Cómo se calientan las almas

¡Corbata, por favor! ordena Vicente Román mientras sube el cuello de su camisa blanca.
Nuria, su esposa, le entrega la corbata que él ha pedido y él la mira con severidad:
¿Qué me traes? Dame la que traje de Madrid; la necesito para la reunión con el director de hoy.
Nuria busca la pieza y se la pasa en silencio.

¿Y eso de no poder anudarla? gruñe Vicente, alzando el mentón, mientras Almudena, su nieta de cinco años, observa desde el umbral de la puerta del salón.

Se mira en el espejo, ajusta el nudo con desdén y piensa: «No podrás hacerlo bien, niña».

Quítame la tortilla, no la quiero. Sirve café y tostada comanda desde la mesa de la cocina. ¡El café se ha enfriado! añade, irritado.

Almudena entra, apoyada en el marco, y él la llama suavemente: Ven, Almudencita. La sienta en su regazo y le susurra algo con voz melosa, esperando que ella se aferrara a él, riera y lo abrazara.

Abuelo, ¿por qué me hablas así? Solo la gente amable dice cosas así dice la niña, frunciendo el ceño.

¿Yo no soy amable? se sorprende el anciano.

No, no lo eres. Aquí tienes el corazón helado contesta Almudena, rozando su pecho con la mano y luego acercándose a Nuria para besarla en la mejilla: Buenos días, mamá.

Un breve pitido de coche interrumpe la escena; Óscar, su chófer, lo espera en la entrada del edificio. Vicente se levanta, se pone el abrigo y los zapatos que lleva impecables desde la tarde, agarra el maletín y sale:

No me esperen para el almuerzo; quizá me quede hasta la noche lanza mientras baja las escaleras, sintiendo que todo sigue como siempre, lleno de energía para mover montañas con sus subordinados.

En la mitad del tramo entre el segundo y tercer piso, una luz tenue revela a un gatito de dos meses acurrucado bajo la calefacción, temblando.

¡Han puesto una plaga en el portal! murmura, pensando en llamar al portero, aunque no hay ninguno, aunque la nieve recién caída cubre las aceras.

¡Vago! exclama, frustrado, y se queda esperando a Óscar, quien llega en el coche.

¡Al despacho! ordena, frunciendo el ceño mientras sus pensamientos se vuelven hacia la frase de su nieta.

Nadie le diría esas palabras; nadie tiene el valor de decirle la verdad. Pero Almudena no teme, y tal vez ella sí tenga razón.

Qué camino más resbaladizo hoy dice de repente a Óscar, quien levanta una ceja sorprendido. El hielo nos aprisiona a todos.

Desde la ventana del coche, observa a una chica en la parada del autobús: es Luz, del departamento de suministros, apenas mayor que su hija.

Mira, esa es nuestra niña apunta a Luz. Vamos a llevarla.

Como diga, señor Román responde Óscar, deteniéndose junto a ella.

Luz sube al vehículo con una sonrisa y, en un instante, saca de su chaqueta una gatita temblorosa.

Mira, está helada, corre de un paso a otro, se frota contra las piernas y llora. Nadie se preocupa, todos hacen como si no fuera su problema. La recogí, le calenté las patitas y los orejitos; después la llevaré a casa y mi hijo la cuidará.

¿Cuántos años tiene tu hijo? pregunta Vicente.

Siete, va al primer curso y ya se las arregla solo: escuela, deberes, almuerzo.

Vicente recuerda haber pedido al departamento de suministros que trabajara horas extra varias veces este mes sin necesidad real.

Luz, por salvar a esa gatita, tienes el día libre, y celebra el cumpleaños de tu hijo decreta generoso. Yo hablaré con tu jefe.

Óscar, curioso, pregunta:

¿Tienes gato?

Dos, unos traviesos contesta con una sonrisa.

El día transcurre en la oficina con su ritmo habitual; a la hora de la comida, Vicente comparte una charla con su adjunto Antonio:

¿Tienes nietos?

Dos, unos pillos ríe Antonio.

¿Y gato?

¿Cómo no? Es el rey de la casa.

Al caer la tarde, Vicente vuelve a su piso. Entre el segundo y tercer nivel, junto a la calefacción, el mismo gatito reposa sobre una manta, con su plato de comida y su caja de arena.

Qué gente, tan pequeña y a nadie le importa suspira, tomando al felino en brazos, abrazándolo contra su pecho. El calor, olvidado durante tanto tiempo, vuelve a latir en su corazón.

¡Abuelo! exclama Almudena al ver al gato. Le pedí a la abuela que lo trajera y ella dijo que no lo permitirías.

¿Por qué no? responde él, sonriendo y dándole un beso a Nuria. Lo vamos a bañar y le pondremos nombre.

