Michi se metió entre los arbustos detrás del banco, se encogió en una bolita y tembló. Lloró, lloró de miedo y de soledad.
La nieve caía sin tregua ya lleva tres días, densa y pesada como si no tuviese fin. Michi aún recordaba que una vez tuvo nombre, que conocía el sabor de la leche tibia y el roce de las manos tiernas de la abuela Carmen.
Cuando era un gatito recién nacido, la abuela Carmen lo encontró dentro de una caja de cartón detrás de la tienda. Con un suspiro, trepó el bajo cercado, se abrió paso entre los arbustos y levantó la caja de la que se oía un tenue y triste maullido.
¡Ay, qué desventura! se lamentó el abuelo José, al asomar la cabeza. ¿Quién te dejó aquí, pequeñín? ¿Qué le has hecho?
Quitándose del cuello el viejo pañuelo de seda, la abuela Carmen envolvió al diminuto y sin nombre gatito. Al principio pensó que era una gatita tricolor, pero al llevarlo a casa descubrió que era un gato, pequeño pero muy vivo.
Pues bien, te llamarás Michi le dijo, y se puso a calentar la leche.
Así, Michi se convirtió en un gato domesticado y consentido, sombra inseparable de su dueña. Le seguía a todas partes, vigilaba como un perro y se inquietaba especialmente cuando percibía el latido del corazón de su dueña.
Un año y medio después, la desgracia llegó: la abuela Carmen fue llevada por un coche blanco y no volvió a casa. La vecina siguió alimentando a Michi durante un tiempo, pero pronto nuevos parientes se mudaron al hogar. A ellos no les agradó el gato.
¡Qué se les vaya a la porra! soltaron, y dejaron a Michi al frío.
Al gato le dio miedo el hielo y la soledad. Nunca había vivido en la calle; todo le resultaba ajeno: las hojas crujían bajo sus patas, los ruidos lo sobresaltaban. Corrió sin mirar a dónde iba.
Un aroma delicioso lo detuvo. Frente a él había un kiosco que vendía croquetas. El estómago de Michi rugió de hambre y se acercó tímido.
¿Qué pasa, pequeño, tienes hambre? sonrió la dependienta. Acércate, te echo un trozo.
Así vivió el gato: comía los restos de croquetas, bebía leche de un vaso de plástico y se dormía en una caja de pollo.
Un día, el kiosco fue demolido con una grúa. Michi se agitó, intentando comprender a dónde había desaparecido la mujer que lo había alimentado durante semanas.
Entonces corrió a los arbustos tras el banco, se enroscó en una pequeña bola temblorosa y lloró en silencio por el frío, por la soledad, por la incertidumbre de su futuro.
Se quedó dormido sin darse cuenta. En su sueño volvió a ser un gato grande y majestuoso, posado en una alta rama, al lado de un ave blanca enorme, mitad paloma, mitad humano.
¿Qué haces aquí, Michi? preguntó el ave, desplegando sus enormes alas.
En el sueño el gato contó todo: a la abuela Carmen, al kiosco, al hambre. El ave lo escuchó hasta el final y, de pronto, desapareció.
Michi abrió los ojos y encontró una pequeña pluma blanca sobre el hocico. Pensó que era una pluma del ave, pero era una copita de nieve, helada, y la nieve alrededor seguía acumulándose.
Lloró de frío, maulló, pero nadie respondió. Sólo la nieve giraba, indiferente.
Así sobrevivía: dormía en la caja, comía nieve, pedazos de pan que lanzaban a los pájaros, se ocultaba de los perros y cada día se hacía más delgado.
La nieve seguía cayendo sin pausa, ya llevaba tres días, y los recuerdos del cálido hogar de la abuela Carmen se desvanecían poco a poco.
De repente, un ladrido resonó detrás. Michi se lanzó con todas sus fuerzas, trepó a un árbol y se quedó en la rama alta, donde volvió a dormitar.
En su sueño volvió a aparecer el ave.
¿Te cuesta mucho, Michi?
Sí, mucho frío, hambre los perros
¿Qué es lo que más deseas?
Ver a la abuela Carmen aunque sea una vez susurró el gato.
Entonces mira dijo el ave.
Y Michi la vio, viva, a su lado.
¡Mi querida! gimió él. Qué triste estoy sin ti
Hijo mío, respondió la abuela Carmen, ¡cuánto te he extrañado! Ven conmigo, mi amor
Alargó los brazos, y en ese instante el ave lo empujó suavemente del hombro, haciéndolo caer.
Bajo el árbol había dos mujeres. Una llevaba una carriola, la otra era alegre y colorida.
¡Cuidado, Amaia! exclamó la mujer con el niño, al ver al gato caer en los brazos de su amiga.
¡Mira! rió Amaia. Según el horóscopo hoy tengo felicidad del cielo. ¡No lo había tomado literalmente!
El gato abrió los ojos despacio y, con voz tenue, dijo:
Miau
Hola, mi alegría, sonrió Amaia. ¿Cómo te llamas?
Miau contestó el gato.
Yo tenía un gato llamado Michi reflexionó Lucía.
Pues lo llamaremos así decidió Amaia.
Y Michi pensó: «Así es, soy Michi», y volvió a maullar una vez más.
Salieron juntas del parque: Lucía a alimentar a su hijo, Amaia con su nuevo amigo peludo.
Michi comprendió al fin que todavía había alguien que lo esperaba, que seguía siendo querido y que, al fin, lo habían encontrado de nuevo. Así, la verdadera lección surgió: el calor del cariño nunca desaparece; basta con abrir el corazón y dejar que llegue la luz, aun cuando el invierno parezca interminable.







