La Realidad del Fuego

La realidad del fuego
Yo, Víctor Eugenio Colón, acepté la propuesta del departamento de educación sin prisas ni excusas. Tengo sesenta y tres años, treinta de ellos los pasé en la guardia del Cuerpo de Bomberos; ahora cobro una pensión de setenta euros y medio, trabajo de guardia nocturna y, de día, intento averiguar para qué sirve ese nuevo club que han abierto en el cole.

Aquella martes de septiembre entré por primera vez al gimnasio del instituto: linóleo con marcas ya desgastadas, máquinas contra la pared y una mesa plegable con un amontonado de mangueras, cascos y dos trajes de protección. Alrededor bullían ocho adolescentes tres chicas y cinco chicos el menor parecía de catorce años y el mayor se preparaba para la Selectividad. Chasqueaban con sus teléfonos y se reían de un cartel casero que decía: «El fuego no es nuestro hermano, pero tampoco es nuestro enemigo».

La subdirectora, una mujer recia con el escudo del ayuntamiento en la chaqueta, presentó al tutor: «Alumnos, os presento a Víctor Eugenio Colón, un auténtico socorrista». Yo asentí en silencio. Desde que dejé de responder a las alarmas, la palabra «socorrista» me suena extraña: el título quedó archivado y el hábito de los sirenos nocturnos sigue en mi cuerpo.

Empecé con lo sencillo: pedí a cada uno que dijera su nombre, edad y la razón de su presencia. «Quiero salvar gente», «Ser bombero suena guay», «Me servirá para la universidad» las respuestas llovían sin parar. Destacó Aitana, una delgada estudiante de tercer curso: «Me interesa saber cómo funciona la protección contra humos. Quiero entrar en el instituto técnico de prevención». Anoté mentalmente que una de las ocho ya pensaba en una habilidad concreta. Los demás todavía veían el uniforme y los aplausos.

La primera clase duró una hora. Mostré cómo levantar la manguera con ambas manos, sin tirones, para no romper la boquilla, y propuse desenrollarla a lo largo del vestuario. Los chicos corrieron entusiasmados, pero la manguera se enredó y el ruido de sus carcajadas llenó la sala. No los regañé; me acerqué, deshice los nudos y luego les pedí que lo hicieran en silencio y contra el tiempo. El cronómetro marcó cuatro minutos y treinta segundos y el grupo comprendió que incluso el juego exige atención.

Una semana después empezamos los entrenamientos en el patio de la antigua escuela primaria nº12. Desmontamos la torre de secado, pero quedó una rampa de hormigón perfecta para subir con mochilas y extintores. La mañana era fresca, la hierba relucía bajo el escarcha. Yo revisé que todos ajustaran sus correas y di la señal. La primera subida fue enérgica; en la segunda, las piernas de los chicos se volvieron de plomo y dos se sentaron contra el muro bajo.

Aún no lleváis el aparato en la espalda recordé cuando respiraban con dificultad.
No pasa nada, nos habituaremos sonrió Daniel, el mayor de los de segundo de bachillerato, secándose la frente con la manga.

Para el calentamiento introduje una breve historia. Hace diez años, un incendio en un almacén: bajo el techo la temperatura alcanzó los trecientos grados y los estantes de cartón se derrumbaron. «Llevábamos dos mangueras y el viento entraba por la puerta como por una tubería. Quince minutos después las máscaras empezaron a empañarse por dentro». Lo conté con calma, pero la pausa tras los números obligó al grupo a escuchar.

A finales de septiembre los jóvenes ya sabían qué era un «eslabón de la cadena de protección», por qué el forro de la chaqueta es doble y por qué no se debe correr con el casco caído. Un día organicé un «ejercicio a ciegas»: apagué las luces, encendí la máquina de humo y escondí un maniquí. La misión era encontrar al «herido» y llevarlo a la puerta. Tres minutos después el cordón se enganchó, la linterna de Javier se apagó y el equipo perdió la orientación. Tuvimos que reunirlos contra la pared y guiarles uno a uno.

Al terminar el ejercicio, Valentín, el más pequeño, preguntó:
Víctor Eugenio, ¿y si hubiera fuego real?
Entonces os pondríais los aparatos respondí. Y solo tendríais noventa segundos para buscar.