Una hora después, el gatito, ahora llamado Misu, se acomoda en el regazo de Almudena, mientras ella se acurruca contra Vicente, feliz.

Abuelo, ahora ya no hace frío aquí dice, tocando su pecho. Hace calor, ¿verdad? Que siempre sea así.

Así será, Almudencita. Con Misu y con el cariño de la familia, nunca volverá a haber hielo en este hogar.

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Cómo se calientan las almas
Mermelada de diente de león El invierno nevado ha terminado, este año no hubo heladas fuertes, fue un invierno suave y lleno de nieve. Pero ya cansa tanta nieve y apetece ver hojas verdes, colores y quitarse la ropa de abrigo. La primavera llegó por fin al pequeño municipio. Taísia adora la primavera, espera el despertar de la naturaleza y, mirándolo por la ventana del tercer piso, piensa: —Con los días cálidos de primavera, la ciudad parece despertar de un largo sueño invernal. Hasta los coches grandes suenan distinto y el mercado se ha animado. La gente va y viene con chaquetas y abrigos coloridos, los pájaros nos despiertan antes que el despertador. Qué maravilla la primavera, y el verano, aún mejor… Taísia lleva años viviendo en ese bloque de cinco plantas, y ahora comparte piso con su nieta Varya, que cursa cuarto de primaria. Un año atrás, sus padres partieron a trabajar por contrato a África —ambos médicos— y dejaron la hija al cuidado de la abuela. —Mamá, te confiamos a nuestra Varita, no vamos a llevárnosla tan lejos. Sabemos que la cuidarás mejor que nadie —le decía la hija de Taísia. —Por supuesto que la cuidaré, será más divertido y además, ¿en la jubilación qué otra cosa tengo que hacer? Vosotros viajáis y aquí me quedo con Varita —respondía su madre. —¡Hurra, abuela! Vamos a vivir juntas, iremos mucho al parque, porque mis padres nunca tienen tiempo para mí —se alegraba la nieta. Taísia preparó el desayuno para Varya y la mandó al cole, empezó con sus tareas y, sin darse cuenta, se le pasó la mañana. —Voy a ir al súper antes de que llegue Varita del cole, le prometí comprarle algo dulce por las buenas notas —pensaba mientras se ponía el abrigo y salía del piso. Al salir al portal encontró a dos vecinas sentadas en el banco con cojines debajo, porque el banco aún estaba frío. Semenovna —una señora mayor sin que nadie sepa su edad; quizá setenta, quizás más— vive sola en el primer piso. Valentina, también viuda y muy culta, de setenta y cinco años, siempre risueña y todo lo contrario a Semenovna, que siempre está de mal humor. En cuanto el sol calienta y la nieve se va, ese banco nunca está libre; ellas dos son las habituales. De la mañana a la tarde charlan, solo paran para ir a comer y luego vuelven al banco. Lo saben todo de todos. A veces Taísia se une, comentan las últimas noticias, comparten lecturas de revistas y programas de televisión. Semenovna suele hablar de su tensión arterial. —¡Buenos días, chicas! —saludó Taísia con una sonrisa—. Ya estáis en el puesto de vigilancia. —Claro, Taísia, y si no, nos ponen falta de asistencia. Vas al mercado, ¿no? —dijo Semenovna, viendo la bolsa en su mano. —Eso es. Y le prometí algo dulce a mi nieta por sus sobresalientes —dijo Taísia y siguió su camino. El día transcurría normal: recogió a Varya del colegio, comieron juntas, la niña se puso a hacer deberes y Taísia se dedicó a sus cosas. —Abuela, me voy a danza —le avisó Varya, ya con mochila y móvil. Desde los seis años Varya baila y le encanta, actúa en todo tipo de eventos y Taísia está muy orgullosa de su nieta. —Perfecto, Varita, ve tranquila —respondió amorosamente la abuela. Taísia se sentó en el banco del portal, esperando a su nieta regresar de danza. —¿Está usted aburrida? —el vecino del segundo, don Gregorio, se sentó a su lado. —¿Aburrirse con este día? ¡Ni pensarlo! La primavera, el tiempo magnífico —contestó Taísia. —Sí, el sol calienta, los pájaros cantan, está todo verde, y el amarillo de las flores de coltsfoot está por todas partes. Parecen pequeños soles —comentó el vecino sonriente. En ese momento, Varya saltó por detrás y se lanzó al cuello de su abuela: —¡Guau, guau! —¡Qué inquieta eres, casi me matas del susto! —rió Taísia. —Uy, tan pronto hablando de eso… —dijo Gregorio, riendo y dándole una palmada. —Ven, inquieta, te hice zanahoria rallada con