EL ULTIMÁTUM DEL ESPOSO

El mandato de la casa

A Nuria le iba bien en la casa de su hija en Segovia, pero su corazón murmuraba a casa. La hija, Cayetana, le había dado una habitación limpia y lujosa, y la ventana mostraba el cielo sin límites; sin embargo, el alma de Nuria latía como un pájaro atrapado en una jaula.

Cada mañana Cayetana preguntaba: Mamá, ¿qué quieres que te prepare, una sopa de leche, un cocido o un caldo de pescado?
Y Nuria, con una sonrisa triste, respondía: Una estrella que me lleve volando de regreso a mi hogar que no prepare nada para mí. No me cuides como si estuviera enferma; esta primavera plantaré mi huerto, y los raíces perennes que guardo en el sótano echarán raíces nuevas. Y tus flores favoritas, los niños alegres, las sembraré con tanto empeño que parezca que no soy una holgazana, sino una mujer cansada que se arrastra hasta aquí; pues, ¡echa a correr, antes de que sea tarde!

Ambas estallaban en carcajadas, Cayetana con risa sonora y Nuria con una punzada en el pecho. Ríe o no, la primavera llegará, pensó, mirando el amanecer antes de que el sol se asome por el horizonte. Desde las chimeneas de los vecinos se elevaban columnas de humo, los pájaros trillaban su canto y saludaban el día con su propio idioma.

A lo lejos, Jorge llevaba la vaca al pasto; Luz, su esposa, se quejaba de que siempre volvía mojada hasta los oídos, mientras la escarcha se adhería a sus botas. Kolja martillaba sin descanso, remodelando la casa bajo el sol abrasador; mientras tanto, Manuela corría a dar de beber al ganado, limpiaba los establos y, a la orden de Nuria, debía acudir al médico para consultar su salud y regañar al yerno.

Nuria miraba a su hija y veía en su mente la calle de su pueblo natal, los rostros de sus compatriotas. No había sopa que bastara; ella anhelaba un caldo que herviese en la leña del horno, acompañado de un té de hierbas endulzado con canela. A veces, las amigas de Cayetana llegaban con dulces de mazapán, bollos de manteca y una taza de té recién colado; se ponían a reír, los caramelos se pegaban al cielo y el pan crujiente se volvía una masa en la garganta. Nuria, entre risas, decía: ¡Qué alarde con sus confites y levaduras! Pero lo que realmente buscamos es el alimento del alma, aquello que nos acompañará hasta la muerte.

Nuria recordaba la primera noche que ella y su marido, Víctor, pasaron en la casa nueva: en vez de mesa, una gran tonela de madera; en vez de sillas, taburetes improvisados; sin cortinas, sin alfombras, sólo el crujir del piso de tabla.

Era huérfana; su abuela la había criado, y cuando Víctor la pidió en matrimonio, a pesar de la edad, la empujó a casarse con un hombre acomodado. Víctor se había convertido en su deseo sin saber por qué: quizá por su belleza, quizá por su docilidad. La suegra gritaba, amenazaba con echar a su hijo del hogar con una esposa indeseada, pero Víctor se plantó firme como un toro. El padre de Víctor, cansado, se apoyaba en su bastón, satisfecho de su hijo, y un día, en un arrebato, derribó la mesa de roble y gritó: ¡Basta! No enviáis a vuestro hijo a la guerra, sino a la vida conyugal. Si los ricos no nos quitán, los pobres compartiremos el hambre.

Quitó el cinturón, agitó la mano frente a su esposa y ordenó que se preparara la vivienda, pues al día siguiente tendría que cortejar a la familia de su esposa. Así comenzaron a vivir juntos. Víctor, con dos hermanos, debía separarse legalmente del patrimonio paterno; tras vivir de los alimentos de la casa, recibieron tierras y comenzaron a edificar su propio hogar. Era fuerte, hábil y trabajaba sin temor; Anabel, su esposa, era tan amada que él movería montañas por ella. En la posguerra, los tiempos eran duros y la mujer no podía permitirse el lujo de ser mimada; Víctor siempre ayudaba con la carga, mientras Anabel, embarazada, se dirigía al prado a segar heno al final del verano.

El heno crecía entre altas juncos en charcos profundos, una hierba larga y afilada que podía cortar como una navaja. En el pueblo llamaban a esos montículos las colas. La suegra, pensando que Nuria no lograría manejar la hoz, le entregó una guadaña. Descalza, Nuria se inclinó sobre el agua y, con destreza, cortó la hierba, cargándola sobre su espalda para secarla. Día tras día, sus manos se llenaban de cortes, sus pies golpeaban los charcos y su espalda ardía.

Una madrugada, le dolió la cabeza, le ardían las sienes, tembló, la fiebre la inmovilizó y la barriga se sentía como una piedra. La suegra gruñó: No, no hay que seguir trabajando, mejor descansa, como si no hubiera llevado el heno con la guadaña.
Nuria no pudo levantarse; el calor la consumía, y Víctor, al colocarle la mano en la frente, exclamó: ¡Voy por el médico!

Más tarde, Víctor, sentado en el umbral, lloraba con lágrimas ardientes, culpándose por no haber protegido a su primera hija. La suegra intentó calmarlo, pero sus palabras eran más cortantes que la propia hierba: ¡Quedará otro hijo, que se recupere y nazca un niño! Aunque débil, sobrevivirá. No te lamentes; el destino lo decide, toma el almuerzo y levántate, que el heno debe llevarse en la carreta. Todo se ha trastornado, pero Nuria descansará y, en una semana, volverá a ayudar.

