Tía Soletilla, ya no tengo a dónde ir sollozaba entre lágrimas amargas. Perdonadme, no volveré a hacerlo.
No explicó bien dónde había estado ni qué había hecho, pero su rostro parecía un cuadro deslucido.
La recibieron de nuevo, aunque a Arcadio no le agradó mucho la idea. Ella, al fin y al cabo, era la madre de Sofía, una huérfana sin rumbo.
Arcadio, criado por su abuela desde pequeño, siempre había parecido un niño de otro mundo: callado, tranquilo, nunca travieso, siempre con un libro bajo el brazo en el rincón del patio.
Arcadito, deberías jugar con los chavalitos del patio le decía la abuela.
Mamá, déjalo en paz. Mejor que se quede leyendo que acabar como el Vófilo del barrio, que a los doce años ya estaba en el archivo de la Guardia Civil intervenía la madre, Sofía.
Él guardaba silencio; había descubierto que callar era la mejor forma de esquivar discusiones con los familiares que lo habían criado los dos desde el nacimiento. No tenía padre reconocido, al menos oficialmente.
Se volcó de lleno en la biología; los acontecimientos a su alrededor le pasaban por alto, incluidas las chicas.
Hijo, ¿crees que vas a casarte alguna vez? ¿Tener nietos? no aguantó más su madre, Mercedes Valdivia, cuando él cumplió veintiséis años.
Mamá, cada cosa a su tiempo le respondió con un gesto despreocupado.
Tenía un proyecto tan interesante en el Instituto de Investigación que todos los colegas estaban pendientes de él, sin tiempo para romances.
Mercedes suspiraba, pensando en lo guapo e inteligente que era su hijo, aunque le faltaba sociabilidad.
Un año después, sorprendió a su madre al presentar a la novia.
Mamá, ésta es mi prometida. Nos casamos en un mes dijo Arcadio, sin titubeos.
Muy bien Pasad, a presentarnos.
Nadie había mencionado antes que estaba saliendo con alguien, mucho menos que el matrimonio estaba ya en los papeles del Registro Civil.
La novia, Diana, no causó buena impresión: delgada, el pelo despeinado con mechas negras y azules, un anillo en la nariz y un tatuaje en la muñeca; además, apenas tenía veintitrés años.
Resultó que Diana trabajaba de camarera en el café donde Arcadio celebraba el éxito de su proyecto. Mercedes, al verla, sintió compasión por su difícil historia padres fallecidos, una vivienda arrebatada por un pariente lejano, hambre y periplos por la vida y hasta la llegó a querer.
Los jóvenes se instalaron en el piso de Mercedes y vivieron con una armonía casi onírica: ninguna de las dos mujeres se peinaba la cocina en una disputa. Diana, poco interesada en las tareas domésticas, ayudaba a su suegra cuando ésta lo pedía.
Arcadio, como siempre, no se preocupaba mucho por comer o vestirse, pero Mercedes se encargaba de que todo estuviera en su sitio. La idílica convivencia duró medio año, hasta que Diana desapareció sin dejar rastro.
Nada se perdió en la casa: sus pocas pertenencias seguían allí, solo su móvil quedó fuera de cobertura. Arcadio, desconcertado, dejó de ir al trabajo dos días, buscando a su esposa entre conocidos, llamando a hospitales y morgues, y finalmente presentó una denuncia en la policía.
Diana había quedado como una gota en el agua. Un mes después reapareció.
Perdóname, Arcadito sonrió tímida al cruzar el umbral y a ti también, tía Soletilla. He pasado por un período duro necesitaba estar sola.
Arcadio la abrazó, y Mercedes la observó con la mirada fija, sin notar ni una gota de sangre ni signos de abuso. Quizá realmente había estado descansando. Lo importante era que su hijo volvía a ser feliz.
Otro mes más tarde, se supo que Diana estaba embarazada. Mercedes se alegró más que Arcadio, que seguía absorto en su proyecto.
Durante los meses siguientes, la relación entre Diana y Mercedes se estrechó. Diana seguía los consejos de su suegra al pie de la letra, comía bien, paseaba y asistía al médico con regularidad.
Al final del embarazo, Diana se quedó en observación y dio a luz unos días antes de la fecha prevista.
La niña, que pesó menos de tres kilos, presentó problemas de salud y pasó dos semanas en la neonatología. Mercedes la cuidó con esmero, y a los tres meses Sofía ya corría como cualquiera de su edad.
