¡Sonia! Vaya, justo cuando te recordaba exclamó tía Marina, la prima segunda de la madre, interceptando a la joven en la entrada del Mercadona de Lavapiés. Antes de que pudiera decir nada, recibió un golpe en la pierna con la bolsa de una desconocida.
¡Cuidado, habéis quedado bloqueadas en el pasillo! gritó una mujer que pasaba corriendo, y al mirar a quién había rozado soltó un jadeo. ¡Sonia! ¡Marina! ¡Qué descaradas!
¿Y eso por qué soy yo la descarada? se protestó Marina, incrédula. Sonia, claro, tú la has descubierto y ya te ha salido la lengua. ¿Y a mí? ¿Qué te he hecho, Oxfía?
Pues no sabes, ¿no? replicó Oxfía, la amiga de la familia. Lidia le pidió a Lerka que le prestara cuarenta mil euros y todavía no se lo ha devuelto, aunque ya han pasado seis meses en vez de las dos semanas prometidas hasta que llegue la nómina.
Espera, espera, ¿Yo tomé ese préstamo? se defendió Marina. Mi marido gana bien, yo cobro más que el salario mínimo y mi hijo lleva dos años viviendo por su cuenta sin necesitar ayuda. ¡Yo no pediría nada a nadie!
Eso es lo que tú crees. Oxfía le explicó. Fue Lidia la que me tomó a mí; no cuarenta mil, sino quince, y no hace seis meses, sino hace dos semanas, cuando se rompió la mano. Y todo por… Marina señaló a Sonia con el dedo y escuchó su leve risa.
Déjame adivinar: «po», «be», «gla» ¿acierto? dijo con una amargura que le hacía tragar peor el té.
Esa amargura no venía tanto de que la madre volviese a sus trucos viejos, sino de que Sonia le creyó hace dos semanas.
Le creyó cuando la madre llamó desde la sala de emergencias del Hospital Universitario La Pazla habían llevado en ambulanciay entre sollozos contó que había caído torpemente en las escaleras y que tendría al menos dos meses con yeso y todo tipo de delicias de una fractura complicada.
Ahora no puedo comer, beber, ni dormir sin la ayuda de mi única y querida hija. se lamentó la madre.
Los trabajadores sociales, además de no prestarle la atención debida, le cobraban los servicios a precio de oro.
Sonia, aunque desconfiada, dejó pasar la última mentira como si fuera una percepción subjetiva, pero el resto resultó cierto.
La madre, efectivamente, había roto la mano y había sido ingresada en la urgencia. Necesitaba a alguien que le cuidara. ¿Quién sino la única hija? Sobre todo porque, a diferencia de otras madres, ella no le había hecho nada malo a Sonia.
Toda su vida había pintado sus problemas de colores más brillantes, presentándose como la víctima abandonada, olvidada y desdichada
¿No es verdad que nadie es perfecto?
A pesar de sus defectos, la madre alimentaba, vestía y acompañaba a Sonia, asistía a las reuniones de padres y compraba medicinas con naranjas para la hija enferma. Por eso, Sonia se vio obligada a pedir un permiso sin sueldo de un mes y mudarse al pueblo natal para ayudar con las tareas domésticas y la higiene.
Durante ese mes, la mujer planeaba encontrar una empleada del hogar que también sirviera de cuidadora. Si no lograba eso, intentaría convencer a la madre de mudarse con ella. No podía quedarse sin trabajar por culpa de un accidente; de lo contrario, ¿de qué viviría?
Desde el primer día en la casa que había sido su hogar, Sonia empezó a recordar con detalle por qué había abandonado aquel lugar hace diez años.
En aquel entonces, después de acabar la primaria, se había matriculado en el primer instituto que encontró en la provincia de Valencia y, con la cabeza en alto, se había ido a vivir a un piso compartido en el pueblo vecino, donde terminó trabajando.
Todo porque, incluso con tres compañeras de cuarto, tenía más privacidad que viviendo bajo el mismo techo que su madre.
