Querido diario,
Hoy he sido testigo de una nueva versión del viejo drama de la soledad que tantas veces se repite en nuestras plazas. Una mujer llamada Carmen, de unos treinta años, buscó al cabo de un tiempo un marido que, según ella, resultó ser un desastre. Sus intentos de convencer al pretendiente fracasaron y, como suele decirse, más vale una mala compañía que ninguna.
¿Qué haces sola, Carmen? le pregunté, sin disimular mi curiosidad. El hombre no está hecho para vivir aislado, y la mujer siempre necesita a alguien a su lado. De lo contrario, todo se vuelve un despropósito. Y la soledad, ¿la conoces bien?
¿Qué? suspendió Carmen, cansada de mis preguntas, mientras sus ojos se perdían en la ventana.
La soledad es una condena, replicó María, la vecina, sin percatarse del silencio incómodo que se había formado. Es como cuando uno quiere dar de beber a alguien y nadie le presta la taza. Los niños son tus propias sombras, ¿no?
¿Dónde? se rió nerviosa Carmen.
Allí, en la calle de la Palma, contestó María, dándose cuenta de que la conversación había tomado un tono muy serio mientras Carmen se encogía de hombros. Te costará mucho, pero yo te recuerdo que aún te quiero. Uno se siente pesado y el alma se vuelve tan frágil como una rama. Vamos a conocernos mejor, ¿vale? Carmen, el hombre todavía es bueno, aunque a veces se muestra rudo y cae a toda prisa.
Carmen lleva ya una década en esa situación. Su benefactor, el que ella llama el buen hombre, apareció una sola vez hace diez años, con la excusa de ayudarla a superar un mal momento. Carmen, al enterarse, le pidió a su esposo que le pusiera la cama en dos piezas y que añadiera una cómoda. Aunque su marido intentó convencerla de que una sola cama basta y que no hay nada extraño sin compañía, Carmen se mantuvo firme. El matrimonio se había desmoronado.
Su marido, intentando actuar con cortesía, dejó la vivienda al exesposo y a sus dos hijos, ahora adultos. El hijo mayor se instaló en Barcelona, trabajando como programador. La hija, recién casada, se fue a vivir a Londres con su marido. Y Carmen quedó sola en un pequeño piso del centro de Madrid, de dos habitaciones, que parece más una celda que un hogar.
Aquel vivir solitario no la atemoriza. Carmen se convirtió en una emprendedora de remedios caseros y, gracias a sus ingresos modestos, ha conseguido una vida bastante cómoda. Invita a sus hijos y a la vecina María a su casa, y aunque no posee un intelecto prodigioso, siempre encuentra ocupaciones que la entretienen: lee, nada, practica yoga, viaja de vez en cuando y a veces asiste a mercados de segunda mano. En definitiva, está satisfecha con su vida.
Sin embargo, la sombra de la soledad sigue persiguiéndola, y la familia de María todavía no ha decidido su futuro.
Escucha, Carmen, me dijo María, el hombre que buscas es decente, tiene unos sesenta y un años, y está disponible. La casa es amplia, con huerta, gallinas, vacas, cabras y cerdos, y la comida es saludable: leche, huevos, carne. Con él podrías vivir tranquilos los próximos setenta años. Además, es simpático, educado y habla por libros. Solo falta que lo pruebes.
María quedó atónita cuando escuchó que el esposo de Carmen había dejado a la familia sin una mayor explicación y la había puesto a cargo de una granja en la provincia de CastillaLa Mancha. Allí, los campos están llenos de cebada, los animales pastan libremente y el clima permite cultivar hasta los diez meses del año.
El hombre de la granja, llamado Iván García, es corpulento, de aspecto robusto y rasgos marcados. Sus manos son fuertes, pero limpias; sus uñas cuidadas. Camina erguido, habla con voz grave y a veces se vuelve bromista, aunque su humor puede irritar a los vecinos. Cuando María lo vio por primera vez, quedó impactada por su presencia y, sin saber por qué, sintió que él podría ser el compañero que Carmen necesita.
Con el tiempo, Carmen empezó a sospechar que Iván podría ser demasiado serio y la empujó a la reflexión: quizás una esposa firme, una familia unida, y una vida estable eran lo que realmente deseaba. Iván insistía en que la granja necesitaba ayuda: ordeñar vacas, cuidar cabras, recolectar huevos. Carmen, sin embargo, veía la granja como una carga que le impediría seguir sus pasiones.
Una mañana, después de un largo día, Carmen volvió al apartamento y se preguntó qué quería realmente. Tenía una pequeña parcela en la ciudad, trabajaba en ventas de productos artesanales, y disponía de una casa de campo donde cultivaba verduras en verano y cosechaba setas en otoño. Además, se había comprado un coche nuevo, un SEAT León, ocho años de antigüedad, que la llevaba a cualquier parte.
Se preguntaba para qué servía todo aquel trabajo duro: limpiar el cerdo, alimentar a los patos, cuidar el corral, si todo eso no le aportaba felicidad. Tenía que preparar la comida para su esposo, comprar los víveres, y mantener la casa impecable. Sabía que los ingresos de la granja serían buenos, pero su vida ya estaba acomodada. Pensó en la pensión, en el futuro, y en su independencia.
Al final, decidió que todo lo que necesitaba era una vida cómoda, sin complicaciones excesivas. Y aunque la idea de pasar los años en el campo la asustaba, también la tentaba la posibilidad de una existencia más sencilla.
Mashi, no te enfades le dijo Carmen a su amiga María he decidido rechazar la propuesta de Iván. No necesito a un hombre que me obligue a vivir bajo una granja, cuando ya tengo mi propio espacio y mis actividades. No quiero ser una esposa que solo sirve, sino una mujer que elige su propio destino. A veces, la soledad no es una condena, sino la oportunidad de conocerse a uno mismo.
Carmen se quedó mirando la ventana, pensando en su hijo, que vivía en Barcelona, y en su hija, que estaba a punto de dar a luz en Londres. Decidió comprar una bolsa de tela para el mercado, un abrigo grande y cálido para el otoño, y llamó a su tía Lucía para organizar la próxima reunión familiar.
Al final del día, comprendí que la soledad no siempre es algo negativo. A veces, nos obliga a buscar dentro de nosotros la fuerza que creíamos perdida. La lección que llevo grabada en el corazón es que el valor de la compañía no reside en la cantidad de personas que nos rodean, sino en la calidad de la relación y, sobre todo, en la capacidad de estar en paz con uno mismo.






