La infidelidad: ¿un motivo para el divorcio?

¿Qué? Begoña casi deja caer la taza. ¿Una infidelidad no es motivo de divorcio? ¿Estás en serio?

Más que eso responde Marina, tan tranquila como si no estuviera hablando de su propio matrimonio.

¡Él te ha traicionado!

Vamos, sonríe cansada mientras remueve su café con la cuchara. Nosotros nos traicionamos mucho antes.

Begoña frunce el ceño y se inclina un poco más.

¿Lo dices ahora para mostrarse fuerte?

No levanta Marina la mirada; no hay ira ni lágrimas, solo agotamiento. Simplemente estoy harta de fingir que tenemos una familia.

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Una breve pausa.

Espera baja el tono Begoña. ¿Entonces consideras que la infidelidad es una nimiedad?

Claro que no sacude Marina la mano. Pero no es lo principal. Lo esencial es lo que hubo antes y lo que surgió después.

Aparta la taza como quien quita un obstáculo entre ellas.

¿Quieres que te cuente? Promete no interrumpirme.

Adelante Begoña arrastra la silla más cerca. Te escucho

***

Marina suspira.

Verás, éramos una pareja corriente. Nos conocimos, nos casamos, tuvimos niños, la hipoteca, reformas una carrera sin fin y el ruido diario.

Y de repente comprendí que, aunque vivíamos bajo el mismo techo, ya no vivíamos juntos.

Se ríe, breve y sin alegría.

Andrés siempre estaba insatisfecho con todo. Sabes, hay gente así No hacen nada malo, pero su presencia resulta fría. Ni siquiera hablan y tú sientes siempre culpa, como si no valieras nada.

Begoña asiente; le suena demasiado familiar.

Empezó a retrasarse en el trabajo, a veces hasta la madrugada Marina mira por la ventana. Yo no preguntaba nada. Soy adulta, entendía que si un hombre quiere ocultar algo, lo ocultará; si quiere irse, se irá. Y si no se va, probablemente está conforme.

Yo, él, la otra. Me sentía superflua, cansada de ser la sombra.

Una leve estremecimiento recorre a Marina al recordar.

Entonces se detiene un segundo. Sucedió aquel viaje del que debes acordarte.

Lo recuerdo. Decías que te ahogabas en tu propio piso, en ese silencio insoportable, en los reproches eternos Necesitabas un cambio.

Exacto. Y me fui

Mar del Plata, el mar, el ruido de las olas, el sol. Como si hubiera aterrizado en otro planeta.

Y de pronto volvió la sonrisa, sin razón. Porque aparecía alguien que me escuchaba, sin presiones ni culpas. Simple, corriente, sin romance, pero cálido. Y eso bastó.

Begoña frunce el ceño.

Pero sabías que era

Lo sabía responde Marina sin rubor, pero en ese momento, por primera vez en años, me sentí viva, deseada. ¿Sabes lo peor? No fue la infidelidad, sino que en casa nadie notó que había vuelto cambiada.

Golpea la mesa con los dedos, marcando un ritmo.

Después Andrés encontró nuestros mensajes. Por casualidad ¿cómo por casualidad? suelta una sonrisa torcida. Siempre supo buscar lo que quería.

¿Y qué pasó?

Gritos. Acusaciones. Maletas. Salidas. Regresos. Nuevos gritos. Nuevas culpas. Y la frase que jamás olvidaré.

Marina imita, con voz áspera de hombre: Soy hombre, me vale. Y tú no puedo mirarte ni perdonarte.

Begoña exhala despacio.

Qué asco.

Pues Marina encoge los hombros yo tampoco soy un ángel. Al final, los dos nos agotamos tanto que ya no nos quedó energía para vivir juntos. Así que la infidelidad no es la causa, Begoña, es el síntoma, la gota final.

¿Y después? pregunta Begoña tras una pausa.

Un tiempo después, dándonos cuenta de que no podíamos seguir bajo el mismo techo, él anunció que pedirá el divorcio.

¿Te asustó?

No sentí nada. Lo miré y comprendí que era simplemente el cierre de un capítulo, lógico y necesario.

Los niños, por cierto, lo tomaron con madurez. Nada de berrinches ni rebeldías.

¿Lo soltaste? ¿Así, sin más?

Claro Marina sonríe serenamente ¿Para qué aferrar a quien ya se ha ido? No salió de la casa, Begoña, salió de nosotros

Begoña guarda silencio.

Marina continúa:

Lo curioso es que, tras su marcha, la casa se volvió tranquila, ligera. Como si alguien hubiera quitado de mi espalda una mochila enorme que llevaba diez años sin descanso. Por eso digo: la infidelidad no es motivo de divorcio.

Entonces, ¿qué sí lo es? pregunta Begoña.

Marina la mira directamente a los ojos.

Cuando vives con alguien y te sientes sola durante años, cuando ya no existes en su mundo, cuando estar con él es peor que estar sola. Eso sí es motivo.

Se recuesta en el respaldo de la silla.

La infidelidad es sólo un punto que otro pone en tu lugar.

Begoña se lanza hacia adelante.

¡Marina! ¿En serio? golpea la mesa con la mano No estoy de acuerdo. Conozco a muchísimas personas que han pasado por esto. Algunos se divorcian, otros perdonan pero ninguno, te digo, nunca ha justificado la traición. Es una barbaridad, duele y humilla. ¿Cómo puedes decirlo?

Marina responde con calma al reproche:

Begoña, no estoy justificando a nadie. Sólo dejé de mentirme a mí misma y afirmo: la infidelidad no es un puñal en la espalda, es el último escalón que la gente sube, día a día, hora a hora, juntos. ¿Me entiendes?

