La Corrosiva Envidia: ¿Me es fiel mi esposa? ¿O la estoy perdiendo…
Me llamo Javier, y no me dirijo a cualquiera, sino quizá a aquellos que han vivido algo similar. No busco lástima ni reproches; solo necesito desahogarme, porque ya no puedo guardar silencio. Ya no puedo cargar solo con esto.
Mi esposa se llama Lucía. Llevamos juntos casi dieciséis años, casados quince. Tenemos dos hijos: un niño y una niña. Construimos nuestra casa en las afueras de Madrid, trabajamos, criamos a los niños y, de vez en cuando, escapamos a la costa. Todo normal, aparentemente. Una familia feliz. Pero las noches ya no me dan paz. Porque algo me ahoga… la envidia.
Aún la quiero como el día de nuestra boda. Quizá más, porque ahora sé cómo es en la vida cotidiana, en los malos momentos. La he visto cansada, enferma, despeinada, triste… y aún así, para mí es la mujer más hermosa del mundo. A veces, cuando sale al trabajo, todavía la observo a escondidas mientras elige sus pendientes o alisa su falda con la mano. Me estremece ser su marido. Le llevo café por las mañanas y le dejo notas en el espejo del baño.
Pero es por ese amor que me consumo. Porque temo. Temo perderla. Temo que algún día regrese a casa, pero no a mí. Temo que otro la haga reír como yo antes lo hacía.
Mis miedos no son infundados. Se alimentan de las historias que escucho cada día en el trabajo. Hombres que ríen en el bar, contando cómo viajaron con “amiguitas” por negocios, cómo sus esposas no sospechan nada, cómo es fácil ocultarlo. Uno incluso me dijo sin pudor: “¿En serio crees que la tuya es diferente? Hoy todas son iguales…”.
Desde entonces, noto cada pequeño cambio. Antes, Lucía pasaba tardes enteras en pijama; ahora se maquilla hasta para ir al mercado. Antes llegaba a casa a las seis; ahora avisa que se retrasa por un “proyecto nuevo”. Antes me contaba su día; ahora solo dice: “Todo bien”. Siempre le gustó el orden, pero en su armario hay vestidos que no son “para la oficina”. Perfumes nuevos. Mejillas sonrosadas. ¿O es cosa de mi imaginación?
Me sorprendo queriendo revisar su móvil, ponerle un localizador al coche, llamar a su trabajo para confirmar si está ahí. O aparecer de repente, como por casualidad, para ver con quién sale a comer. ¿Vendrá siempre el mismo hombre? ¿Será demasiado atento? Pero luego me detengo… ¿y si me ve? ¿Y si me equivoco? ¿Y si todo está en mi cabeza? ¿Cómo explicaría entonces mi actitud?
Esos pensamientos me devoran. Cada noche espero, escuchando cada ruido tras la puerta. Cada retraso es un puñal en el pecho. No me atrevo a preguntarle directamente… temo que, si lo hago, escuche la verdad. Y si dice “no”, ¿le creería?
Ya no me reconozco. Siempre fui un hombre seguro. Nunca espié ni monté escenas. Pero ahora me debato entre el amor y la paranoia. No quiero destruir nuestro matrimonio con sospechas. Pero tampoco puedo seguir fingiendo que no veo los cambios.
Sé que la envidia es una enfermedad. Pero, ¿qué hago cuando se vuelve crónica? No quiero perderla. Quiero despertar a su lado, envejecer juntos. Quiero confiar. Pero no sé cómo.
Si lees esto, tú que alguna vez sentiste el suelo ceder bajo tus pies… dime: ¿qué debo hacer? ¿Hablar con ella, arriesgándome a oír lo peor? ¿O callar y esperar, rezando que la tormenta pase?
Ya no puedo más. Me ahogo en esta envidia. Y no sé cómo salir.







