Carmen se acomodó en el asiento trasero y, al intentar poner a su hijo allí, descubrió que ya no cabía.
Mi marido, Luis, los niños y yo estábamos de vacaciones fuera de España. Un día, sin que nos lo esperáramos, nos topamos con una historia bastante incómoda.
Habíamos reservado una excursión que incluía la visita a varios lugares peculiares, inaccesibles a pie. Decidimos dedicarle un día completo del viaje.
Compramos cuatro billetes, así cada uno tendría su propio asiento. Cuando subió al autobús una mujer corpulenta con su bebé, ambos de corpulencia similar, tuvieron que colarse entre las filas. La señora se sentó en la última fila y, al intentar colocar a su hijo, vio que el asiento estaba demasiado estrecho. Se levantó de golpe y empezó a buscar otro sitio libre para el niño.
Miró a nuestros hijos, todos delgados, y decidió poner a su pequeño junto a ellos.
Luis intervino y le dijo que habíamos pagado esos asientos, por lo que no había necesidad de apretar a los niños. La mujer no cedió, e incluso empezó a discutir con el guía turístico.
Argumentaba que teníamos la obligación de mezclarnos con los demás pasajeros. ¿Por qué? Llegó a sugerir que abandonáramos la excursión y devolviéramos las entradas. Otros turistas se sumaron a la conversación, llamándonos selfies en tono de burla.
Al final, los niños se pusieron en pie para poder seguir adelante, mientras el conductor esperó a que se resolviera el altercado. La atmósfera quedó totalmente arruinada.
Me quedé pensando: ¿teníamos la razón? ¿Cómo podía obligar a mis hijos a viajar apretujados cuando les había comprado los billetes? ¿Qué opináis vosotros?







