Querido diario,
Hoy me he quedado pensando en la extraña petición de mi amiga Begoña: Vivo contigo un par de meses y, a cambio, alquilo mi piso para que el ingreso extra me cubra los primeros gastos. La verdad es que, aunque suene atrevido, no puedo evitar recordar la primera vez que la conocí en el colegio de San Lorenzo, en una de esas aulas donde los niños aún creen que el recreo es el mejor momento del día.
Begoña y Leocadia eran la viva imagen del dicho dime con quién andas y te diré quién eres, pero no siempre acertaba. Begoña, bromista y aficionada a la moda, siempre lanzaba miradas coquetas desde la guardería, mientras que yo, más bien reservada y estudiosa, prefería comunicarme con gestos que con palabras. Resulta curioso cómo dos almas tan distintas lograron entablar una amistad que, aunque a veces parecía un enigma, nunca dejó de sorprender a los que nos rodeaban.
Gracias a la ayuda de Begoña, Leocadia pasó de clase en clase sin mayores problemas. Yo, por mi parte, no solo recibía su apoyo, sino que también la incluía en mis grupos de estudio y salidas, con la esperanza de que su buen trato a mi amiga me devolviera algún favor. Cuando terminó el instituto, Leocadia dejó la escuela y se metió en un centro de formación para convertirse en pintoradecoradora.
Todo cambió cuando, tras el último curso, Begoña recibió la invitación a la boda de su novio, Alejandro. El mayor objetivo de una chica es casarse bien, se reía Leocadia mientras me contaba cómo se conocieron en una fiesta de la Universidad Complutense. Yo no sentía envidia; al contrario, me alegré por ella. Yo nunca había puesto el ojo en los chicos, pues prefiero confiar en mí misma antes que en un hombre que hoy está y mañana no.
Mientras Leocadia se sumergía en la vida conyugal, yo estaba atrapada en mis estudios de Hostelería y Turismo en la Universidad Politécnica de Madrid. No deseaba tener hijos ni casarme, así que me concentré en la carrera y en el trabajo. A los treinta, ya era la mano derecha del director del hotel de cinco estrellas más famoso de la capital. Leocadia, por su parte, parecía haber encontrado su lugar como esposa y madre.
Pero una tarde fría y lluviosa de otoño borró esa ilusión. La carretera estaba resbaladiza y oscura; vestida de negro de pies a cabeza, cruzaba sin mirar el paso de peatones. Un conductor frenó demasiado tarde y, tras una hora en cuidados intensivos, Alejandro murió, dejando a Leocadia viuda y a su pequeña Violeta huérfana. Desde entonces la vida de Leocadia se volvió una larga noche.
Al principio, familiares y amigos le echaban una mano, pero tras un año el consuelo se evaporó y empezaron a preguntar ¿Cuándo volverás al trabajo?. Los padres, cansados, le dijeron que podía vivir en su casa, que se haría cargo de la niña y la criaría como suya, pues no puedes seguir con la vida de una madre soltera. Leocadia se sintió aturdida, como si le hubieran expulsado de su propio hogar.
Consigue un empleo, le dije, ¡y lo haré yo misma!. Fui a varias entrevistas, pero los puestos eran infiernos o los entrevistadores me miraban con desprecio, como si supieran que una madre con una niña de ocho años no merecía un buen sueldo. Me dijeron que, sin estudios ni experiencia, estaba condenada a trabajos mal pagados.
Al fin, surgió la idea de que trabajara como camarera en el hotel donde yo estoy. Podrías quedar en el restaurante, y con el tiempo serás jefa de sala, le propuse. El director es muy estricto y los clientes son de clase alta; nada de acosar a las camareras. Leocadia, tras pensarlo, aceptó, aunque con cierta resignación.
Al decir la palabra camarera, Leocadia la desgranó como si fuera una burla: ¿Me vas a poner a correr con bandejas entre mesas como una niña? Yo respondí que yo también había sido camarera y que entre los camareros había gente decente, siempre que se mantuviera el respeto. Ella, cabizbaja, se dirigió al vestuario y se cambió, mientras yo recordaba que, en el pasado, cuando las cosas no salían como quería, mi instinto era alejarme y luego volver a disculparme, sin importar quién había sido el culpable.
Cuando Leocadia llamó para confirmar, la conversación no empezó con disculpas, sino con una pregunta directa: ¿Sigues dispuesto a ayudarme?. A regañadientes, acepté, y le dije que el entrenamiento duraría tres días; luego podría empezar a trabajar, aunque al principio solo recibiría pedidos sencillos. El sueldo sería suficiente para cubrir los gastos básicos y, quizás, sus padres reconsideraran su postura si veían que ella hacía un esfuerzo real.
Le propuse que, una vez aprendiera el menú y conociera al equipo, podría aspirar a ser supervisora. ¿Entonces, por qué me das el puesto peor?, replicó sin rodeos. Le recordé que no podía nombrar a una gestora a alguien sin experiencia ni estudios. Ella, con la indignación de quien cree que la amistad implica favores, insistió: ¡Soy tu amiga! Deberías encontrarme un sitio cálido.
Así, me sugirió que me quedara en su piso durante un par de meses, alquilándolo para tener un ingreso extra. No podía creer la audacia de esa petición, y aunque pensé que era una broma de abril, el día estaba en pleno noviembre. Leocardia estaba convencida de que yo debía ayudarla a conseguir el trabajo que ella deseaba, sin importarle los obstáculos.
Ahora, mientras escribo estas líneas, siento que los sueños rosados se han estrellado contra la realidad. Leocardia tendrá que conformarse con un empleo modesto y sin la amistad que alguna vez nos unió. Yo, por mi parte, seguiré trabajando en el hotel, intentando equilibrar la lealtad con la necesidad de seguir adelante.
Hasta mañana.







