— He estado dos días en la cama con fiebre, ¡y tú ni siquiera me hiciste un té! No eres un hombre, ¡sino un ser inútil! Y ahora, si quieres comer, ¡tendrás que cocinarte tú mismo!

Llevo dos días tirada con fiebre y ni una taza de té me has hecho! ¡No eres un hombre, eres una criatura inútil! Y ahora, cuando quieras comer, prepárate de hacerlo tú sola!

Damián Damián, por favor baja a la farmacia.

La voz suena ajena, seca y quebradiza, como la hoja que se cae al otoño. Alba apenas lo reconoce. Se rasca la garganta reseca y cada palabra retumba en su cabeza como un golpe sordo y quemado. Está tirada, abrazada a la almohada empapada en sudor, mirando al techo que parece descender lentamente, amenazando con aplastarla. Todo su cuerpo se ha convertido en una hoguera de dolor. Cada articulación, cada huesito son como fragmentos de cristal roto, y cualquier movimiento, aunque sea girar la cabeza, provoca una ola nueva de sufrimiento. El calor no es solo fiebre, es una criatura viva que se ha instalado bajo la piel, ha inundado los músculos de plomo y ahora lo funde desde dentro.

Desde el salón se oye el golpeteo rítmico del teclado y los clics furiosos del ratón, interrumpidos por breves gemidos ahogados. Ese es el mundo de Damián. Un mundo al que se sumerge con la cabeza, con sus enormes auriculares que parecen casco de piloto. En la realidad virtual se libran batallas, se capturan bases y corre sangre digital. Allí él es importante: comandante, héroe. Aquí, en su pequeño piso madrileño, es sólo una sombra encorvada en la silla gamer.

Damián, ¿me oyes? Me siento fatal. Necesito antipiréticos y algo para la garganta.

Ve su espalda, ancha y fuerte, ahora tensa por la partida. No se gira. Sólo su mano izquierda se desprende del teclado por un segundo y hace un gesto vago en el aire, como diciendo «te oigo, entiendo, déjame en paz».

Vale, ya

«Ya» nunca llega. El tiempo se vuelve una masa densa y pegajosa. Los minutos se convierten en horas. La luz del sol que se cuela por la rendija entre la ventana y el marco se vuelve grisácea, luego se apaga en una oscuridad densa. Alba se hunde en sueños pegajosos, donde ondas de calor y sombras grotescas la persiguen, y luego vuelve al presente, al dolor, a la sed y al ruido constante de su partida. Sueña con un simple caldo de pollo. No con un manjar, sino con la sopa más primitiva: líquido caliente y salado que le devuelva al menos un poquito de fuerzas.

En un momento, los ruidos del salón cambian. Se une el timbre del intercomunicador, una breve conversación, el susurro de una puerta que se abre. Entonces todo el piso se inunda con un aroma denso, picante, mortalmente apetitoso: masa caliente, queso fundido y pepperoni. Pizza. Damián se ha pedido una pizza para él. Esa idea no le genera ira, simplemente no tiene energía para enfadarse. Sólo provoca una ola de desolación ciega. Él, a diez metros de ella, come, vive, disfruta, mientras ella, en la cama compartida, se deshace lentamente en la fiebre, olvidada como una cosa sin valor.

Reuniendo los últimos restos de voluntad, vuelve a llamar, y esta vez su voz suena casi como un gemido.

Damián agua, por favor tengo sed.

Esta vez él reacciona. Se quita un auricular y gira la cabeza. Su rostro, iluminado por la luz azulada del monitor, le resulta extraño y desconocido. Los ojos arden de emoción, los labios curvan una media sonrisa de victoria. La mira, pero no la ve. Su mirada recorre su figura como si fuera un objeto de decoración.

Ya, acabo la partida. Casi el final.

Vuelve a ponerse el auricular y la pared de sonido le corta del mundo real de forma definitiva. Alba cierra los ojos. «Acabo la partida» suena como un clavo más en la tapa de su paciencia. Ya no suplica. Sólo yace, sintiendo cómo una lágrima caliente se desliza por su mejilla, evaporándose al instante sobre su piel abrasada. No está solo enferma; está sola. Absoluta, totalmente sola en un piso con alguien que, alguna vez, prometió estar a su lado en la pena y en la alegría. Seguro que una gripe con cuarenta grados no encaja en ninguna de esas categorías.

El tiempo deja de existir. Se funde en una serie de sueños pegajosos, despertares dolorosos. Alba no sabe cuánto ha pasado un día o una eternidad. Pero en un instante indefinido percibe que el fuego interno se apaga. En su lugar llega una frialdad agotadora. El cuerpo, que hacía momentos era un horno, ahora parece ajeno y helado. Las sábanas bajo ella están húmedas y pegajosas, y su boca lleva el repugnante sabor de la enfermedad.

