Creía que mi matrimonio flotaba como una barca en el Tajo, hasta que una amiga, con voz de eco, me lanzó la pregunta que rompió el sueño.
Me casé muy joven, impulsada por una pasión que parecía sacada de una copla de la Alhambra. Cuatro años de miradas y cartas nos precedieron antes de unirnos bajo el altar, y desde entonces hemos surcado tormentas y atardeceres juntos.
Llevamos más de seis años bajo el mismo techo de una casa con balcones que miran la Gran Vía, y confío ciegamente en mi marido y en mi propia sombra. Él es dulce como el turrón, atento y cuidadoso, siempre dispuesto a aliviar mis quehaceres domésticos. No es el más valiente ni el más fuerte, y su reflejo en el espejo no alude a un galán, pero su alma irradia una luz que parece un mar de positivismo y fe en la bondad, una corriente que recarga mis fuerzas en los momentos más oscuros.
Sin embargo, su indecisión es un laberinto sin salida; nunca se atreve a cruzar la puerta de su zona de confort, y la timidez lo envuelve como una niebla permanente. En todos estos años, su figura se ha mantenido tan inmutable como una estatua en la Plaza Mayor.
No se preocupa por su salud ni por su aspecto; cualquier cambio le causa temblor. Tiene casi una década más que yo; yo tengo veintiséis primaveras y celebra la vida como si fueran fuegos artificiales en San Juan. Trabajo en una consultora de moda en Madrid, conduzco un Seat León que compré con mis propias manos, y juntos pagamos la hipoteca de nuestro hogar con euros que suenan como campanas cada mes. Entonces, mi amiga Celia, con la mirada curiosa de una curiosa de la feria, me preguntó: ¿Para qué lo necesitas realmente?.
Ese momento marcó el ocaso de mi felicidad personal, y ahora, sentada en la ventana que da al cielo de la madrugada, me pregunto: ¿Para qué lo quiero en realidad?.







