Tenemos dos hijos, pero solo amamos a uno.
Yo siempre supe que mis progenitores apreciaban a mi hermana, Begoña, más que a mí. Lo confirmaron cuando la hospedaron, junto a sus dos pequeños, Sofía y Lucas, en la casa de la calle Serrano, en Madrid, y me pidieron que desocupara el cuarto urgentemente, diciendo: «Con tu teletrabajo podrás permitirte un piso».
Mientras Begoña cursaba en la Universidad Complutense, sus padres la seguían como a una niña, haciéndole los trámites con la decanatura, cubriéndole cualquier ausencia en las reuniones y ahora velaban por sus hijos. A mí jamás me tendieron una mano y, sin embargo, ahora me echaban de la casa.
Mi padre, Don Antonio, repetía que, siendo hombre, debía proveerme por mis propios medios; pero, por alguna razón, el marido de Begoña, mucho mayor que yo, no tenía que hacerse cargo de la familia.
Durante la discusión sobre la mudanza, cometí la torpeza de decir que tenía el mismo derecho que mi hermana a la vivienda y que también me correspondía una parte. Entonces mi madre, Doña María, me tachó de cerdo, recordándome que ella y mi padre aún vivían allí, y Begoña añadió que yo intentaba echarla a ella y a sus niños del piso.
Legalmente no hay salida, pues sé que pronto redactarán un testamento para desheredarme.
¿Es posible que una familia se desgarre por un apartamento? Yo también soy hijo de mis padres y me tratan como a un extraño. ¿Para qué tener dos hijos, me pregunto, si al final resulto prescindible?







