Al día siguiente, Andrés Martínez se quedó largo rato frente al espejo. No lograba reconocer su reflejo: sombras grises bajo los ojos, rostro pálido, y sobre la mesita de noche el papel doblado con la dirección que le había dado ella.
«Si voy, pareceré un tonto completo. Si no voy, no dejaré de pensar en ella», se murmuró en voz baja.
Al fin tomó las llaves del coche. En el camino se detuvo ante una floristería diminuta. Las rosas le parecían demasiado ostentosas, los lirios demasiado melancólicos. Entonces vio un ramo de flores del campo: margaritas y caléndulas. Sencillas, auténticas, como ella.
La casa estaba al final del pueblo, medio derruida, con el tejado inclinado y el patio cubierto de hierba. Aun así, del chimenea se elevaba una fina columna de humo y el aire olía a pan recién horneado. Andrés llamó a la puerta y tocó.
Ella la abrió casi al instante. Sin velo, con el pelo rubio recogido hacia atrás, el rostro marcado por cicatrices que ya no podía ocultar. Pero los ojos esos mismos ojos claros, azules y callados.
Buen día dijo él, tembloroso. He venido como prometí.
Ella asintió y, como antes, sacó el cuaderno.
«Pasa, el té está listo».
Andrés entró. La estancia pequeña estaba ordenada con esmero: en las paredes colgaban manteles bordados, en los estantes había libros, y sobre la mesa, una tetera y dos tazas. Todo olía a menta y a pan caliente.
Se sentó. Ella sirvió el té y se lo entregó. Después escribió:
«No he hablado en tres años. Incendio. La casa se quemó. Mi marido no logró salir».
Andrés quedó helado.
Perdonad susurró.
Ella agitó la mano.
«No os lamentéis. Simplemente vivo. Aquí hay silencio. La gente pasa, compra hierbas, y yo vuelvo a estar sola. Así me gusta».
Él la miró largo rato.
Entonces ¿por qué me diste la dirección?
Ella esbozó una sonrisa casi imperceptible y anotó:
«A veces las tonterías de la gente son lo único que puede cambiar el destino. No parecías tonto. Parecías desamparado».
Andrés sonrió con melancolía. Nadie lo había visto jamás así, no a través del traje elegante, sino a través del hombre que era.
Desde entonces empezó a acudir con frecuencia. Primero, para disculparse. Después, para ayudarla. Luego, simplemente para estar allí.
Le llevaba libros, hacía la compra, reparó la puerta, arregló el viejo toldo. A veces se sentaban en la banca frente a la casa y guardaban silencio. Solo el viento hablaba, y eso bastaba.
Poco a poco, en el cuaderno aparecían nuevas frases breves:
«No me compadezcas».
«Siento cuando sonríes».
«Si pudiera hablar, seguiría diciendo poco».
Pasaron tres semanas. Una tarde, mientras el atardecer teñía el cielo de rosa, Andrés se volvió hacia ella.
Tengo una propuesta más, sincera, no por obligación.
Ella lo miró y escribió:
«¿Estás seguro? ¿No será una lástima?»
No, no es una lástima. Es como si toda mi vida hubiera esperado para encontrarte.
No respondió al instante. Se levantó, salió al patio y, tras un minuto, volvió con una margarita. La dejó ante él y anotó:
«Si dentro de una semana piensas lo mismo, vuelve».
Siete días después, a la misma hora, Andrés regresó con el mismo ramo de margaritas, camisa blanca y el corazón tranquilo.
Ella estaba en la cocina, con harina en las manos. Al verlo, se quedó paralizada. Él, despacio, sacó una pequeña caja y dijo:
Esto no es un juego. No es un lamento. Simplemente quiero quedarme contigo.
Ella lo observó largo rato. Luego, temblorosa, escribió:
«Sí».
Un mes después se casaron. Sin invitados, sin música, sin vestido lujoso. Solo ellos dos y el perfume de las flores en la plaza del pueblo.
Cuando Pablo y Gervasio lo supieron, no pudieron creerlo.
¿Te has vuelto loco, Andrés? exclamó Pablo. ¿Te casas con una mujer que apenas conoces?
La conozco contestó Andrés con serenidad. Mejor que a cualquiera. El resto lo aprenderé con el tiempo.
Pasaron seis meses. Ya no salía a pescar. Las noches las pasaba en la terraza, tomando té y escuchando el silencio. Ella no hablaba, pero su presencia resultaba más elocuente que cualquier palabra.
Una mañana sacó una caja vieja, quemada por el fuego. Dentro había fotos, cartas y dibujos infantiles.
«Esto es todo lo que me quedó del pasado anotó. Pero ya no tengo miedo. Porque he encontrado todo lo que necesitaba».
Andrés la abrazó. Comprendió que la promesa que se había hecho «solo me casaré por amor» se había cumplido. Solo que el amor no era ruidoso, no era como en las películas. Era callado. Verdadero.
Cuando llegó la primavera, él volvió a sentarse en la terraza, pero ya no estaba solo. A su lado estaba ella, con el cuaderno en el regazo y una taza de café. Ella escribió:
«Ahora te escucho, aun cuando guardas silencio».
Y él le respondió:
Yo también te entiendo, aun cuando no escribes.
Entonces comprendió que, a veces, el silencio suena más fuerte que cualquier palabra.







