El encantador Egor y sus aventuras

Querido diario,

Hoy ha sido uno de esos días que se quedan grabados en la memoria. La guardería de la calle Gran Vía estaba más vacía de lo habitual; los demás niños ya habían sido recogidos por sus padres y solo quedó conmigo el pequeño Evaristo. Jugaba calladito con su cochecito de juguete en el rincón, mientras yo miraba impaciente el reloj colgado de la pared. Evaristo suspiró con fuerza, dirigió la mirada al tenue resplandor de la ventana y después a la puerta.

Don Manuel, vi un perro grande junto a la verja esta mañana dijo con voz temblorosa. Tal vez sigue allí. Mi madre tiene miedo de entrar. ¿Podríamos ir y ahuyentarlo?

No hay perro, no te inventes cosas contesté, intentando calmarlo. Voy a marcar de nuevo a su mamá.

Cogí el móvil y marqué el número de la madre de Evaristo. El silencio del otro lado me hizo temblar el corazón; nadie contestaba. Miré el reloj de nuevo y pensé: «Seguramente habrá ocurrido algo. Nunca me ha pasado nada parecido. El padre de Evaristo está ausente y su madre siempre ha sido muy responsable. Si se retrasara, habría llamado.»

Evaristo, vamos a ponernos el uniforme. Ven, vamos a mi casa a pasar la tarde le dije.

¿Mamá? se sobresaltó el niño. ¿Vendrá ella? ¿Y nosotros?

Le dejaremos una nota propuse. Le escribiré la dirección y el teléfono, y ella vendrá. Además, mi gato está hambriento.

¿Tiene gato? ¿De verdad? exclamó Evaristo, con la ilusión brillando en los ojos. ¿Podré jugar con él?

Claro, vamos.

Mi piso en el centro de Madrid le pareció a Evaristo un refugio cálido y acogedor. El aroma a empanada de manzana llenaba el aire. Un gato grande, perezoso y rojizo llamado Gordo se dejó acariciar sin quejarse y toleró con paciencia las travesuras del chico. Después de un té con leche, el pequeño se quedó dormido en el sofá.

Con delicadeza lo acomodé en la cama y, con el móvil en mano, me dirigí a la cocina. Tras horas de conversación con la policía y con la oficina de accidentes, descubrí que una joven había sido ingresada en el Hospital Universitario La Paz con graves lesiones tras un accidente de tráfico. La mujer estaba inconsciente.

Cuando recobre el sentido, por favor dígale que su hijo está a salvo con nosotros. Que no se preocupe, que la visitaremos le pedí al operario.

Al volver a la habitación, Evaristo estaba sentado en la cama, con los ojos hinchados por el llanto.

¿Dónde está mi mamá? sollozó. Quiero volver a casa, a mi mamá. No quiero quedarme aquí. En casa mi mamá llora, mi camita también llora, todos mis juguetes me esperan. Vamos a casa, quiero a mi mamá.

Cálmate, pequeñín intenté tranquilizarlo. Tu madre está en el trabajo. No te aflijas. Aquí estás a salvo, yo te quiero y Gordo también.

No, ella me está esperando continuó entre lágrimas. No puedo estar sin ella. Miró a Gordo y preguntó tímido. ¿Mi mamá se ha ido al cielo?

No, Evaristo, no se ha ido le respondí, tomando su mano. ¿Por qué lo preguntas?

Papá se fue al cielo hace tiempo, y la abuela también dijo, reflexionando. Ahora ellos me vigilan desde allí. Cuando me porto bien, se alegran. ¿Y si mamá también se va al cielo?

Lo abracé con ternura, y él apoyó su cabeza en mi hombro, confiado.

No te preocupes, tu madre es fuerte. Mañana nos levantaremos temprano y iremos a verla. No está trabajando, está hospitalizada. Se ha enfermado la garganta y le duemos un poco de leche tibia con miel. Todo mejorará y tú volverás a casa con ella.

¿Le llevamos leche tibia con miel? preguntó emocionado.

Claro que sí. Ahora descansa, cierra los ojos, que te contaré un cuento.

En medio de la conversación, Evaristo, curioso como siempre, me preguntó:

Don Manuel, ¿por qué vive solo?

La pregunta me tomó por sorpresa y, sin poder contener la emoción, derramé una lágrima.

