El cuento de la abuela sobre dos jóvenes

Ay, mis niños, acerquense, que les voy a contar una historia que me llegó por boca de mi vecina de residencia, quien a su vez la escuchó de su hija. A mí, esta pobre vieja, me metieron aquí, en esta residencia, así que ahora no hago más que escuchar batallitas y contárselas a ustedes. Pues bien, escuchen lo que le pasó a Lucía y a su marido Fernando.

Vivían los dos, como dos tortolitos, en un pisito acogedor en las afueras de Madrid, cinco años juntos. Lucía, vivaracha como un gorrión, siempre andaba de viaje por trabajo, pues trabajaba en una agencia de eventos. Fernando, en cambio, callado como un ratón, pasaba los días enteros en casa tecleando código en su ordenador. Vivían en paz, aunque como todos los matrimonios, a veces se enzarzaban en pequeñas disputas.

Pero un día, ay, niños, todo se fue al traste. Lucía tenía que volar a una conferencia, pero como si el destino se burlara, todo salió mal. El despertador no sonó, el taxi llegó tarde, y en el aeropuerto, una cola interminable. Cuando por fin llegó a la puerta de embarque, el avión ya había despegado sin ella. Furiosa, llamó a Fernando, pero él ni contestó. “Seguro otra vez con esos malditos auriculares puestos”, pensó, y decidió volver a casa. La conferencia podía esperar.

Al llegar, abrió la puerta y ¡santo cielo! En el perchero colgaba una chaqueta ajena, rosa chicle, y un pañuelo de leopardo que no era suyo. De la cocina llegaban risas frescas, femeninas, y Fernando parloteaba alegre. Lucía, con la maleta aún en mano, se acercó sigilosamente y miró: allí estaba una chica joven, de unos veinticinco, con un vestido ceñido, tomando té en su taza favorita, la de los gatitos. Fernando, en su camiseta raída, brillaba como en Nochebuena.

—¿Qué circo es este? —rugió Lucía, entrando como un huracán.

Fernando dio un respingo, casi suelta el móvil, y la tal Susana, que así se llamaba, se quedó boquiabierta, la taza temblando en sus manos.

—¡Lucía, pero si tenías que estar en la conferencia! —balbuceó Fernando, pálido como el papel.

—¡Pues ya ves, volví a tiempo! —Lucía arrojó la maleta al suelo— ¡Bam! —¿Quién es esta? ¿Y por qué bebe de MI taza?

Susana se removió incómoda, dejó la taza y murmuró: —Yo… bueno… soy Susana. Solo pasé a…

—¿Solo pasaste? —Lucía entrecerró los ojos— ¿A mi casa? ¿Cuando no estoy? ¿A tomar el té, quizá?

Fernando se apresuró a justificarse: —Lucía, es una compañera de trabajo, vino por un pendrive, le prometí pasarle un proyecto.

—¿Un pendrive? —Lucía soltó una risa amarga— ¿Y por eso se ríe como si estuviera en su salón? ¿Me tomas por tonta, Fernando?

Susana, colorada como un tomate, agarró su bolso: —Lo siento, no quise… Me voy.

—¡Sí, lárgate! —le espetó Lucía, señalando la puerta.

En cuanto Susana salió, Lucía se enfrentó a Fernando: —¡Venga, héroe, cuéntame! ¿A menudo recibe visitas de “compañeras” mientras yo estoy de viaje?

Fernando farfulló que era la primera vez, que Susana solo había ido un momento, pero Lucía ya no escuchaba. Le arrebató el móvil y vio los mensajes: “¿Estás solo en casa? 😏”, “¿Puedo pasar?”. El corazón se le heló.

—¿Solo? ¿Pasar? —gritó, arrojando el móvil al sofá— ¡Cinco años juntos, y así me pagas!

Fernando seguía balbuceando excusas, pero Lucía, entre lágrimas, le gritó que había confiado en él y que había convertido su hogar en una parada de metro. Los vecinos, claro, aguzaron el oído, pero a ella ya le daba igual. Agarró la maleta y se fue a casa de su madre.

—¡A ver cómo vives sin mí! ¡Y sin tu Susana, porque en su trabajo le voy a amargar la existencia! —dio un portazo que hizo temblar los cristales.

Fernando se quedó solo, mirando la taza de los gatitos, con la cabeza dando vueltas. Mientras, Lucía, en el taxi, escribía a sus amigas: “María, reúne a las chicas, necesito un plan de venganza”.

Y ¿saben qué, niños? Lucía no bromeaba. Envió capturas de los mensajes al jefe de Susana. Fernando intentó disculparse, pero ella ya había iniciado el divorcio. Medio año después, dicen que conoció a un piloto, guapo y simpático, y bromeaba que con él nunca perdería un vuelo.

Así es la vida, niños. El amor es frágil como aquella taza de gatitos de Lucía. Cuiden a los suyos, porque en un abrir y cerrar de ojos, todo puede irse al garete.

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