Querido diario,
Siento la humedad en mis manos como si el frío metal de mi silla de ruedas quemara mi piel. Eduardo avanza con paso pesado pero sereno, empujándome hacia la pequeña cabaña en la sierra. La puerta cruje al abrirla y, dentro, se extiende el olor a resina y humo de leña vieja.
Aquí te quedarás murmura, sin mirarme a los ojos Hay leña, agua de manantial y comida sencilla.
No consigo responder; cada inhalación se queda atrapada en mi garganta.
¿Ricardo? susurro.
No volverá pronto. Dice que le duele verte enferma dice Eduardo, inexpresivo.
Entonces estallo:
¡No es mi enfermedad lo que es pesado! ¡Es su conciencia! ¿Cómo pudo cómo pudo dejarme aquí?
Eduardo se inmuta un instante, luego se encoge de hombros.
No lo sé. La gente hace locuras por dinero o por tranquilidad. Yo solo estoy contratado para cuidarte. Eso es todo.
Y me deja sola.
Los días se arrastran lentos. El calor del fuego apenas llega a los rincones de la habitación, y las noches parecen eternas. Cada mañana Eduardo llega con té de hierbas, una rebanada de pan y algunas verduras. Es un hombre callado, pero en sus ojos hay una ternura que no había visto en nadie desde hace años.
A veces, mientras me alimenta, sus manos ásperas temblorosas me preguntan:
¿Crees que aún puedes caminar? me dice una vez.
Los médicos dijeron que no. La médula está destruida.
Él sacude la cabeza lentamente, como si no quisiera aceptar la noticia.
Una noche, con el viento aúllando entre los árboles, Eduardo enciende la lámpara de gas y se sienta a mi lado.
Sabes, Luz, tu padre solía venir aquí a comprar leña. Lo respetaba mucho. Era un hombre honrado.
Mi corazón se encoge. Echo de menos a mi padre, esa voz que siempre me tranquilizaba. Si estuviera vivo, nunca habría permitido que Ricardo me tratara así.
Eduardo, si quisiera huir de aquí ¿me ayudarías? pregunto en un susurro.
Él me mira largo rato y responde:
Sí. Pero no sé a dónde podrías ir.
Al día siguiente, Ricardo reapareció, paseando su traje caro que parece fuera de lugar entre la niebla del bosque.
¿Cómo te sientes? pregunta con una sonrisa fingida.
Echo de menos el aire de Suiza contesto, con una ironía amarga.
Tose y me dice:
Necesito tu firma en unos documentos del hotel. Debes entenderme.
En ese instante todo se aclaró. No había cuidado, sino el deseo de quedarse con mi herencia. Ricardo quería arrebatarlo todo y yo solo era un obstáculo.
No firmaré nada digo, firme pero en voz baja.
Sus ojos se vuelven de hielo.
Entonces te quedarás aquí hasta que cambies de idea.
Se marcha sin mirar atrás.
Cuando desaparece, Eduardo se acerca y coloca su mano sobre mi hombro.
No lo mereces. Tu padre te diría que luches.
¿Pero cómo? No puedo caminar.
Las piernas no lo son todo. Tienes mente, voluntad y hay gente que te apoyará.
Esa noche no cerré los ojos. A la mañana, Eduardo me entregó un viejo móvil.
Úsalo. Llama a quien necesites. Yo te llevaré a la ciudad.
Con los dedos temblorosos marco el número de Marta, mi niñera. Al oír su voz, lloro desconsolada.
Marta, Ricardo me abandonó en el bosque. Quiero luchar. Quiero recuperar mi vida.
Días después, Marta llega en su furgoneta. Con la ayuda de Eduardo, me suben y me llevan directamente al despacho del abogado de la familia.
Ricardo entra en la notaría confiado, creyendo que todo está bajo su control. Pero al verme, en mi silla de ruedas, con la llama de la determinación en los ojos, se queda paralizado.
¿Creías que te esconderías para siempre en el bosque? le respondo, fría. No, Ricardo. Soy la hija de mi padre y lucharé.
El abogado presenta los papeles. Ricardo intenta oponerse, pero las pruebas son irrefutables: quería declararme incapaz para quedarse con todo.
El proceso se prolongó meses. Al final, el juzgado falló a mi favor. La herencia quedó en mis manos y Ricardo fue expulsado, no solo del legado, sino también de mi vida.
Una tarde, contemplo por la ventana. La ciudad brilla bajo el sol y dentro de mí nace una nueva fuerza. Eduardo ahora es el administrador oficial de la finca y Marta sigue a mi lado.
¿Sabes qué es lo curioso? le digo a Eduardo. Pensaba que mi vida terminaría en esa silla, pero en realidad aquí comienza de nuevo.
Él me sonríe tímido.
A veces el bosque no es el final. Solo es el principio de un nuevo camino.
Y por fin, por fin siento que ese camino se abre ante mí.







