Nací en un pueblecito de la provincia de CastillaLa Mancha. Tengo veintidós años. Mis padres fallecieron hace apenas unos meses, por lo que pude dejar mi tierra natal sin remordimientos. Los funerales fueron modestos; casi nadie de la extensa familia asistió, a pesar de que mi madre y mi padre tenían muchos hermanos.
Cuando el féretro se bajó, los parientes se marcharon con sus asuntos urgentes. Que Dios los acompañe. Tras el entierro decidí que lo mejor era partir, pues los recuerdos resultaban demasiado dolorosos.
En mi pueblo las cosas nunca fueron fáciles. Desde la secundaria fui objeto de burlas y malos tratos por parte de los compañeros. Tras terminar los estudios y conseguir un trabajo, me convertí en el chico de los recados para los jefes. Medité un tiempo y opté por probar la suerte en otro sitio: vendí la casa de mis progenitores y me mudé a la costa del Cantábrico, donde adquirí un pequeño solar y construí una vivienda de ciento cincuenta metros cuadrados.
Al acabar la obra, subí fotos de la casa a distintas redes sociales. Durante la construcción llamé a varios familiares para preguntarles su opinión, pero todos alegaron no saber nada y ninguno me ofreció ayuda o consejo alguno.
Con la llegada del verano, los parientes comenzaron a llamarme diciendo que habían decidido pasar la temporada junto al mar y me pedían alojamiento en mi casa. Podía haber aceptado, pero ¿por qué ahora?
Cuando enterraron a mis padres, los familiares no llegaron y, en lo económico, ninguno me apoyó; decían que apenas llegaban a fin de mes. Ahora, sin embargo, querían venir de vacaciones, lo cual no resultaba barato en absoluto.
Ese verano descubrí que, a decir de los dichos, tengo familia en el corazón, pero a veces el cariño se queda en la palabra. Incluso antiguos compañeros de clase empezaron a escribirme, halagarme y solicitarme visitas.
Cansado de tanta hipocresía, publiqué en las redes que había sido una broma inocente o un sueño, como quien prefiera. Subí una foto de una casita de campo y aseguré haber perdido todo el dinero que había heredado y que solo podía comprar esa ruina, pidiendo que vinieran a ayudarme a repararla. Tras ello, los parientes y amigos volvieron a desaparecer, alegando nuevas urgencias; al fin y al cabo, todos estaban más apretados que una rata en la mazmorra.
Ahora me pregunto: ¿por qué la gente es tan hipócrita y el mundo tan cruel? Paso mis días recostado al sol en la playa, pensando en publicar esas fotos en mi perfil. Pero decidí no agitar la vela ante el toro para provocar envidias. Tal vez el próximo año comparta una imagen de mi verdadera casa y vea qué tal va mi familia.
Al final, aprendí que la verdadera fortuna no se mide en euros ni en visitas, sino en la capacidad de seguir adelante con dignidad, sin depender del reconocimiento ajeno.






