Mostrarme ante la suegra

Román, el yerno de Fabiola González, siempre había sido un personaje difícil de descifrar. No parecía apto para la vida en pareja y mucho menos para el matrimonio. A menudo desaparecía de casa: o estaba atrapado en el trabajo, o se escapaba de urgencia con los colegas. Ya la tía de la hija, Lola, empezaba a preocuparse.

Llevaban tres años de casados y todavía no habían engendrado niños; a Román le parecía que los amigos valían más que la familia. Lola, por su parte, juraba que no estaban listos todavía, aunque Fabiola sospechaba que el joven podría tener alguna amante oculta y que su esposa, la dulce Nerea, le creía todo sin dudar.

Aunque la relación entre Nerea y Román no estaba del todo perfecta, Fabiola quería, por encima de todo, que su nuera fuera feliz. Pero ¿cómo intervenir sin parecer una metiche? La suegra nunca había sido de dar órdenes, aunque tampoco creía que dejar que todo siguiera su curso fuera la mejor solución. Decidió observar mejor al yerno, intentar comprenderle y, con suerte, encontrarle una utilidad para sus peculiaridades.

Con el tiempo, Fabiola descubrió que Román disfrutaba mucho mostrando su brillo ante los demás. En el cumpleaños de su suegra, le regaló un enorme ramo de rosas que dejó a todos boquiabiertos y que provocó elogios como: ¡Qué yerno, es un tesoro, se nota que quiere a su suegra!. El gesto, sin embargo, no nació del amor sino del deseo de lucirse. Fabiola, que no era una mujer de mucho dinero, pensó en voz alta: Mejor me hubieras dado unos cuantos euros; el ramo cuesta más de mil euros. Se quedó callada, aunque la sorpresa le hizo sonreír.

Aquella reflexión la llevó a pensar que, aunque Román no era el típico yerno que ayuda en la huerta o tiene ingresos altos, sí tenía potencial. No le gustaba la vida campestre porque siempre estaba de viaje, así que su oportunidad surgió de forma inesperada: un accidente de tráfico.

Miguel Fernández, el vecino de al lado, quedó atrapado en un cruce cuando, al pasar el semáforo en rojo, otro coche lo golpeó por detrás. El conductor del otro vehículo, furioso, lo culpó de haber frenado bruscamente. Miguel, hombre tranquilo y siempre dispuesto a asumir la culpa para evitar discusiones, aceptó la responsabilidad sin pensarlo dos veces.

Fue entonces cuando Román recordó una promesa que había hecho recientemente: Si surge cualquier problema con el coche, yo ayudo. Sin perder tiempo, llamó a Fabiola y, tras escuchar la noticia, se lanzó a la pista. Llegó en un abrir y cerrar de ojos, habló con los agentes de la Guardia Civil, citó los artículos del Reglamento de Tráfico y logró que Miguel resultara inocente.

Después de esa hazaña, Román empezó a pasearse como si fuera Gogoł, y su suegra nunca lo había visto tan entusiasmado. Nerea, al explicarle a su madre lo que había ocurrido, comentó: Mamá, Román es así, le encanta el drama; le gusta sentirse un héroe. Por eso está en el Cuerpo de Bomberos y siempre ayuda a los amigos. Hace poco salvó a su colega Leo, que había volcado su barco de pesca, y le trajo una caja entera de pescados como agradecimiento.

Fabiola, que temía que su yerno fuera inconsciente, soltó una sonrisa y respondió: Pensé que dirías que me he casado con el hombre equivocado, pero no, vivimos como en una montaña rusa y nos encanta. Después de un abrazo, la suegra se dio cuenta de que, con un poco de ingenio, Román era un recurso valioso.

Cuando la madre de Fabiola, Teresa, sufrió una fuerte molestia en la espalda y necesitó ser trasladada al hospital de Madrid, la primera llamada fue para Román: ¡Román, sin ti no podemos mover a la abuela!. Él apareció, cargó a Teresa en la silla de un camión de trabajo especialmente equipado y la llevó al centro médico sin contratiempos. Desde entonces, la estima de Fabiola por su yerno sólo creció.

Un día, la propia Fabiola casi se metió en una situación embarazosa. En pleno invierno, compró en la tienda del barrio un par de rastrillos de nieve, algo que había buscado mucho tiempo. Al salir de la tienda, resbaló en la acera de la casa vecina, se agarró a un coche con los rastrillos y activó la alarma del vehículo. El dueño, furioso, gritó: ¡¿Qué te pasa, tía, has rayado mi coche?!. Román, que pasaba por allí en su viejo coche, intervino rápidamente: ¡Eh, colega, no me llames así! Mi coche no es el culpable, fue tu mala forma de aparcar. Tras una breve discusión, el vecino aceptó pagar mil euros por los daños menores. La reputación de Fabiola quedó salvada y, aunque el incidente fue cómico, aprendió a no cruzar la calle con rastrillos en mano.

El episodio hizo que Fabiola apreciara aún más a Román, sobre todo porque él la había llamado mamá en medio de la discusión. Ahora estaba clara la razón por la que Nerea lo adoraba: por su buen corazón y su disposición a ayudar. Incluso la abuelita, que siempre había sido una figura lejana, terminó favoreciéndolo.

Al cabo de un tiempo, la familia recibió la noticia de que Nerea estaba embarazada. En el verano, nació el nieto de Fabiola, un pequeño llamado Denis. Román, ahora considerado el yerno favorito de la familia, se convirtió en el héroe de la casa, aunque todavía no le gustara la huerta; pronto se acostumbraría a ella cuando los niños empezaran a visitar a los abuelos.

Al final, cada uno tiene su particularidad, pero si se mira con ojo amable, siempre se encuentra algo bueno. Que la vida os regale salud, felicidad y la sabiduría de ver lo mejor en los demás.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

12 + 15 =

Mostrarme ante la suegra
El hombre que formuló una pregunta demasiado discretamente