azúcar, seguro que te cansaste en danza. También frité tus croquetas favoritas —dijo con cariño. Gregorio se levantó tras ellos. —¿Por qué se va usted ya del portal? —preguntó Taísia. —Me ha dado hambre al hablar tan bien de las croquetas. Me voy a picar algo. Luego salgan al banco, quizá damos un paseo —propuso el vecino. —No prometo nada, tengo mucho que hacer, pero ya veremos… Esa tarde Taísia salió otra vez al banco. Al despedirse del vecino, y sonriendo para sí, entró con Varya en el portal y él detrás. —Abuela, Gregorio te está cortejando —rió Varya al entrar. —¡Anda ya! —dijo Taísia, quitándole importancia. —Yo he notado cómo te mira. No es la primera vez —no dejaba de reír Varya—. Si Marik de mi clase me mirara así, todas me tendrían envidia. —Venga, siéntate a la mesa, observadora mía. Marik, ya veremos si te mira algún día —respondió la abuela sonriente. Al salir al banco, Gregorio la esperaba; extrañamente, ya no estaban las vecinas. —Semenovna y Valentina acaban de irse a cenar —informó el vecino. A partir de esa tarde, Gregorio y Taísia comenzaron a coincidir, a veces paseaban al parque de enfrente, leían el periódico juntos, comentaban recetas, artistas e historias. La vida de Gregorio no fue fácil: tuvo esposa, hija y nieto, pero enviudó joven y crió solo a su hija Verónica, trabajando en dos empleos para no dejarle nada en falta. Apenas podían verse: él salía cuando Verónica dormía, y regresaba igual. Verónica creció, se casó y se fue a otra ciudad, tuvo un hijo y sus visitas terminaron. No había entre ellos mucha alegría familiar. Se divorció tras quince años y crió sola al hijo. —Taísia, mi hija viene a verme en dos días —le contó Gregorio, ya en confianza, tuteándose y sabiendo todo el uno del otro. —Quizá te extraña, cuanto más mayores somos, más cerca queremos estar de la familia —dijo ella. —No sé, no me fío. Verónica llegó, igual de distante y seria, pero enseguida fue directa al grano. —Papá, vengo por algo —comenzó—. Vende el piso y ven contigo a nuestra casa. Estarás con tu nieto, que es mejor —dijo con decisión, todo decidido de antemano. Pero Gregorio no quería dejar su hogar y mudarse con una hija tan fría. Se negó; estaba acostumbrado a estar solo. Verónica no se rindió. Supo de su amistad con Taísia y fue a visitarla. Saludó educadamente y se sentó en la cocina. Taísia sirvió té con caramelos y mermelada. —Te escucho, Verónica —le dijo amablemente. —Veo que eres muy amiga de mi padre. ¿No podrías convencerle para algo importante? —preguntó Verónica. —¿Y qué es? —Ayúdame a convencerle de vender el piso. ¿Para qué quiere tanto espacio él solo? ¿No puede pensar en los demás? —remató provocadora. Taísia no esperaba ese tono tan frío y calculador. Se negó rotundamente. Verónica se enfureció, chillando, roja de ira: —Ah, claro… Igual quieres quedarte con el piso. Has encontrado a un viejo solitario y ahora lo quieres para tu nieta. Se pasean juntos, charlan de los dientes de león… Parecen dos viejecitos, ¿pero tú qué te crees? ¿Ya pediste cita para casarte? ¡Te advierto, no lo lograrás! —y chillando pasó al tuteo—, ¡no lo vas a conseguir, bruja vieja! —y salió dando un portazo. Taísia estaba llena de vergüenza, temiendo que los vecinos hubieran oído los gritos. Pero Verónica se fue pronto. Taísia empezó a esquivar a Gregorio, si lo veía, corría a casa. El tiempo pone todo en su lugar. Un día, al volver del mercado, Gregorio estaba en el portal esperándola con flores amarillas, hizo hasta una corona de dientes de león. —Taísia, no te vayas, siéntate un minuto. Perdona a mi hija. Sé que fue a verte y dijo muchas cosas… Ya hablamos, ayudo a mi nieto y la apoyaré. Pero ella… no se puede vivir así. Se fue y dijo que ya no tiene padre —se quedó callado y le ofreció la corona—. Toma, y además he hecho mermelada de dientes de león. Es muy sana y riquísima, tienes que probarla. Hasta en ensaladas va bien —sonrió Gregorio. Ese día prepararon juntos una ensalada y Taísia probó la mermelada. Le encantó. Esa tarde salieron otra vez al parque: —Tengo la nueva revista que nos gusta, lee conmigo en el banco bajo el tilo —dijo Gregorio. Taísia se sentó, se rió, entabló la charla y se olvidaron del mundo. Están bien juntos. Gracias por leer, compartir y seguirme. ¡Que la vida os sonría!