12 de octubre de 2025
Hoy, mientras recuerdo los últimos años, mi corazón se siente como una balanza rota. Tenía dieciséis años cuando descubrí que estaba embarazada de Julián, mi novio de la escuela. Nos conocimos en el instituto de la zona de Hortaleza y, tras un año de noviazgo, la noticia llegó como una tormenta inesperada. Ambos, temerosos, guardamos el secreto y no se lo contamos a mis padres.
Cuando mi madre, Doña Carmen, y mi padre, Don José, se enteraron, la furia les cegó. En nuestra familia, considerada un modelo de rectitud, yo era la única hija y siempre había sacado buenas notas. Al ser menores, la decisión sobre nuestro futuro quedó en manos de ellos.
Julián y yo íbamos bien en los estudios; mis padres soñaban con que accediera a la Universidad Complutense, terminara la carrera y tuviera una vida estable. Un hijo, pensaban, destruiría esos planes. Por eso mi madre me obligó a abortar. Aún estaba dentro del plazo legal y todo salió sin complicaciones.
Tras el aborto, volvimos a la rutina. Seguimos viéndonos en secreto, terminamos el instituto, empezamos la universidad y, un año después, nos casamos. Mis padres dejaron de entrometerse. Entonces, descubrí que estaba embarazada de nuevo y, por primera vez, la alegría llenó nuestro hogar.
Sin embargo, en el sexto mes la sangre empezó a brotar. El bebé nació diminuto, apenas un kilo quinientos, y tres horas después ya no respiraba. Los médicos no pudieron detener la hemorragia y tuvieron que extirparme el útero. Desde ese día, nunca volveré a ser madre.
Mi madre vino al hospital, con los ojos llenos de lágrimas, y me confesó que se arrepentía de haberme obligado al aborto años atrás. Sus palabras no alivian el vacío que llevo dentro.
El pasado no tiene botón de retroceso y los errores no se pueden reparar. Ahora sé que jamás podré ser madre y dudo que Julián y yo logremos mantener nuestro matrimonio en pie. Los hijos son el pilar de una familia tradicional, y sin ellos, la casa se siente incompleta.
Solo me queda seguir adelante, con la esperanza de que el tiempo, aunque duro, cure las heridas más profundas.







