Parada Sorpresa

Celia Gómez corría contra el reloj. Siempre llegaba tarde: al trabajo, a los cafés con sus amigas, incluso a las citas. Hoy, sin embargo, no había margen de error; en dos horas tendría una entrevista en una empresa de renombre en la Gran Vía, y si la rechazaban, tendría que pasar al menos medio año sin empleo, porque no había ninguna oferta tan importante esperándola.

El autobús llegó a la parada justo cuando Celia, jadeando, salió del portal del edificio. Aceleró, pero al tocar el bordillo tropezó y cayó de bruces justo frente al acceso. El conductor, sin detenerse, cerró las puertas y arrancó.

¡Maldición! exclamó, con la rodilla ardiendo y las manos rasgadas.

¿Le ayudo? se inclinó un hombre sobre ella.

Celia alzó la vista y descubrió unos ojos castaños, pelo oscuro y una sonrisa ligera.

Gracias, pero ya no sirve de nada balbuceó mientras se ponía de pie. El autobús se ha ido y el siguiente no llega hasta dentro de veinte minutos.

¿A dónde va con tanta prisa?

A una entrevista, al centro.

El hombre miró su reloj.

Yo voy para allá. Le llevo.

Celia dudó un instante, pensando en un posible peligro, pero el tiempo se escapaba.

¿Está seguro?

Claro que sí. Por cierto, me llamo Román Sánchez.

Celia.

El coche olía a café recién hecho y a madera de roble. En la radio sonaba un suave jazz.

¿Acostumbra a recoger a chicas que caen en la calle? preguntó Celia, intentando aligerar la tensión.

Solo a las que el destino me hace tropezar respondió él, serio, aunque se le escapó una chispa de humor en la mirada.

Llegaron diez minutos antes de la hora pactada. Celia bajó del coche sin pedir el número de teléfono, como si pudiera necesitarlo más tarde.

¡Gracias! gritó mientras se alejaba corriendo.

¡Suerte! le lanzó Rom Román.

La entrevista resultó sorprendentemente bien. Salió del despacho con la cabeza ligera y una sonrisa. Al girar por la puerta se encontró con Román, que estaba allí con dos vasos de café.

¿Cómo ha ido?

Perfecto. ¿Y usted, qué hace aquí?

Esperaba.

¿Para qué?

Para saber el resultado y proponerle celebrarlo en una cafetería, si tiene tiempo. Ya hay motivo para festejar.

Celia estalló en risa.

Hay motivo. Y ahora tengo mucho tiempo libre. Me han contratado, pero no podré incorporarme hasta dentro de un mes.

Entonces, mejor aún. Brindemos.

Pasaron tres horas en la terraza de una cafetería del barrio de Lavapiés, hablando de libros, viajes y anécdotas tontas. Román resultó ser arquitecto, aficionado al cine clásico y odiador de las aceitunas. Celia contó su pasión por la pintura y cómo de niña soñó con ser bailarina, pero abandonó los pasos después de romperse la pierna saltando en un charco.

Así que las caídas son su debilidad observó Román.

¿Y la suya?

Recoger a los que caen.

Durante ese mes se vieron todos los días. A veces paseaban, otras se escapaban al campo, y una tarde se refugiaron bajo la lluvia corriendo hacia el coche, riendo y tropezando entre sí.

Te dije que te caías demasiado bromeó mientras le sacudía la chaqueta.

Pero siempre estás allí para levantarme.

El día que Celia empezó en su nuevo trabajo, Román la esperaba fuera de la oficina con un ramo de peonías.

¿Esto por qué? se sorprendió.

Solo porque sí.

Seis meses después la confesó bajo la misma parada donde se conocieron.

¿Recuerdas cuando caíste? le dijo, mirando el pavimento.

Cómo olvidarlo.

Desde entonces no me he puesto de pie. Me dejaste sin aliento.

Celia rió, pero sus ojos brillaban.

Es la forma más extraña de decir te quiero.

Pero sincera.

Se casaron al año. Cuando Celia estaba embarazada, Román la llevó nuevamente a aquella parada.

Mira señaló al asfalto, hasta tus llaves dejaron una rasguño aquí.

Mentira rió, inclinándose a observar. El vientre ya le impedía agacharse con facilidad.

Román la sostuvo bajo el brazo.

Vas a volver a caer.

No caigo, sólo cambió mi equilibrio.

Puso la mano sobre su abdomen redondeado.

¿Nuestro pasajero está tranquilo?

Acaba de despertarse respondió Celia, apoyando su palma donde sentía al bebé mover.

