Por mucho que le he pedido a mi suegra que no me visite tan tarde, no me ha hecho caso.

Desde la última vez que le rogué a Mercedes, mi suegra, que no llegara a nuestra casa cuando ya era tarde, no ha dejado de ignorar mis súplicas. Por alguna extraña razón ella se cree con derecho a aparecer sin avisar en nuestro hogar. Mi hijo, Luis, tiene apenas un año. Le he impuesto una rutina estricta; si no se queda dormido a eso de las ocho de la noche, prefiero no acostarlo y pasar dos horas de tortura interminable.

Hablar con Mercedes no sirve de nada. Por mucho que le pida que no venga tan intempestivamente, no me escucha. No entiende que visitar a su nieto de un año a esas horas es una pésima idea.

Yo trabajo hasta tarde dice ella. Vengo media hora, juego con el bebé, le saco una sonrisa, lo agito, y después paso la mitad de la noche tratando de acostarlo. Cuando se despierta, llora sin cesar.

¿Qué hacer?

Esta noche había empezado a acostar a Luis como de costumbre. Mi marido, Antonio, y yo ya habíamos elegido una película para ver en la tele. De pronto, el timbre resonó. Antonio abrió y allí estaba Mercedes, con su bolso y una sonrisa forzada.

Describir mis sentimientos resulta complicado. El enojo me invadía. Luis estaba en plena fase de dentición y se movía inquieto; cada minuto de silencio era oro. Intenté calmarme. Uno debe mantener la compostura, sobre todo cuando se trata de la madre de tu esposo.

Fingí una punzada de dolor, me llevé la mano a la mejilla y solté un grito:

¡Llegas en el peor momento! Me duele la muela, no lo soporto. No puedo ir sola al dentista. Quédate un rato con el niño y después nos iremos.

Antonio no entendía nada. Se vistió de prisa y nos marchamos del piso.

¿Qué espectáculo te estás montando? le preguntó Antonio, desconcertado.

Al menos podremos ir a algún sitio solos. Y no te olvides de apagar el móvil le contesté, intentando no perder la cabeza.

Regresamos a casa pasada la medianoche. Mercedes tuvo que coger un taxi para volver a su apartamento. El bebé reposaba en su cuna, y por toda la habitación había pañales sucios, ropa manchada, juguetes, mordedores y sonajeros esparcidos como un caos artístico.

Mercedes lucía exhausta; el maquillaje corrido y su falda manchada de excremento. Desde entonces ha dejado de venir con tanta frecuencia y, sobre todo, de aparecer a esas horas imposibles.

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Por mucho que le he pedido a mi suegra que no me visite tan tarde, no me ha hecho caso.
El compañero de cuatro patasJuntos, cruzaron el bosque de la sierra, siguiendo el rastro de una antigua leyenda que sólo el perro parecía reconocer.