Gente Común

Lo recuerdo como si fuera ayer, aunque ya hace tantos inviernos que el recuerdo se vuelve bruma y luz. Era una mañana de primavera en la calle Alcalá, cuando la ciudad se despertaba con el bullicio típico de la estación, ese clamor que siempre acompaña al sol que, después de un largo invierno, vuelve a calentar las piedras de la calle. Los últimos restos de nieve que habían cubierto la avenida se habían derretido bajo la lluvia tibia, formando pequeños arroyos que chispeaban como hilos de plata y corrían hacia el callejón que desembocaba en la Plaza de la Iglesia de San Miguel.

En esa plaza, la gente se agolpaba como de costumbre. Un grupo de mujeres salió del omnibus; llevaban vestidos de tonos azul celeste, verde esmeralda y blanco, y cada una llevaba una remera o pañuelo que les cubría la cara, como si quisieran protegerse del sol que ya se mostraba con fuerza. Los hombres, en trajes impecables, corbatas anudadas y zapatos lustrados, caminaban con paso serio.

De un coche más pequeño descendió una mujer de aspecto serio y cauteloso. Era María, una joven madre que acababa de recibir a su hijo en casa, pero que todavía se sentía insegura.

¡María! la llamó su marido, Jorge, corriendo entre los coches. ¡Espera, que te echo una mano! gritó, intentando acercarse.

No grites, Carmen, susurró María, temblorosa, mientras intentaba calmar al pequeño Pedro, que acababa de quedarse dormido en el coche. Tengo miedo de que se despierte y grite como la otra vez, cuando le dimos el baño y se puso a chillar como una canción de carnaval.

Esa misma mañana, la pediatra de guardia, la doctora Marina Rodríguez, había llegado al barrio. Era una mujer de porte firme, siempre con la bata blanca y el estetoscopio al cuello, pero su mirada mostraba una paciencia que parecía infinita. Se acercó a la casa donde María intentaba acomodar a su bebé y, sin perder la compostura, le indicó:

Déjalo, sujétalo con firmeza pero sin moverlo como si fuera una marioneta.

María, desconcertada, respondió:

¿Qué? No entiendo balbuceó, la cabeza girando como si intentara descifrar un idioma extranjero.

Marina, sin perder la serenidad, replicó con una voz que penetró hasta el oído de María:

¡Anda, colócale el cuerpo en el regazo sin sacudirlo! ¡No seas tan brusca, que el niño se me puede romper el cráneo!

María alzó las cejas en señal de asombro y miró a su esposo, que se quedó con una sonrisa perpleja.

Dios mío murmuró María, sintiendo que su corazón latía a mil por hora.

Jorge, con sorna, le recordó que ella también había sido niña una vez, pero que ahora había engendrado al primogénito, heredero de la familia. Ninguno de los dos sabía todavía cómo criar a aquel pequeño ser.

Marina, mientras ajustaba al bebé, dejó escapar un comentario que hizo eco en la habitación:

¡Qué fuerte te ha salido el cráneo! ¡Parece una nuez! dijo la doctora, mientras miraba al niño con una curiosidad casi maternal.

Jorge, orgulloso, se enderezó como si acabara de recibir una medalla.

Mira, parece al papá comentó la pediatra, mientras inspeccionaba la frente del niño.

María, con una mezcla de temor y esperanza, susurró:

¿Y ahora qué? preguntó a la doctora, con la voz quebrada por la emoción.

Marina respondió con un tono cercano:

Parece que tiene gases. Lo vamos a calmar con una pequeña posición y un poco de leche tibia. No lo agites, que el bulto no lo haga más grande.

Jorge, firme, se acercó a la ventana y la cerró para que el aire frío no le enfriara al pequeño.

¿Qué le pasa? preguntó María, casi al borde del llanto.

Nada grave, solo cólicos. contestó la doctora, mientras acariciaba la cabeza del bebé. Pero no uses chupete, que ese niño es fuerte y no necesita esas cosas.

Jorge, con gesto serio, replicó:

¡Nosotros no queremos chupetes! exclamó, como si defendiera un principio de vida.

Marina, con una sonrisa que parecía de complicidad, le contestó:

¿Contra? ¿Qué? preguntó, sin perder la calma. Déjenme al niño con el padre y vayamos a la cocina a preparar el té.

María asintió, aunque con la cabeza ligeramente inclinada, y entregó el infante a su esposo.

En la cocina, el ambiente era tenue, el aroma del café llenaba el aire y la luz del sol se filtraba tímidamente por la ventana. Marina, como quien sabe lo que hace, revisó los utensilios y dijo:

Tenemos la tetera, el azúcar, y el agua. Vamos a preparar algo para calmar al pequeño.

María colocó dos tazas sobre la mesa, sin saber que la pediatra solía ser tan puntual con los niños en urgencias.

¿Qué tal? preguntó Marina, curiosa.

María, sin saber cómo responder, se encogió de hombros. No he tenido ninguna clase, solo empezó a decir, pero se quedó sin palabras.

Marina, con su experiencia, le aseguró:

No hay nada que temer. La medicina es ciencia y también corazón.