Begoña se queda muda y Marina, en voz baja, añade:

Y, ¿sabes? Quien suele engañar es quien primero perdió la esperanza. Quien se esforzaba, aguantaba, salvaba y al final se quebró.

Así que no siempre el traidor es el que se vuelve a otro lado. A veces el traidor es quien estuvo a tu lado pero ya te había abandonado hace tiempo. Cuéntaselo a tus conocidos; quizá por fin comprendan lo que les ha ocurrido.

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La infidelidad: ¿un motivo para el divorcio?
Jamás habría imaginado acabar sus días en una residencia: Es al caer la tarde cuando uno descubre la calidad de la educación dada a sus hijos Un padre de tres hijos jamás pensó terminar sus días en una residencia de mayores en un pequeño pueblo gallego llamado Santiago, solo para descubrir, al atardecer de su vida, si realmente educó bien a sus hijos. Luis Martín contemplaba a través de la ventana de su nueva vivienda —una residencia de mayores en Santiago de Compostela— y le costaba creer que la vida le hubiera llevado allí. La lluvia caía mansa, tiñendo las calles de gris, mientras en su alma reinaba una fría soledad. Él, padre de tres hijos, nunca imaginó una vejez solitaria entre muros ajenos. En otro tiempo, su vida rebosaba de luz: una casa cálida en el centro, una esposa amorosa, Elisa, tres hijos maravillosos, risas y holgura. Fue ingeniero en una fábrica, tenía coche, un buen piso y, sobre todo, una familia de la que se sentía orgulloso. Pero todo aquello le parecía ya un recuerdo lejano. Luis y Elisa criaron a un hijo, Teo, y dos hijas, Carmen y Laura. Su hogar era un refugio de alegría, abierto a vecinos, amigos y colegas. Dieron todo a sus hijos: educación, amor y fe en la bondad. Pero hace años Elisa se fue, dejando a Luis una herida que no cerraba. Esperaba que sus hijos fueran su apoyo, pero el tiempo le mostró cuán equivocado estaba. Años después, Luis se volvió invisible para sus hijos. Teo, el mayor, se había ido a Madrid hacía una década. Allí se casó, formó familia y se convirtió en arquitecto famoso. Una vez al año escribía, a veces venía, pero últimamente ni llamaba. “El trabajo, papá, ya sabes”, decía, y Luis asentía, disimulando su tristeza. Sus hijas vivían cerca, en Santiago, pero sus vidas giraban alrededor del trabajo y las obligaciones. Carmen, casada y con dos hijos, y Laura, absorbida por su carrera, llamaban una vez al mes o pasaban fugazmente: “Papá, perdona, todo va corriendo.” Luis observaba desde la ventana a la gente llevándose cestas y regalos a casa. Era 23 de diciembre. Mañana sería Nochebuena y su cumpleaños. El primero que pasaría solo, sin felicitaciones ni palabras tiernas. “Ya no soy nadie”, murmuró cerrando los ojos. Recordaba a Elisa decorando la casa en Navidad, las carcajadas de los niños abriendo sus regalos, cuando su hogar rebosaba vida. Ahora el silencio pesaba y la melancolía le apretaba el corazón. Reflexionó: “¿En qué fallé? Elisa y yo dimos todo y, ahora, soy como una maleta olvidada.” A la mañana siguiente, la residencia se llenó de movimiento. Hijos y nietos venían a buscar a sus mayores, trayendo dulces y risas. Luis, sentado en su cuarto, miraba una vieja foto familiar. De repente, una llamada a la puerta. Sobresaltado, respondió: “¡Adelante!” “¡Feliz Navidad, papá! ¡Y feliz cumpleaños!” Una voz le devolvió la emoción de antaño. En la entrada estaba Teo, alto, ya con canas, pero la misma sonrisa. Corrió a abrazar a su padre, que no podía creerlo. Las lágrimas brotaron, se le anudó la voz. “Teo… ¿De verdad eres tú?”, susurró Luis temiendo soñar. “Claro, papá. Llegué ayer, quería sorprenderte”, contestó su hijo, cogiéndole los hombros. “¿Por qué no me avisaste de que tus hermanas te habían traído aquí? Yo te enviaba dinero todos los meses… ¡No lo sabía!” Luis bajó la mirada. No quería crear problemas, pero Teo insistía. “Papá, haz la maleta. Esta noche nos vamos en tren. Te llevo conmigo. Viviremos juntos en Madrid. Nos alojaremos primero con los padres de Lucía y luego arreglamos los papeles.” “¿Dónde, hijo mío? ¿Madrid? Soy demasiado mayor…”, balbuceó Luis. “¡No eres viejo, papá! Lucía te espera y nuestra hija, Sofía, sueña con conocer a su abuelo.” Teo hablaba con tal certeza que Luis empezó a creer en un nuevo comienzo. “Teo… No me lo creo… Es demasiado…”, murmuró el anciano, secando lágrimas. “Basta, papá, no mereces esta soledad. Prepara tus cosas, volvemos a casa.” Los demás ancianos comentaron: “Qué hijo tiene don Luis. ¡Eso es un hombre!” Teo ayudó a su padre a empaquetar las pocas pertenencias y esa misma noche partieron. En Madrid, Luis empezó una vida nueva: rodeado de cariño, bajo el sol, volvió a sentirse útil. Dicen que uno solo sabe si fue buen padre cuando llega la vejez. Luis comprendió entonces que su hijo era el hombre que siempre soñó. Y fue el mejor regalo de su vida.