Román se quedó inmóvil, con esa sonrisa tonta que siempre tenía cuando sentía esos pequeños empujones.

¿Sabes en qué pienso? abrazó a Celía por la cintura. Si el autobús no se hubiera ido

Te habría encontrado igual interrumpió él. Tal vez en el centro de salud, en el supermercado, en el parking o en el parque donde te gusta leer.

Romántico le espetó, pinchándole el costado.

Realista.

Avanzaron despacio hacia el coche. Celia caminaba con cautela, como si llevara una pieza de cristal en vez de un ser viviente que se retorcía dentro de ella.

Ahora tendrás que llevar a dos pasajeros dijo Román, abriéndole la puerta, y eso será todo un reto.

Celia apoyó su mano en su mejilla.

¿Lo lograrás?

Lo intentaremos la besó en la coronilla, como siempre hacía cuando le costaba expresar sus sentimientos.

Un mes después, al salir del hospital con su pequeño en brazos, Celia soltó una carcajada.

Mira, es tan impaciente como yo. No podía esperar a su fecha de salida.

Román, sin apartar la vista de la carretera, cubrió su mano con la otra.

Lo importante es que no herede tu afición a caerse.

No te preocupes sonrió Celía, mirando al niño que ahora estaba tranquilo. Tiene a su padre.

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Parada Sorpresa
El amor de una madre. Elia suspiró, cansada pero feliz, mientras acomodaba a sus hijos en el taxi. Milana tiene cuatro años, David, año y medio. Lo pasaron en grande en casa de los abuelos: galletas, abrazos, cuentos y esos pequeños caprichos permitidos “un poquito más que en casa”. Elia también disfrutó de verdad del viaje. Sus padres, hermanas, sobrinas y sobrinos—el hogar se abría sin condiciones ni preguntas. La comida de mamá, imposible de rechazar. El árbol de Navidad brillando con sus luces y esas decoraciones extrañas, tocadas por el tiempo. Los brindis de papá, largos pero siempre sinceros. Los regalos de mamá—cuidados, útiles, elegidos con amor. Por un instante Elia se sintió niña de nuevo. Y le nació decir: «¡Gracias, mamá, papá, por estar ahí!». Elia y los niños subieron al taxi. El trayecto fue tranquilo, los peques se cansaron pronto y, abrazados, se durmieron en el asiento trasero—satisfechos, alimentados, felices. De camino a casa Elia pidió parar en una tiendecita junto a la carretera. —Sólo un minuto. Voy a por pañales y agua—le dijo al conductor. A los cinco minutos volvió, se sentó… Y el corazón se le cayó al suelo. ¡No estaban los niños! El conductor charlaba tranquilamente con una chica desconocida en el asiento delantero. —PERO… ¿QUÉ…? —pronunció Elia despacio. La chica se giró de golpe: —¿Y esta quién es?! ¿De dónde sale?! El conductor se encogió de hombros: —Ni idea.—Y mirando a Elia:—¿Y tú quién eres? ¿Qué quieres? —¿Pero estáis locos? ¡¿Dónde están mis hijos?! —¡Cabrón! —chilló la chica—. ¡¿Encima con niños?! —y empezó a darle con el bolso. —¿Pero a quién subes aquí?!—gritaba ya Elia—. ¡Que dónde están mis hijos, digo! Durante tres o cinco minutos aquello fue un auténtico caos: gritos, reproches, manotazos, el universo fuera de lugar. Hasta que de repente se abre la puerta… Un señor se asoma tranquilamente y dice: —Chica… este no es tu coche. El tuyo está un poco más adelante. Silencio. Elia cerró la puerta de un portazo, salió corriendo y se dirigió a un coche idéntico, aparcado más adelante. Abrió la puerta de par en par. Allí en el asiento trasero dormían sus hijos, plácidos como dos angelitos. Ni se inmutaron. Elia exhaló como si acabara de volver del abismo. Se sentó, cerró la puerta y murmuró: —Tire, por favor… Y entonces le dio la risa. De esa de verdad, nerviosa, liberadora. El conductor también comenzó a reír, limpiándose las lágrimas y agradeciendo que todo acabara así: sin tragedias, pero con una historia para toda la vida. Elia miró a sus hijos dormidos y de pronto entendió algo sencillo: los padres, en la vida cotidiana, somos dulces, cansados, reímos, a veces distraídos. Pero ante el menor peligro… despertamos el alma de leones. Sin dudas, sin pensarlo ni tener miedo. Sólo un instinto: ¡proteger! Así es el amor verdadero: callado cuando todo va bien e indestructible cuando se trata de los hijos.