Víctor reflexionaba que la verdadera pena no era la condición física de su esposa, sino que no había quien segara. La suegra, sin embargo, no la dejó levantar. El bebé no llegó, y la leche se acumuló como hierro al rojo vivo sobre su pecho; la fiebre y los dolores la asaltaron como tenazas encendidas. La suegra le ajustó una faja de tela alrededor del pecho, ordenándole soportar el ardor, diciendo que la leche se quemaría así.

Nuria quería quedarse sola, clamar su dolor, lamentar la pérdida del niño y su impotencia. Miraba a la suegra con resentimiento, sintía sus manos ásperas y pensaba que, al dar el primer paso, sería hacia la abuela, pues allí no la querían. No quería ver a nadie, oír los reproches, observar sus caras; todo le resultaba insoportable. Víctor iba y venía entre la obra y el heno, dejando a su esposa sola. Nuria no comía, no bebía. El calor del pecho finalmente se apagó, pero la amargura de perder a su hija quedó grabada en su alma para siempre.

La suegra, siempre vigilante, decía: Para comer, hay que trabajar y abrir el apetito.

Víctor, al terminar la obra, instaló la chimenea, cristales en las ventanas y, con los pocos enseres que tenían, se mudó con su esposa a una nueva casa. La abuela entregó su vaca, una docena de gallinas y un lechoncito; el padre, desde la ribera, trajo harina, trigo y, con severidad, le dijo: Hijo, no guardes rencor contra tu madre; ella es trabajadora, no conoce la lástima, su prioridad es el trabajo y que todo arda en sus manos; desea tu bien, aunque te grite y no te acompañe.

Dos años después, Nuria dio a luz a un varón, y cada año tres hijas: Ana, Lucía y Marta. Todo iba bien con Vídeo; las dificultades se sufrían en silencio. No había visitas, aunque el suegro llegaba con regalos, y los nietos corrían a buscar al abuelo.

Los niños crecían y ayudaban en la finca. Nuria observaba los muebles lujosos de los apartamentos de sus hijos y recordaba la cama de madera donde ella y Víctor habían dormido, las primeras cortinas que colgaban, los primeros suelos de baldosas, los cuadros de flores que bordaba, tan vivos como si fueran reales. Rememoraba la primera televisión, el aparador, el sofá, el armario y la cómoda.

En la familia reinaba el respeto: a los mayores se honraba, a los menores no se ofendía; los padres se escuchaban desde la primera palabra, y los niños recibían amor y ternura. La educación tenía prioridad, y al terminar la escuela, todos se matriculaban según su vocación.

Al caer la noche, Víctor y Nuria, tras terminar sus quehaceres, salían al jardín y se sentaban en el banco para descansar. El jardín, espléndido, con flores radiantes, parecía acompañar sus recuerdos. Cada manzano llevaba el nombre de un hijo: Irene, dulce; Nadia, firme; Sergio, que al principio se percibe agrio y luego revela su dulzura; Natalia, que no muerde al primer bocado.

Al evocar a sus hijos, volvía a su juventud; Nuria recordaba a su primera hija y se imaginaba cómo sería ahora. Víctor pedía perdón y se justificaba: Fueron tiempos duros, inhumanos. Nosotros, los hombres torpes, creíamos que si la mujer trabajaba al mismo nivel que el hombre, todo estaba bien. Tú caminaste a mi lado, sin quejarte, y yo, como un tonto, lo tomé por sentado. Cuando perdimos a la niña, analicé todo y sentí una vergüenza enorme. La compasión y el cuidado que no te di, ahora los daré a nuestras hijas.

Con el tiempo, los hijos fundaron sus propias familias, visitaban cada vez menos. Víctor envejeció, se encorvó y enfermó con frecuencia. Un día habló de que, cuando él partiera, Nuria no debería precipitarse a ir a casa de los hijos. Las paredes, el jardín y la tierra son vivas, con alma; aunque no hablen, su calor permanece. Cuando salgas al jardín, los manzanos te saludarán, han visto tu vida desde joven hasta anciano; si te vas, se marchitarán, pero tú también; juntos seguiréis siendo un todo indivisible. Le recordó que ella era la dueña de su hogar, la señora de su casa. Nuestros hijos son amables, pero tú debes seguir reinando en tu alcoba; cuando la debilidad llegue, comprenderás que es hora de marchar, pero hasta entonces, mantente firme.

Nuria, como sacudida, gritó: ¡Llévenme a casa! Si no, iré a pie; no puedo, hija, no puedo, caigo en tu cama blanda y me congela; tragando, siento un nudo en la garganta, me seco; no me carguéis con culpas, por favor.

La noticia corrió rápido: Nuria había vuelto a su pueblo; sus amigas llegaron con bizcochos y caramelos, bailando al compás de la alegría. El jardín la recibió con los primeros brotes, susurrando, sonriendo. Las viejas paredes la abrazaron, la chimenea, que antes crujía en reproche, ahora se infló de felicidad, se ruborizó y la cubrió con su calor.

Los hijos llamaban cada día; al contestar escuchaban: Gracias por su cuidado, ahora queremos cuidar de la casa y del huerto. ¡Un fuerte abrazo y nuestro saludo!

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