¿Quién se encargó de la bebé? Después del parto, Diana volvió a desaparecer, dejando todo como estaba: sus pertenencias intactas, el certificado de nacimiento en la mesa y su pasaporte desaparecido junto a ella.
Esta vez, madre e hijo no se lanzaron de inmediato a buscarla. Mercedes sabía que quizá volvería pronto; Arcadio tenía mucho trabajo y, sobre todo, necesitaba atender a su nieta.
Incluso tramitaron un permiso de paternidad para la abuela y recibieron una ayuda de 500 euros del Servicio Público de Empleo, dinero que no hacía daño.
A Mercedes le encantaba cuidar de Sofía; nunca lo confesó, pero le daba una satisfacción profunda.
Mamá, ¡pareces rejuvenecer! notó Arcadio, observando los cambios en su aspecto y actitud.
Claro que sí, ahora soy madre otra vez respondió ella, sonriendo.
Nadie se quejaba de la nuera; ¡Dios nos libre! le decía a los curiosos, asegurando que Diana simplemente se había marchado. No hubo denuncia a la policía, pues la huida de la nuera se había convertido en un rumor.
Pasaron más de cuatro años sin saber nada de Diana, cuando de pronto volvió.
Tía Soletilla, ya no tengo adónde ir volvió a sollozar con la misma amargura. Perdonadme, no lo volveré a hacer.
De nuevo la recibieron, aunque Arcadio no estaba muy contento. Ella seguía siendo la madre de Sofía, una huérfana sin refugio.
La niña la evitaba y llamaba a Mercedes mamá.
En menos de un mes, Diana anunció que estaba embarazada otra vez.
¡No puede ser! exclamó Arcadio. ¡Ya teníamos un hijo que no era nuestro!
Hijo, ¿qué te parece? replicó la madre, desconcertada.
Mamá, ¡hace tiempo que Diana y yo no somos marido y mujer! En todo el sentido la interrumpió él. Y además, pienso casarme de nuevo, pero debemos acabar este lío.
Arcadio volvió a pensar en el matrimonio y Mercedes, absorta en los cuidados de Sofía, no estaba al tanto de sus planes amorosos.
Diana, entre lágrimas, suplicó que le permitieran quedarse al menos hasta el parto. Arcadio aceptó a regañadientes, con la ayuda de Mercedes, que temía perder a su nieta; si la nuera se marchaba, se la llevarían.
¿Cómo vamos a divorciarnos ahora? se preguntó Arcadio. ¿Por qué no lo pensé antes?
Trataré de convencer a Diana de que se divorcie prometió Mercedes, rezando en silencio para que todo se resolviera sin llegar a la ruptura.
Además, mamá continuó Arcadio, pensativo creo que Sofía quizá no sea mi hija Tengo que comprobarlo.
Mercedes se quedó boquiabierta; jamás había imaginado que la paternidad de su nieta pudiera estar en duda.
Arcadio realizó la prueba de ADN.
¡Lo sabía! gritó, mostrando el documento a su madre, mientras soltaba un improperio.
¡Hijo, eso no se hace! protestó ella.
Se puede, mamá, se puede. ¿Acaso no sospechabas que Sofía no era tu nieta? ¡Eres una mujer! la interrumpió con furia.
¡Y tú, biología, también podrías haber pensado en ello! replicó Mercedes, alzando la voz. ¡No me digas que mi nieta no es mía! ¡Tal vez sea la persona más cercana que tengo! y estalló en llanto.
Arcadio la miró desconcertado y no continuó la discusión.
Diana, en la sexta semana de gestación, volvió a estar en observación. Sólo dos semanas después pudo hablar con Arcadio.
No estaba segura dijo con los ojos llenos de lágrimas pero sé que nunca encontraré al verdadero padre de Sofía.
¡Exacto! murmuró él. No pienso ser el padre de un hijo ajeno.
Así lo hizo. Sofía dejó de ser oficialmente su hija, pero Mercedes, ya decidida, presentó los papeles para obtener la tutela de la niña.
Diana no se opuso y aceptó el divorcio de inmediato. Resultó que no quería criar a la segunda hija; la dejó en la maternidad y desapareció sin dejar pista, facilitando a su exsuegra la pérdida de los derechos parentales.
Arcadio se casó con Marta y se mudó de la vivienda; ahora apenas habla con su madre.
En ese sueño extraño, las paredes de la casa se fundían con la niebla, los relojes marcaban horas que no existían y los pasos resonaban como susurros de otro tiempo.