Tenía un hijo y un marido. Un día se fueron a la finca, yo me quedé en casa para limpiar, y ocurrió el accidente. Ahora sólo vivimos Gordo y yo. Lamento no haber estado allí cuando todo pasó.

¿Se fueron al cielo? insistió Evaristo.

Sí, al cielo suspiré.

Don Manuel, no llore intervino él. Ellos nos miran desde allí. Cuando ustedes se alegran, ellos también se alegran; cuando lloran, ellos también lloran. Mi madre me lo dijo. No los entristezcamos. Mantengamos la alegría juntos.

Secé mis lágrimas, lo abracé y le di un beso en la frente.

Vamos a dormir, mañana nos levantaremos temprano. Quiero que te quedes aquí un tiempo mientras tu madre está en el hospital. Con Gordo será más divertido. ¿Estás de acuerdo?

De acuerdo asintió Evaristo. Yo ayudaré con los platos. ¿Puedo llamarla abuela? No en el cole, solo aquí.

Puedes, Evaristo. Buenas noches.

Pasé la noche mirando por la ventana, secando mis lágrimas mientras él dormía en la cama de invitados. Los años pasaron y hoy, al despertar temprano, sentí el aroma de los croissants recién horneados que salían de la cocina.

Abuela, ¿qué haces levantándote tan temprano? le pregunté, dándole un beso en la mejilla.

No podía dormir. Pensé que tú y tu madre se despertarían y encontrarían mis croissants. Son un motivo de alegría para ambos. Siéntate, te sirvo leche. Y cuando llegue el momento, descansaré en el cielo, como siempre.

Hoy he comprendido que, aun cuando la vida nos dé golpes inesperados, la solidaridad y el cariño pueden llenar los vacíos que deja la ausencia. No dejemos que el llanto nos consuma; mejor ofrezcamos una mano amiga y un abrazo cálido. Esa es la lección que me llevo de este día.

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El encantador Egor y sus aventuras
Tengo 50 años y hace un año mi mujer se marchó de casa con los niños. Se fue mientras yo no estaba y cuando regresé, no quedaba nadie. Hace unas semanas recibí la notificación: solicitud de pensión alimenticia. Desde entonces me lo descuentan automáticamente de la nómina. No tengo elección. No puedo negociar. No puedo retrasarme. El dinero sale directo. No voy a fingir ser un santo: he sido infiel. Varias veces. Nunca lo oculté del todo, pero nunca lo reconocí directamente. Ella me decía que exageraba, que veía cosas donde no las había. También tenía mal carácter. Gritaba. Perdía los nervios fácilmente. En casa se hacía lo que yo decía, cuando yo lo decía. Si algo no me gustaba, se notaba enseguida en mi voz. A veces tiraba objetos. Nunca les pegué, pero los asusté muchas veces. Mis hijos me tenían miedo. Lo entendí tarde. Cuando llegaba del trabajo, se quedaban en silencio. Si alzaba la voz, se encerraban en su habitación. Mi mujer andaba con cuidado, pesando cada palabra, evitando discusiones. Yo pensaba que era respeto. Hoy sé que era miedo. En ese momento no me preocupaba. Me sentía el que trae el dinero, el que manda, el que pone las normas. Cuando decidió irse, me sentí traicionado. Creía que se rebelaba. Y ahí cometí otro error: decidí no pasarle dinero. No porque no lo tuviera, sino como castigo. Pensé que así volvería. Que se cansaría. Que se daría cuenta de que no podía vivir sin mí. Le dije que si quería dinero, que volviera a casa. Que no mantendría a nadie que viviera lejos de mí. Pero no volvió. Fue directamente a un abogado. Pidió la pensión y presentó todo: ingresos, gastos, pruebas. Mucho más rápido de lo que pensaba, el juez decretó el embargo automático. Desde ese día veo mi sueldo “recortado”. No puedo esconder nada. No puedo escaparme. El dinero desaparece antes de tenerlo. Hoy no tengo mujer. No tengo a mis hijos en casa. Los veo poco y siempre distantes. No me cuentan nada. No soy bienvenido. Económicamente estoy más apretado que nunca. Pago alquiler, pensión, deudas, y me queda casi nada. A veces me enfado, otras me da vergüenza. Mi hermana me ha dicho que esto me lo he buscado yo solo.