María, cansada, confesó entre sollozos:

Estoy agotada. Pedro come mucho, las pañales siempre están mojados y ya no tengo fuerzas He estudiado, tengo exámenes, y la vida me sobrepasa.

Marina, con una mirada comprensiva, le preguntó:

¿Tienes ayuda? ¿Algún familiar que pueda echarte una mano?

María respondió que su suegra vivía lejos y que sus padres se habían opuesto al matrimonio, pero que ahora el bebé les gustaba.

Marina, mientras sirvía el té, le dijo:

No te culpes, has hecho lo mejor que podías. El niño pesa cuatro kilos y seiscientos gramos, es un chiquillo robusto.

Y, con una sonrisa pícara, añadió:

Ahora come algo, que el hambre también mata.

María, sin fuerzas, tomó la taza y se dejó caer en el sofá de la cocina, cubriéndose con una manta que no pudo alcanzar. Se quedó dormida, como si el sueño la arrullara.

Ese recuerdo quedó grabado en mi memoria como una fotografía antigua.

Hoy, la recuerdo vestida con un traje de color crema, con zapatos de tacón bajo, llevando a Pedro en brazos frente a la pequeña capilla al lado de la iglesia de San Miguel. El día de su bautismo se avecinaba y María temblaba de nervios.

¡Vamos, niña! la animó Jorge, tomando al bebé y caminando con paso firme entre los invitados.

En la capilla, el pequeño sollozaría, se retorcería, pero pronto sus ojos azules se abrirían como dos luceros que contemplan los frescos del techo y la solemnidad del sacramento.

La madrina, una amiga de la infancia de María, Leire, le susurró al oído:

Pedro es un hueso duro, será un gran hombre.

Marina, la pediatra, cruzó la verja de hierro forjado y, con una reverencia, pidió al sacerdote que bendijera al niño. El sacerdote, un hombre de barba gris y mirada severa, les recordó a todos que el amor de Dios está presente.

Quitad la gorra, por favor, que aquí se respeta el sagrado le indicó Marina a un hombre que llevaba gorra de pescador bajo la lluvia de primavera.

Él, algo avergonzado, se quitó la cubierta y la barba quedó al descubierto.

El sacerdote, con voz pausada, dijo:

Bienaventurados los que creen, y la familia será bendecida.

Al terminar, los padres se abrazaron, y Pedro, ya tranquilo, dejó escapar un suspiro.

Yo, que había observado todo desde la distancia, pensé que la vida de los padres es una sucesión de pruebas y milagros, y que cada madre, sea cual sea su circunstancia, lleva en su pecho un fuego que nunca se apaga.

Años después, cuando Pedro ya había crecido y se hacía mayor, recuerdo cómo, de pequeño, se escapó de la escuela con un sándwich y se topó con un perro callejero, sucio y hambriento. El animal había sido maltratado por los mercaderes del mercado y, al verlo a Pedro, comenzó a gruñir. Pero entonces, un hombre mayor, de paso, puso su mano firme sobre el hombro del chico y le susurró:

No le temas, él entenderá y se irá.

El perro, como por arte de magia, se dio la vuelta y dejó al niño con su sándwich. Pedro volvió a casa y, con los ojos brillantes, contó a sus padres la historia, y su madre, Marina, le dijo:

Ese ha sido tu ángel, hijo mío.

Con el paso del tiempo, la familia de María y Jorge se fue ampliando. Su segundo hijo, Alejandro, nació años más tarde, y la vida siguió su curso entre trabajos, estudios y pequeños desengaños. Alejandro, ahora enfermo de una gripe fuerte, volvió a la casa de sus padres y allí la pediatra Marina, ya mayor, volvió a entrar en escena.

No temáis, todo pasará decía, mientras le recetaba una infusión y le recordaba que el cuerpo necesita descanso.

En la boda de sus primos, en la que la gente cantaba coplas y los niños corrían entre los olivares, Marina observaba a los jóvenes y reflexionaba sobre el amor y la familia.

El amor es como el pan: se amasa, se hornea y, si lo cuidas, nunca se agriará comentó a su marido, Miguel, ingeniero que había dedicado los últimos años a cultivar microvegetales en su terraza.

Miguel, con su humor escéptico, replicó:

Yo creo en la ciencia, pero a veces una mano amiga vale más que mil fórmulas.

Y, al final del día, mientras la luz del ocaso se reflejaba en los cristales de la iglesia, los niños corrían de nuevo bajo la sombra de los robles, y la gente, con el corazón contento, se despedía.

Yo sigo recordando aquel día de primavera, el sonido del agua en los arroyos, el temblor de una madre inexperta, la voz serena de una doctora que lo curó todo con palabras y té, y la certeza de que, pese a los pesares, el amor y la fe siempre encuentran su camino.

Ahora, sentado bajo la sombra de un nogal, escucho el eco de esas voces y entiendo que la vida, como el río que corría por la Alcalá, nunca cesa; solo cambia de cauce, pero siempre lleva consigo la misma agua que nos nutre.

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