Sonia, ¿esto es apropiado? reclamó la madre, casi treinta años, agitando la ropa interior que llevaba apretada en una mano. ¿Acaso las chicas decentes pueden llevar esas cosas? ¿Sabes dónde trabajan los que se ponen esos cinturones?
Los que se ponen esos cinturones tienen vida fuera del hogar, algo que a ti te resulta ajeno. Mira dentro del cajón del escritorio, hay cosas interesantes replicó Sonia sin perder la calma.
Ya no tenía dieciséis, no dependía física ni psicológicamente de su madre y podía defender sus límites con facilidad, recordándole que había venido a ayudar con la casa, no a escuchar sus cuentos sin fin.
Pero la madre no se quedó callada. Su próximo gesto pacífico consistió en impedir que Sonia tuviera un momento de tranquilidad.
Cada vez que Sonia intentaba aislarse, la puerta se abría a gritos: necesitaba urgentemente algo de limpieza, un ambientador o cualquier cosa del baño. Esperar dos o tres minutos a que Sonia saliese era imposible.
Y lo peor aunque más cómico era el canto matutino. Cada mañana, cuando Sonia aún dormía como una piedra, la madre encendía la tele y sintonizaba algún canal musical, lanzándose a cantar a todo pulmón.
Sonia intentó averiguar el motivo. No había razón para molestarle el sueño: la casa estaba limpia, la comida lista y a la madre solo le quedaba calentarla.
Simplemente me gusta cantar. ¿Qué? ¿No tengo derecho a cantar en mi casa? Si quieres dormir, haz lo que quieras, le lanzaba la madre con una mueca de desprecio.
Sonia, sin perder la compostura, se compró unos tapones para los oídos, aunque al final no los necesitó. Un día, el vecino de arriba, harto de la canción matutina, tocó a la puerta de la madre y, como quien explica a una aficionada a la ópera, le dijo en qué posición y a qué hora debía dejar de gritar antes de que despertara a toda la familia dos horas antes del alba.
Tras la advertencia, la madre dejó de cantar, aunque los demás problemas siguieron ahí.
Sonia hallaba la fuerza para superar los artificios de su madre, recordándose a sí misma que era sólo una anciana enferma, que necesitaba su ayuda.
Ya fuera encontrando a la cuidadora ideal o aguantando a su madre en casa hasta su recuperación, eventualmente dejaría ese episodio atrás y lo olvidaría durante años.
Los pensamientos de que la vejez de la madre se acercaba y que la carga recaería nuevamente sobre Sonia la empujaban a alejarse lo más posible.
Resultó, por cierto, bastante incómodo escuchar a Oxfía y a Marinaamigas de Valeriadecir que Sonia no ayuda en nada, que está desempleada y que subsiste a base de la pensión de la ancianita. Además, se pintaba a Sonia como una especie de demonio con su mano derecha.
En una cafetería del barrio, las amigas de la madre describían los supuestos abusos mientras bajaban la mirada, sin saber cómo disimular la vergüenza, y Sonia, para demostrar que no era así, sacaba los recibos de su tarjeta bancaria, mostrando las compras caras y numerosas que había hecho para su madre en las últimas dos semanas.
Cuando la madre, bajo presión, confesó que había difamado a su hija para llamar la atención de los conocidos y conseguir compasión, Sonia tuvo que decidir cuánto perdonar.
Podía excusar muchos de los comportamientos extraños, atribuirlos a hábitos o a la necesidad inconsciente de entretenerse, pero no a ser difamada públicamente.
Así que, al día siguiente, se despidió de su madre, le recomendó que recurriera a los servicios sociales, pedidos a domicilio y cualquier otro método para resolver sus problemas sin involucrar a Sonia.
Si la madre era mala, mejor serlo ella que parecerlo. El máximo al que la madre podía aspirar ahora era una pequeña ayuda económica en agradecimiento por la vida que le había dado, y el resto… pues que se pierda en la tarjeta Mastercard o en alguna misión benéfica.
Y que la madre siga reclamándose de una hija pobre, mientras el mundo sigue girando.