Octubre llegó sin avisar. Las hojas del álamo del cuartel del cuerpo de bomberos se tornaron amarillas, el sol se ocultó antes y a las cinco ya se sentía el frío. Un viernes, la brigada dejó entrar a la patrulla a la zona de la estación activa: les permitimos subir a la torre, les entregamos equipos sin cilindro y encendimos los reflectores.

Cuando cayó la noche, reuní a los chicos en círculo. Una corriente entre el garaje y el almacén hacía que el aire picara. Se sentaron sobre el hormigón, Daniel se apoyó en la bobina de la manguera.

Hay cosas comencé que no encontraréis en el manual. Os contaré una anécdota. Si después de oírla decidís que no es para vosotros, lo entenderé.

Recordé la noche de enero del año dieciséis: un edificio de nueve plantas, fuego en el quinto. El humo llenó la escalera y se cortó la luz. «Subimos, en las máscaras nos quedaban ocho minutos de aire. En el pasillo hallamos a una mujer con su hijo de dos años. Los llevamos al área segura, pero el aire de los aparatos se agotó, el aviso sonó sin cesar. El niño fue entregado a los sanitarios, pero no sobrevivió a la madrugada». Mi voz no tembló, pero sentí un hormigueo bajo las costillas. Hace mucho que no repetía esa historia en voz alta; normalmente bastaba con una frase corta: «murió un niño».

El silencio se acompañó del crujido de las ramas desnudas del avellano. Aitana estaba sentada, abrazada a las rodillas; Daniel dejó de girar la bobina; Valentín inclinó la cabeza como escuchando su propia sangre.

¿Para qué nos lo contáis? preguntó Javier.
Para que entendáis que no todo rescate acaba en la portada de un periódico. A veces volved a casa con las manos vacías y os preguntáis si vale la pena ir.

Apagué el reflector. La zona quedó cubierta por una penumbra gris, una farola lejana marcó el camino de salida. El frío empujó la decisión que cada uno tendrá que tomar hoy.

El fin de semana pasó sin entrenamientos; cada uno digería lo escuchado.

El lunes llegué al cole mucho antes de la campana. El cielo bajo pendía pesado, la escarcha gris se arrastraba por el asfalto. En la salida de emergencia, donde empieza la escalera de hormigón al cuarto piso, desplegué dos mangueras de entrenamiento. El cronómetro pasó de mi bolsillo a la mano el metal frío marcaba el ritmo, como aquel zumbido de alarma que solía oír en la estación.

Los escalones crujieron y apareció Aitana, con un viejo chaleco de forro polar y encima la chaqueta de trabajo sin insignias. Asintió en silencio y ajustó los mosquetones al cinturón. Tras ella vinieron los demás. Conté hasta seis; faltaban Javier y Valentín. No pregunté por qué no estaban, les di un minuto de calentamiento y me preparé para hablar.

Al terminar el minuto, se oyó el paso apresurado por el pasillo. Valentín surgió de la esquina, cuarenta y tres segundos tarde, jadeando, con el casco en la mano. A su paso, llegó Javier, frotándose los ojos como si combatiera el sueño. El grupo volvió a estar completo y el nudo que llevaba en el pecho se aflojó.

¿Habéis tomado la decisión? pregunté bajo.
Sí respondió Daniel. Queremos seguir. Las preguntas solo se han multiplicado.

El primer ejercicio fue subir con la manguera y bajar. El ancho del paso sólo permitía pasar de a dos. Aitana y Javier fueron los primeros: ella llevaba la manguera, él la aseguraba. Daniel y Valentín, los segundos, y detrás los más jóvenes, con Natalia cerrando la cadena. Pulsé el botón; el cronómetro zumbó.

En la segunda travesía los músculos se volvieron de plomo. En la tercera zona Valentín soltó la manguera; la cuerda se clavó en su muñeca, pero la levantó. Yo observaba sin intervenir: sin fuego real, la caída del equipo es solo una lección de cálculo. La primera pareja alcanzó la cima en un minuto cincuenta y nueve, el grupo entero en cuatro minutos veinte.

Bajaron, se sentaron sobre una bolsa de cascos. La respiración se normalizó lentamente.

Preguntad lo que queráis propuse.

Daniel alzó la vista:
¿Cómo se vive después de esas salidas donde no llegas a tiempo?

Recordé el olor a cable fundido, el sonido de la sirena, el golpe de la puerta de la ambulancia.