La sed la consume por completo. No es sólo el deseo de beber, es un grito de cada célula deshidratada. Baja los pies de la cama y la habitación se tambalea, pierde contornos. Alba cierra los ojos, se aferra al borde del colchón con los dedos, soportando el ataque de náuseas. Los ruidos del salón no desaparecen, sólo cambian de tono. Ya no es una lluvia de disparos, sino el eco de algún comentario de Damián dirigido a interlocutores invisibles en el chat. Él sigue vivo. Su mundo sigue girando.

El camino a la cocina se vuelve una ascensión al Everest. Cada paso retumba en sus sienes. Se agarra a la pared como un anciano cojo, avanza tambaleándose. El aire del pasillo huele a humedad y a algo rancio. Al salir de la penumbra del dormitorio hacia la cocinasalón, un destello de luz solar la ciega brevemente; cuando recupera la vista, ve

No es sólo un desorden. Es un monumento al egoísmo construido en esas dos jornadas de infierno. Sobre la mesa de centro se alza una pirámide de tres cajas de pizza, cubiertas de manchas de grasa solidificada. Al lado, una montaña de latas de bebidas energéticas y un anillo pegajoso de sopa derramada. En el fregadero se acumula una torre de platos sucios, cacerolas y tenedores sumergidos en agua turbia de mal olor. En el suelo hay migas y envoltorios. No sólo no limpia. Convierte su vivienda compartida en una guarida de desperdicios, donde la única zona luminosa es la pantalla del monitor.

Alba dirige la mirada a él. Damián está sentado de espaldas, todavía en la silla gamer, con los mismos auriculares. No la ha visto llegar. Está inmerso en su mundo, donde todo es simple y claro, sin enfermas esposas, sin problemas domésticos, sin responsabilidades.

Se acerca al frigorífico, lo abre y se aferra con avidez a una botella de agua mineral. Da varios sorbos profundos, sintiendo cómo el líquido vital la devuelve al paso. En ese instante, al oír la puerta abrirse, él se gira. Se quita los auriculares y una curiosidad perezosa y desinteresada cruza su rostro. Sus ojos recorren su figurapálida, desaliñada, con una camiseta desgastaday en sus labios nace una sonrisa torcida.

¿Ya has comido? Me estaba entrando hambre.

Esa frase cae en un vacío ensordecedor dentro de su mente, como una piedra en un pozo profundo. No es «¿Cómo te sientes?», no es «¿Necesitas algo?». Es un mero «¿has comido?», como si ella fuera un electrodoméstico que se ha roto y acaba de volver a funcionar, listo para cumplir su deber. Y, por extensión, el suyo: «Tengo hambre». En ese momento toda su debilidad física se evapora, sustituida por una ola de ira punzante y cristalina. Mira a su alrededor, a la montaña de basura, y por primera vez en dos días se siente increíblemente fuerte.

El universo que temblaba y se deslizaba ante sus ojos se congela, adquiriendo un filo agudo. La debilidad que nublaba su conciencia se quema, arrasada por un fuego blanco de furia. No es un berrinche ni una crisis emocional; es una explosión, un desplazamiento tectónico que Damián, en su cómodo mundo de píxeles y comida rápida, no podía prever.

¿Tienes hambre? grita Alba, pero no por debilidad, sino por una tensión terrible. Su voz suena como el crujido del hielo que se rompe. ¿En serio? Llevo dos días sudando, no puedo levantarme para ir al baño y te he suplicado, como una mendiga, que vayas a por la medicina. ¿Y tú qué? ¿Acabas la partida. Yo quería beber tanto que mis labios se pegaban a los dientes, y tú comías tu pizza y su aroma se colaba hasta la habitación. ¡Me estaba ahogando y no te acercas!

No grita, escupe palabras. Cada una es una piedra pesada que arroja contra su serenidad impenetrable. Los reproches son tan concretos, tan indiscutibles, que no pueden responderse con un simple «es culpa mía» o «no exageras».

Damián observa la explosión desde su cómoda posición, cruzando los brazos sobre el pecho, con esa expresión de adulto indulgente que Alba detesta: el de quien escucha el balbuceo incoherente de un niño que se está desmoronando. Espera a que el torrente verbal se agote, a que ella exhale, para volver a ponerse los auriculares. Para él son sólo ruidos de fondo.

Al fin Alba se queda en silencio. No por falta de palabras, sino porque comprende lo absurdo de todo. Es como leer poemas a una pared sorda. La ira se condensa en una bola de hielo que se anida en su pecho. Damián, tras una pausa teatral, le dice con una burla paternal:

¿Ya has soltado todo?

Ese es el último error. Él espera lágrimas, más gritos, una continuación del enfrentamiento. No está preparado para lo que sigue.

Alba no responde. La mira fijamente durante varios segundos; en sus ojos ya no hay dolor ni rencor, sólo la fría determinación de un cirujano ante una operación delicada. Entonces se vuelve y dice:

Llevo dos días con fiebre y ni una taza de té me has preparado. ¡No eres un hombre, eres una criatura inútil! Y ahora, si quieres comer, ¡prepárate de devorarte la comida tú mismo!

