Creer en la felicidad

**Creyó en la felicidad**

Nadie puede explicar por qué el destino es bondadoso con unos, entregándoles amor, dicha y el cumplimiento de todos sus sueños, mientras que con otros se muestra implacable. No importa si son buenos o malvados. A menudo, son las mujeres buenas, las que entregan todo por su familia, las que cargan con la mayor desdicha.

Victoria era una de esas a las que la fortuna no había sonreído. En apariencia, Dios no la había desfavorecido: alta, elegante, pulcra hasta el extremo, su casa siempre relucía. Desde el primer día de matrimonio, fue una ama de casa excepcional. De temperamento alegre y bondadoso, era el alma del hogar. Se casó por amor con Ignacio. Vivían en un pueblo grande, en una casa propia. Él trabajaba en la fábrica, y ella era contable en la administración.

Ya criaban a dos hijos, una niña y un niño. Los pequeños iban a la guardería; la niña, preparándose para su graduación, pronto comenzaría la escuela. Pero entonces, el destino dio un giro brutal. Ignacio murió en un accidente en la fábrica, electrocutado por una descarga. Victoria quedó sola con sus dos hijos.

Aunque los compañeros de trabajo y los jefes de la fábrica la ayudaron con el funeral, el dolor se clavó en su corazón como una espina. Tardó en recuperarse. Por suerte, su madre vivía cerca y se encargó de cuidar a los nietos y a su hija. Viendo su sufrimiento, le decía:

—Hija, lo entiendo. Perder al hombre que amas, a un esposo tan cariñoso, es durísimo. Yo también lo viví y sé lo difícil que es seguir adelante. Pero piensa en tus niños. Mira cómo sufren, casi no hablas con ellos. Tienes que vivir por ellos. Son pedacitos de Ignacio, su sangre. Así que reacciona, haz un esfuerzo. Tus vacaciones acaban pronto, y en el trabajo, entre compañeros, te sentirás mejor.

—Gracias, mamá, no sé qué haría sin ti. Entiendo con la mente, pero el corazón no acepta que Ignacio ya no está —lloraba Victoria.

—El tiempo lo calmará, ya verás.

Al regresar al trabajo, Victoria se sumergió en sus tareas. Sus compañeras no la dejaban sola, siempre hablaban con ella, compartían café. Poco a poco, su corazón volvió a abrirse.

—Chicas, sois increíbles —sonreía—. Con vosotras todo es más ligero. Mamá tenía razón.

Su hija comenzó la escuela primaria, llena de entusiasmo.

—Mamá, la maestra Verónica es genial, sabia y guapa. Nos ayuda en todo —contaba la niña, emocionada.

—Para eso es maestra, cariño. Estudió mucho y ahora os enseña. Si prestas atención, serás como ella —decía Victoria, mientras su hijo escuchaba con interés.

Pasaron tres años de soledad. El dolor de la pérdida se fue aquietando. Entonces, algo inesperado sucedió: llegó Miguel, un ingeniero de seguridad, al departamento de administración. Hombre serio, pronto se supo que estaba divorciado y había vuelto al pueblo donde vivía su madre.

Al ver a Victoria en la oficina, sintió una oleada de calidez.

—Qué mujer tan hermosa, pero con esa mirada triste —pensó.

—Buenos días —saludó—. Soy vuestro nuevo compañero, Miguel.

Su sonrisa era contagiosa. Las mujeres rieron, le ofrecieron café, pero esa vez declinó.

—Otro día con gusto. El jefe me espera.

—Qué hombre tan alegre —comentó una compañera—. Y guapo.

Miguel comenzó a visitar la oficina sin motivo, solo para ver a Victoria. Un día, la esperó a la salida.

—¿Me dejas acompañarte a casa? —preguntó, con mirada suplicante.

Ella, extrañamente, sonrió y asintió. Caminaron juntos, hablando durante horas.

—Debo irme, los niños están con mi madre —dijo al final.

Desde entonces, comenzaron a verse. Miguel no era insistente, sabía del dolor de Victoria. Pero, con paciencia, le propuso matrimonio, y ella aceptó.

Resultó ser un esposo amoroso. Los niños lo adoraron, especialmente el pequeño, que ansiaba figura paterna. Hasta la madre de Miguel los acogió como nietos.

Criaron a los hijos juntos. Nunca tuvieron un hijo en común, pero él los amó como propios. Con los años, los niños se marcharon: la hija se casó y se mudó; el hijo también formó su propia familia.

A los cincuenta y tres años, la desgracia golpeó de nuevo: Miguel murió de un infarto. Victoria, devastada, compartió su dolor con las compañeras:

—No entiendo por qué el destino es tan cruel. Ambos maridos eran buenos, fui feliz con ellos, y Dios me los quitó. ¿En qué le he fallado?

—La vida es así, a veces dura, a veces compasiva —la consolaron—. Ya pasaste por esto. Sabes que el dolor se atenúa.

Lo sabía, pero la soledad pesaba. Aunque algunos hombres se acercaron, ninguno le convenció: unos bebían, otros buscaban comodidad sin dar nada a cambio.

Hasta que unos parientes le presentaron a Juan, viudo como ella, cinco años mayor, pero saludable y apuesto. Sin vicios, deportista, de modales refinados. Se gustaron al instante.

Él la visitaba cada día, la llevaba al cine, a pasear. Ambos sentían una conexión profunda. Victoria volvía a ser feliz.

—Quién diría que a esta edad podría enamorarme así —pensaba.

Juan también lo sentía. Le traía flores, la cuidaba. Hablaban por horas si se separaban. Hacían planes de futuro, incluso de boda.

Pero el destino tenía otra prueba. Un día, Juan le confesó:

—Antes de ti, estuve con Esperanza. Nos amamos, pero discutíamos mucho. Al final, me traicionó y la dejé. Te lo cuento para que lo sepas todo.

Sin embargo, Esperanza, al enterarse de su nueva relación, decidió recuperarlo. Lo acosó, llamó a Victoria con amenazas. Una noche, logró entrar en su casa.

—Juanito, por favor, lo he comprendido todo. No puedo vivir sin ti —rogó.

Y él, que creyó haberla superado, cayó de nuevo. Llamó a Victoria para confesarlo.

—Perdóname. No puedo evitarlo. La quiero, pese a todo.

Ella colgó en silencio. El dolor de la traición la heló por dentro. Jamás volvería a confiar en nadie.

Ahora vive sola, entre sus flores, esperando las visitas de hijos y nietos. A ellos, al menos, les entrega todo su amor. Porque la familia nunca traiciona.

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