Sigo despertando de noche. Los primeros años me culparía: ¿por qué no saqué al niño antes? Después comprendí que aferrarse solo a la culpa no te permite subir al siguiente peldaño. El servicio no es heroísmo, es decidir cada día ir, aunque sepas que puedes retrasarte.

Hice una pausa y devolví la conversación a la práctica:
Harémos dos subidas más. Quien lleva la manguera la asegura, quien asegura la lleva. Meta: salir en menos de cinco minutos.

Esta vez la manguera de Valentín no se soltó: Aitana, detrás, ajustó la lazada y dio órdenes breves. Cruzamos la meta en tres minutos cincuenta y ocho. Guardé la satisfacción, anoté los errores: apretar la manguera al muslo, no saltar al girar, esconder el cabello bajo la capucha, atar bien los cordones. Detalles cotidianos, pero sin ellos no se sobrevive.

Al terminar la clase, Aitana me entregó un cuaderno:
Según el reglamento, los miembros de la patrulla deben acumular al menos dieciséis horas de práctica para poder participar en los ejercicios municipales. Nos quedan once. ¿Lo lograremos?

Miré las columnas de tiempo ordenadas: Lo lograremos. No por la velocidad, sino por la disciplina. Mañana trabajaremos nudos, pasado orientaremos en pasillos oscuros, el viernes haremos marchas de escaleras en la estación.

Regresé a casa bajo una llovizna fría. En el edificio de cinco plantas el aroma a patatas fritas se colaba entre los pisos. Al abrir la puerta, el silencio de mi apartamento me recibió. Encendí la radio; los sonidos evitaron que los recuerdos me invadieran. La pensión de setenta euros no permite lujos, pero necesitaba guantes ignífugos para los chicos. Calculé la paga de guardia nocturna: alcanzaría si encontraba alguna oferta. Son pocos los centavos, pero esas pequeñas cosas mantienen a la patrulla a flote.

Una mañana de viernes, el hielo cubría los charcos. La zona de la estación recibió al grupo bajo la luz de los faroles y el olor a hollín húmedo de la caldera. La torre se alzaba como una silueta oscura. Revisé los mosquetones y entregué guantes nuevos a cada uno.

¿De dónde vienen? preguntó Natalia, mirando las brillantes almohadillas anaranjadas.
Hemos conseguido un patrocinador respondí. El patrocinador soy yo y dos turnos nocturnos seguidos.

El ejercicio corría bajo el cronómetro. El primer equipo llegó al tercer piso en un minuto cuarenta y cinco, el segundo dos segundos más. En la meta Daniel señaló la pantalla: 1:52, récord.

Los adolescentes, apoyados en la barandilla, estaban rojos de esfuerzo, pero en los ojos había confianza, no bravata. Sentí cómo el familiar pinchazo de culpa se alejaba, como si alguien aflojara la correa del aparato.

Veis esos números dije en voz baja. No son heroísmo, son trabajo. Si queréis más, adelante, pero nunca olvidéis el precio.

Desde abajo se oyó el sonido de la puerta del camión cisterna que salía a revisar las bombas. Los chicos miraron instintivamente el vehículo y comprendí que ya no pensaban en insignias ni en medallas, sino en la verdadera salida que algún día podría ser suya.

Apagué el cronómetro y lo guardé en el bolsillo de la chaqueta. El crujir del hielo bajo las botas, el rugido del motor y el vapor que salía de mi aliento formaban la sinfonía del trabajo que recién empezaban a escuchar.

Cinco minutos de descanso anuncié. Después otro intento y a casa. Desde el lunes activaremos los aparatos.

Los chicos sonrieron, brevemente, sin mucho ruido, como si hubieran aceptado un acuerdo tácito. Al descender, comentaban cuántas horas les quedaban para el registro. Yo los observé hasta el último paso. En el pecho se extendió un calor constante: la verdad no destruyó a los adolescentes, los ayudó a salir de sus ilusiones.

Toqué el bolsillo; el metal del cronómetro se había calentado. Vendrá un nuevo récord y otro clic. Algún día lo pasaré a otro instructor. Por ahora, lo importante es que el tiempo avanza y ellos aprenden a llenarlo con trabajo.

El sol, que se asomaba sobre el tejado del garaje, tembló como un disco pálido entre las nubes. Di un paso más hacia los chicos. Lo siguiente: seguir trabajando.

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Algunas ancianas son más importantes que la familia