller de maquinaria agrícola. Todo estaba bajo su supervisión: camiones, tractores, cosechadoras… Había mucho trabajo, sobre todo en época de siembra y cosecha. Los campos eran enormes y la maquinaria no podía fallar.

En las afueras, cerca del bosque, había un orfanato donde vivían niños sin padres. Algunos los habían perdido, a otros se los había quitado la justicia. No eran muchos, pero Lucía siempre se compadecía de ellos. A veces hacía pasteles, guardaba algunos para los suyos y llevaba el resto en una cesta a los niños del orfanato.

—Qué pena me dan— pensaba. —¿Quién les hará dulces caseros?

Una de las cuidadoras, Teresa, había sido compañera de clase de Lucía, así que no había problema en llevarle la comida. También les daba manzanas y peras de su huerto.

—Gracias, Lucía, eres un ángel— le decía Teresa. Y Lucía no lo contaba, simplemente lo hacía.

Un día, al volver de la tienda, la paró la señora Rosario, una vieja chismosa que siempre esparcía noticias feas por el pueblo. Incluso las buenas las contaba de manera que daban ganas de llorar.

—Lucía, qué bien te conservas, cargando bolsas tan pesadas— soltó. —Tres niños, tu marido siempre trabajando… ¿Crees que Javier solo piensa en ti y en vuestros hijos? ¡Ni hablar! Tiene otra niña, la llama papá, yo misma lo he oído. Y debe tener la misma edad que vuestro Mateo. Después de esto, ¿en quién vas a confiar? Ni aunque sea tan bueno como tu Javier.

Lucía se quedó pálida, pero la vieja siguió su camino. No podía creer que su marido la hubiera engañado. Confiaba en Javier como en sí misma. Y tampoco quería creerle a la señora Rosario, que era conocida por tergiversarlo todo.

Aunque le pesaba el corazón, no dijo nada a Javier esa noche, ni después. Se calmó poco a poco, pensando que lo olvidaría. Pero unos días más tarde, otra vecina le comentó lo mismo.

—Lucía, tengo que decirte algo. Pero no te alteres, no actúes sin pensar. Los hombres son así…— dijo la señora Carmen. —En el pueblo se comenta que han visto a tu Javier con una niña, cogida de la mano, y que lo llama papá.

—¿De verdad?— murmuró Lucía. —Pensé que la señora Rosario inventaba cosas de mi marido— se entristeció.

—Habla con él, Lucía. No tomes decisiones a lo loco. Escúchalo… La vida a veces da giros inesperados. Quizá hay una explicación.

El corazón se le encogió pensando en la niña.

Pero tu Javier ni siquiera se esconde. Va por ahí de la mano con la niña, tú no lo ves porque el orfanato está en las afueras. Piensa, Lucía, usa la cabeza.

—Vale, señora Carmen. No quería creerle a la señora Rosario, pero…

Lucía pensó que debía hablar con su marido sobre esa hija. Quizá por algo sentía la necesidad de ir al orfanato, de llevarles fruta y pasteles. Le daban pena esos niños sin padres. Y ahora resultaba que una de ellas era hija de Javier.

Su corazón se apretaba por la niña.

—Si está en el orfanato, es porque no tiene madre— pensó Lucía. —Y si no tiene madre, deberíamos llevárnosla a casa. Perdonar a Javier o no, eso ya lo pensaré. Pero una niña con padre vivo no debería estar en un orfanato. Hoy hablo con él, pase lo que pase.

Lucía estaba nerviosa. Nunca había habido secretos entre ellos, y pensaba que él tampoco ocultaba nada. Pero ahora…

Javier llegó pensativo. Lucía le sirvió la cena caliente.

—Que coma primero, luego hablamos

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