El médico del campo

La Doctora del Pueblo

Diana regresó a su pueblo natal veintidós años después, tras divorciarse de su marido. Ya habían pasado seis años desde la separación, y decidió volver a casa.

—Mis padres envejecen, mi madre enferma a menudo y no puede con las tareas del campo —explicaba a amigos y colegas en la ciudad—. Soy su única hija, ¿quién más les ayudará? Además, en el pueblo han construido un nuevo ambulatorio, así que siempre habrá sitio para una médica. Mi hijo ya es mayor, independiente, se ha casado y tiene su propia vida. Si me echa de menos, vendrá a visitarme.

En su juventud, Diana había sido muy amiga de Miguel. Surgió entre ellos un amor de instituto, de esos que solo se ven en telenovelas mexicanas: peleas frecuentes y dramáticas, lágrimas incluidas, seguidas de reconciliaciones rápidas. Miguel siempre daba el primer paso. Tras las discusiones, soñaban juntos tumbados a la orilla del río, escuchando el rumor del agua.

Aunque a los padres de Diana no les caía bien Miguel, la pareja insistía en estar juntos. Pero poco a poco, Diana comprendió que el amor de Miguel era asfixiante. Un paso en falso, una mirada equivocada, y los celos de él estallaban con furia. Diana casi perdió a sus amigas por culpa de su novio. A tiempo se dio cuenta de que con un hombre así, y menos como marido, nunca habría paz.

—Después del instituto me voy a estudiar medicina —le anunció un día a Miguel, que se quedó boquiabierto.

—¡Ni hablar! ¿Para que les hagas ojitos a los chicos de ciudad mientras yo me quedo aquí, en el pueblo?

—Tú también podrías estudiar algo —replicó ella.

—Como si no supieras que aprobé el instituto por los pelos. Los profesores hicieron fiesta el día que me libraron de ellos.

Diana se alegró de marcharse del pueblo, de escapar de Miguel antes de que su amor la ahogara. Con suerte, se dio cuenta a tiempo. Se fue a la universidad, se casó, y tantos años después, regresó.

Miguel se casó con Ana, una enfermera recién llegada. Ella había venido al pueblo por voluntad propia tras terminar sus estudios. A él le gustó la jovencita, la cortejó y acabaron casándose. Tuvieron dos hijos, vivían en la capital del distrito, su hija se casó con un chico de ciudad y su hijo no pensaba volver. Ahora solo quedaban Ana y Miguel.

Su vida había sido turbulenta, todo por culpa del carácter celoso de Miguel. Pero Ana lo aguantó, y después de tantos años, ¿para qué divorciarse? Seguirían juntos hasta la vejez.

Miguel estaba tumbado en el sofá viendo la televisión cuando Ana entró decidida en la habitación, apartó las cortinas y empezó a buscar algo en el armario. Afuera era otoño, gris y húmedo, y la habitación estaba oscura porque Miguel insistía en tapar las ventanas. Ana protestaba: ya era bastante tenebrejo en casa, pero él decía que no quería que los vecinos miraran. Aunque, la verdad, nadie espiaba.

—¿Qué andas buscando? —preguntó él, distraído.

—El pasaporte —respondió ella, práctica.

—¿Para qué lo necesitas?

—He estado con la médica. Me ha dicho que intente conseguir una plaza en un balneario, que me vendría bien para los nervios.

—¿Y quién ha tenido esa brillante idea? —saltó Miguel del sofá—. El doctor Herrera no está en sus cabales ni la mitad del tiempo.

—No es Herrera. Lo han trasladado, y nos ha llegado una doctora nueva. Una mujer comprensiva, me escuchó y me recomendó el balneario —dijo, guardando el pasaporte en el bolso.

—Espera un momento —la agarró del brazo y la sentó a su lado—. ¿Quién es esa doctora tan lista que te ha llenado la cabeza de ideas? ¿Un balneario?

—Es nueva. No la había visto nunca en el pueblo, ni en el ambulatorio. Yo trabajo en el quirófano y nunca la había visto.

—Ajá —murmuró él, entrecerrando los ojos. Ana sabía que tramaba algo.

Pensó para sus adentros: *A esta doctora de ciudad la voy a poner en su sitio. ¿Mandando a mi mujer a un balneario? Falta que las esposas se vayan de vacaciones y los maridos se queden solos. Le enseñaré lo que pasa cuando se mete en familias ajenas. Así acabarán medio pueblo divorciado.*

—Ana, no irás a ningún balneario, y no hagas caso a esa doctora. Nos mandan a cualquiera, incompetentes —recordó incluso esa palabra—, trabajan un tiempo, curan o no curan, y se vuelven a la ciudad. Y luego nosotros pagamos los platos rotos.

Ana era de carácter débil, fácil de manipular, quizá por eso la había elegido Miguel. Él salió de casa hecho una furia, directo al ambulatorio. Entró sin saludar, pasó de largo por recepción y encontró la consulta número siete. Sin mirar el letrero, abrió la puerta sin llamar.

Se sentó frente al escritorio sin decir hola. La doctora estaba mirando el ordenador. Cuando alzó la vista, Miguel casi se cayó de la silla. Frente a él estaba Diana.

Silencio en la consulta. Miguel la miró desconcertado, las cejas subiéndole lentamente, toda su agresividad desvaneciéndose.

—¿Diana? —preguntó, titubeante.

—Hola, Miguel —dijo ella con calma.

Aunque había una enfermera en la sala, parecía invisible. Él no daba crédito, se frotaba los ojos, movía la cabeza, pero allí estaba Diana. Hermosa. No era una ilusión, era ella.

—Vaya, sin cita previa —observó ella—. Bueno, no importa, tengo consulta en quince minutos. ¿Qué te trae por aquí?

—Nada, ningún problema. Vamos, Diana, ¿qué haces ejerciendo aquí? —no podía apartar la mirada—. ¿Cómo estás? ¿Por qué has vuelto? ¿Estás casada? ¿Te quedas mucho? Dios, qué alegría verte.

—Para siempre. No estoy casada, me divorcié hace seis años, mi hijo ya es mayor y vive en la ciudad. Me ofrecieron volver al pueblo, mis padres envejecen y el aire de la ciudad me cansó —respondió ella, sonriente—. ¿Algo más? ¿Tú por qué has venido?

—Eh… pasaba por aquí —mintió él, sin apartar los ojos—. Estás más guapa que nunca, no aparentas tu edad.

—Gracias —dijo Diana, justo cuando entró una anciana, su siguiente paciente.

Ella miró el reloj y luego a él.

—Entiendo —se levantó él—. Me alegro de verte.

Diana asintió y se volvió hacia la anciana. Miguel se marchó aturdido por el encuentro. Comprendió que los viejos sentimientos por Diana habían resurgido. Con Ana nunca había sentido algo así.

—¿Y bien, hablaste con la doctora? —preguntó Ana al llegar—. ¿De dónde es?

—Sí —contestó él—. Es de aquí, pero no la conoces porque llegaste después. Fue mi compañera de instituto.

No podía estarse quieto. Diana seguía esbelta, de piernas largas, los años no la habían estropeado como a otras mujeres, incluida su esposa.

—Ni siquiera ha engordado, como mi Ana. Ay, debería haberle pedido pastillas para dormir, ahora no pegaré ojo —pensó.

Pasó el tiempo. Miguel soñaba con reavivar su amor con Diana. Claro, estaba Ana, pero eso no era problema. Si Diana aceptaba, él se divorciaría sin dudar.

Pero sus sueños no se cumplieron. Diana no lo quería. Había vuelto al pueblo para trabajar y cuidar de sus padres

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