Con esas palabras abre de golpe la puerta del frigorífico. Un soplo de vapor frío sale al exterior, envolviendo su figura. Damián la observa, sorprendido. ¿Qué hará? ¿Se irá a comer sola? ¿Le está dando una bofetada simbólica? Los pensamientos le parecen infantiles y ridículos. Pero Alba no coge plato. Sus manos se posan firmemente sobre una gran olla de cinco litros, donde ya hierve un espeso cocido de garbanzos y carne que había preparado antes de enfermarse. Lo saca con esfuerzo y lo coloca en el suelo. Luego su mano se dirige a un recipiente de arroz con pollo, otro contenedor de paella, un guiso de ternera, unas croquetas de jamón; todo lo que había cocinado para varios días.

Damián observa aquel arsenal de cazuelas y recipientes en el suelo de la cocina, sin comprender el sentido. Su rostro muestra una mezcla de desconcierto y sorpresa. Abre la boca para decir algo, pero Alba, sin mirarlo, agarra la olla más pesada y se dirige con paso firme al baño.

La puerta del aseo está abierta. El inodoro de porcelana blanca, habitualmente un objeto cotidiano, ahora parece un altar sacrificial. Alba se sitúa sobre él, sosteniendo la olla. No tiembla. Inclina ligeramente el cuerpo y el espeso caldo rojo, con trozos de carne y verduras, cae en el agua con un sonido sordo. El aroma a pimentón, ajo y caldo casero inunda el pequeño cubículo, mezclándose con el olor a lejía.

Damián, paralizado en la entrada de la cocina, no puede procesar la escena; supera los límites de su comprensión.

¿Qué estás haciendo? ¿De verdad?

Ella no responde. Ve desaparecer el último trozo de patata en la corriente, pulsa el botón de la cisterna y el rugido del agua que gira en un torbellino se convierte en su única respuesta. El sonido retumba como un punto final al final de una larga frase. Deja la olla vacía sobre el azulejo y vuelve a la cocina.

Solo entonces Damián empieza a entender la magnitud de lo ocurrido. No es una explosión momentánea, es una destrucción metódica y fría.

¡¿Estás loca?! grita él cuando ella levanta un contenedor de paella. ¡Esto es comida! ¡Productos! ¿Te das cuenta de cuánto cuesta todo esto?

Su grito va dirigido no a ella, sino al recipiente, al valor material que él atesora. No grita a Alba. Alba, sin mirarlo, pasa al lado de él como si fuera una sombra vacía. La segunda porción de su cuidado el arroz aromático con tiernos trozos de carne se desliza tras el cocido, los granos dorados giran en el agua antes de desaparecer en la oscuridad del desagüe. Otro golpe de la cisterna.

La ira de Damián alcanza su punto álgido. Recorre la cocina gesticulando, su rostro se tiñe de rojo.

¿Qué te pasa? ¿Cómo puedes tirarlo todo? ¡Toda la comida! ¿Qué debo comer ahora, según tú? ¡Tú la preparaste y ahora la echas al retrete! ¡Esto es una locura!

Pero sus palabras ya no pesan para ella. Son solo ruido, fondo para sus acciones. Ella avanza con la precisión de una máquina en una cinta transportadora: guiso, croquetas, coles guisadas. Cada trayecto de la cocina al aseo es un paso que la aleja más de él, de la vida que compartían. No le presta atención a sus gritos. Simplemente hace lo que ha decidido. Destruye todos los puentes, todos los hilos, toda esa materia que él solía consumir sin devolver nada.

Cuando la última cazuela queda vacía, vuelve a la cocina. En el suelo yace una montaña de trastos sucios que huelen a restos de comida. Damián respira con dificultad, pegado a la pared, con la mirada incendiada. Espera. Espera explicaciones, la continuación de la disputa, cualquier cosa.

Alba recorre el campo de batalla con la mirada, luego abre otra vez el frigorífico. En una esquina encuentra un pequeño contenedor de plástico que no había tocado. Lo saca. Dentro hay dos filetes de pollo y un poco de quinoa. Su ración. Su cena. Con el contenedor en una mano y un tenedor limpio de la gaveta en la otra, se dirige al dormitorio.

¿Y eso es todo? susurra Damián por la espalda. ¿Te vas así? ¿Y yo? ¿Qué hago ahora con todo esto?

Se detiene en la puerta del dormitorio, pero no se vuelve. Por un segundo parece que pronunciará algo, pero solo se adentra en la habitación. Entonces se oye un sonido más fuerte que cualquier grito suyo.

*Clack.*

El seco clic de una llave girando en la cerradura.

Damián queda solo. Solo en la cocina destrozada, rodeado de cajas vacías y platos sucios. Solo, con el frigorífico vacío y un hambre rugiente. Detrás de la puerta cerrada del dormitorio no se oye nada. Allí, tras una fina barrera de madera y un pequeño cerrojo, Alba come tranquilamente, con una película encendida. Se está recuperando.

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— He estado dos días en la cama con fiebre, ¡y tú ni siquiera me hiciste un té! No eres un hombre, ¡sino un ser inútil! Y ahora, si quieres comer, ¡tendrás que cocinarte tú mismo!
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