—Ana, Anita —golpeaba Tamara la puerta de su vecina con el puño, temblorosa, los ojos llenos de lágrimas—, Anita, ábreme, ha pasado una desgracia.
Ana saltó de la cama, Iván tras ella. Acababan de acostarse. Era de noche; en otoño anochece temprano. Así, en camisón, abrió la puerta.
—¿Qué pasa, Tami? ¿Qué ha ocurrido?
—Es Miguel, vuestro Miguel… se ha estrellado…
—¿Cómo que se ha estrellado? —preguntó Ana, agachándose un poco, mientras su marido la sostenía por detrás, mirando a la vecina con preocupación.
—¿Qué? ¿Sigue vivo? —preguntó Iván, sujetando a su mujer, mientras Tamara ayudaba a Ana a entrar en casa.
—Cerca del puente… Miguel chocó contra un árbol a toda velocidad. No sé cómo está. Mi hija Daniela llegó corriendo del club llorando.
Iván, subiéndose los pantalones a toda prisa, agarró la chaqueta del perchero y, sin camisa, salió disparado de casa. La noche era oscura, solo algunos faroles iluminaban el camino. El río no estaba lejos. Vio a un grupo de vecinos reunidos. Miguel yacía en un charco de sangre, mientras la moto destrozada quedaba a un lado.
—Tío Iván, ya hemos llamado a la ambulancia, pero no responde —dijo su amigo Antonio, inquieto.
—Miguel, Miguel —susurró Iván, inclinándose sobre su hijo, las lágrimas nublándole la vista—. Pero no hubo respuesta.
Llegó la ambulancia. Los focos iluminaron el cuerpo de Miguel, pero él no reaccionó. La enfermera, tras examinarlo, confirmó lo peor: había muerto. Lo subieron a la ambulancia y se lo llevaron al pueblo más cercano.
—Mañana vayan al hospital —le dijo la enfermera a Iván, tirándole del brazo cuando intentó subir—. Su hijo ha fallecido.
Ana no logró salir de casa. Tamara le trajo unas gotas para los nervios y se quedó a su lado, esperando a Iván.
—¿Qué? ¿Cómo está Miguel? —preguntó Tamara cuando Iván entró. Ana solo lo miró, incapaz de hablar.
—Ha muerto… nuestro hijo ya no está —rompió a llorar desconsolado, como si solo entonces entendiera la realidad—. Se lo han llevado al pueblo.
La noticia conmocionó al pueblo. Nadie creía que Miguel hubiera chocado accidentalmente contra el árbol. Primero, porque siempre conducía con cuidado. Segundo, porque el árbol quedaba apartado del puente. Tercero, porque nunca bebía. Así que la tragedia no tenía sentido para nadie.
Miguel era un muchacho respetado. Había vuelto del servicio militar hacía dos años y trabajaba en el pueblo en un buen empleo. Sus padres vivían en el campo, y él los visitaba los fines de semana. Era amable, educado, respetuoso. Todos lo querían, tanto en el pueblo como en el trabajo.
Aquella tarde de sábado había ayudado a su padre a cortar leña, ido al baño, cenado y salido hacia el club. Pero nadie lo vio entrar. Al rato, su madre escuchó la moto arrancar y pensó:
—Si iba al club, ¿por qué ha vuelto? ¿Para qué necesita la moto allí?
Nadie supo qué pasó en ese tiempo.
A la mañana siguiente, Iván y Nicolás, el marido de Tamara, fueron al pueblo en coche. Nicolás se ofreció:
—Iván, déjame llevarte al hospital. No es bueno que vayas solo. Tamara me lo ha pedido.
Pero no consiguieron respuestas. Era domingo, y en el hospital solo les dijeron que Miguel estaba en la morgue. Los trámites debían esperar al lunes.
Todo el pueblo acudió al funeral. Las mujeres lloraban, los hombres fumaban en silencio, el ambiente era denso. A todos les dolió la pérdida de aquel joven. Decían que se había ido demasiado pronto. Al final, los vecinos concluyeron que había sido intencional, pero nadie sabía por qué.
La abuela Nicolasa murmuró:
—Fue un error. Es un pecado ante Dios. La vida solo Él la da y la quita.
Todos especulaban sobre su motivo.
—¿Quizá una pelea con sus padres? —dijo su amigo Santi—. Pero él nunca discutía con ellos. Los quería demasiado.
—¿O una decepción amorosa? —sugirieron otros. Recordaron a las chicas que solían acompañarlo.
Como su excompañera Tania, que siempre estuvo enamorada de él, pero él nunca le hizo caso. O su vecina Daniela, con quien iba al cine y pasaba ratos en el banco de la plaza. Pero para él, solo era “la niña de al lado”.
—Dani, ¿Miguel te dijo algo? —preguntó Tamara a su hija—. ¿Alguna chica que le gustara? ¿O algún desamor?
Nadie entendía por qué había tomado esa decisión. Todos pensaban que no había motivo.
Pero alguien sí lo sabía. Catalina, la chica más guapa del pueblo. Ella guardó el secreto. Cuando Miguel volvió del ejército, se vieron en el club. Él la acompañó a casa, nervioso, pero decidido.
—Cati, siempre me has gustado —dijo, sacando una cajita con un anillo de oro—. Lo compré lejos, soñando con dártelo. Solo pienso en ti. Cásate conmigo.
Bajo la luz de la farola, Catalina se probó el anillo, emocionada. Aunque no sentía nada por él, no pudo rechazarlo.
—No puedo responderte ahora —dijo coqueteando—. Es muy pronto. Guardemos esto en secreto.
Miguel se ilusionó. Cada vez que volvía al pueblo, buscaba a Catalina. Pero ella era voluble: hoy con uno, mañana con otro, aunque nunca le cerró la puerta.
—Cati, ¿cuándo me darás una respuesta? —insistía él.
—No me presiones, Miguel —susurraba ella—. Pienso en ti…
Y con eso, él se conformaba.
Pero aquel sábado, camino al club, la vio abrazada a un desconocido. Él se acercó, furioso.
—¿Quién es este? ¿Me has estado engañando?
Catalina se rio con desdén.
—¿Crees que me casaría contigo? No tienes nada. Pronto me caso con Adrián. Él sí tiene futuro. Tú solo eres un perdedor.
Miguel se quedó paralizado. Regresó a casa, arrancó la moto y, en un arrebato, acabó con todo.
Catalina nunca contó la verdad. Aunque Adrián no se casó con ella, el remordimiento la persiguió. Con los años, se casó con otro, pero su vida no fue feliz.
Todos lamentaron la muerte de Miguel. Decían que siempre hay otra salida. La vida es única.







