No se apresuraron a amar, porque siempre han amado.

No se apresuraron a amarse, porque siempre se amaron.

Buen día saludó con voz baja y cortés el nuevo lector.

Buen día devolvió la sonrisa Begoña, tan educada como siempre.

Necesito un libro vaciló un momento, como buscando el título exacto, y después, con más seguridad, añadió ¿tenéis ese que describí? apartó la vista hacia las altas estanterías y ajustó los lentes.

Tendrá que esperar un par de minutos; está en la fila de arriba respondió Begoña, y se alejó entre los anaqueles. El cliente, mientras tanto, recorría la sala de lectura.

Era Tomás, un ingeniero tímido del departamento de arquitectura, que repasaba planos antiguos y diseñaba nuevos. Cuando la bibliotecaria volvió con el libro en la mano, le regaló una sonrisa cálida.

Begoña se sentó a su mesa y empezó a llenar la ficha. Al ver su nombre Tomás, él firmó pero, con el libro bajo el brazo, se quedó paralizado, sin saber qué decir.

Gracias se dio cuenta de repente de que no había agradecido antes.

De nada contestó ella.

Algo cambió en aquel salón: los dos se miraron en silencio, él no podía irse, ella no encontraba palabras. Pasó un tiempo que ninguno supo medir. Finalmente, Begoña fue la primera en romper el hielo.

Tomás, ¿necesita otro libro?

Eh no balbuceó él, pero, tomando valor, continuó.

Sabes mi nombre, ¿y el tuyo? Si no te importa.

Begoña respondió ella con humildad.

Vaya, Begoña un nombre bonito, muy castellano. Yo siempre lo pensé… se quedó callado. Ella percibió su timidez y lo comprendió, porque ella también se sentía así.

Gracias repitió Tomás, prometo devolver el libro intacto. Hasta luego.

No lo dudo, hasta luego respondió Begoña, cortés.

Begoña no dudó de que lo devolvería; se notaba en su modo de ser cuidadoso con los objetos. Vestía pantalón planchado, camisa impecable, corbata y traje a medida, los zapatos brillando como espejo.

Tomás salió, pero ella siguió pensando en él.

Somos como almas gemelas se dijo de pronto lo entiendo, lo siento

Luego, con una sonrisa, añadió:

¡Ay, qué raro! Nunca antes había puesto tanto ojo en un visitante.

Tomás, al salir de la biblioteca, se sentía fuera de sí.

Qué simpática Begoña, debería trabajar aquí, es su sitio. Y esa mirada no pude decirle nada, me quedé sin palabras. se recriminó. ¿Por qué soy tan tímido? Mi modestia solo me estorba. Seguro que no podré volver a trabajar con tranquilidad, no me quita Begoña de la cabeza

Después de la comida le costó concentrarse en su oficina; los planos no le salían y la imagen de Begoña le rondaba la mirada.

¿Qué es esto, una obsesión? trató de distraerse mirando los bocetos, pero

Al día siguiente, durante la pausa del almuerzo, volvió a la biblioteca bajo el pretexto de buscar otro libro, pues estaba a dos pasos de su oficina.

Buen día, Begoña él la miró, sorprendido de la cantidad de cosas que decía su mirada.

Buen día le devolvió ella una sonrisa de vieja amistad ¿Necesita otro libro?

Tomás, ruborizado, se armó de valor y confesó:

En realidad venía a verte. Me gustas mucho lo siento, perdona

Los ojos de Begoña se iluminaron; sus mejillas se sonrojaron también.

¿Por qué pedir perdón? A mí también me gustaste ayer. De hecho, dormí mal pensando en ti.

Él, aliviado, admitió:

Yo también. No he cerrado los ojos desde entonces.

Se produjo un incómodo silencio. Begoña esperaba alguna frase, él no la encontraba, pero al fin se atrevió:

Begoña, ¿puedo acompañarte a casa después del trabajo?

Claro contestó ella modestamente, con una leve sonrisa.

Desde entonces sus encuentros se convirtieron en paseos por el Retiro, donde él hablaba con entusiasmo de sus proyectos y ella comentaba sus lecturas.

Tomás, ¿sabes? Los libros son como gente, cada uno tiene su alma le dijo ella, y él no se sorprendió de la comparación; comprendía lo importante que era su trabajo para ella, que pasaba los días entre estanterías.

Llegó el otoño frío y pasaban largas horas tomando té en la cocina de Begoña, a veces mirándose en silencio y acordando sin palabras:

Nos vale estar juntos incluso en silencio

Compartían sueños y alegrías. Begoña siempre quiso visitar Venecia; leía mucho al respecto y le contaba a Tomás, quien la imaginaba navegando en góndola por los estrechos canales.

Un día, Tomás llegó a casa de Begoña en su día libre con un ramo de rosas rojas.

Esto es para ti, Begoñita. Casémonos, llevo tiempo pensando en ello ¿Aceptas?

Sí respondió ella, sin timidez, con una alegría sencilla.

La boda fue discreta, no por falta de ganas de fiesta, sino porque no tenían prisa. Su vida transcurría a buen paso, sin correr. Eran felices, agradecidos por haberse encontrado, aunque tras muchos años juntos no pudieron tener hijos.

No se desanimaron ni culparon al destino. Adoptaron un gato negro del refugio, lo llamaron Félix, compraron una casa de campo. Así siguió su rutina: trabajo, la casa, libros por la noche, charlas al calor de una infusión y el ronroneo de Félix. En el campo Tomás construía nidos de pájaros, ella tejía calcetines y cuidaba los macizos de flores. Los vecinos rara vez aparecían y murmuraban a sus espaldas:

Viven aburridos, siempre lo mismo.

Ellos nunca se aburrieron. Cada mañana Tomás hacía café en una vieja cafetera de estilo árabe, vertía el líquido en tazas bonitas; Begoña despedazaba pan para las gorriones que se posaban en la ventana. En verano pasaban más tiempo en la finca, plantando flores; en invierno, al volver, escuchaban el crujir de la leña en la chimenea. Hablaban poco ¿para qué decirlo si ya lo sabían todo?

Los años pasaron y, ya entrados en la tercera edad, siguieron amándose con la misma calma. La jubilación los acercó más a la casa del bosque, con su silencio, el canto de los pájaros y los setas de verano. Los vecinos los respetaban por su vida apacible.

Una tarde, Tomás volvió de la tienda con una botella de vino tinto y unas frutas. Begoña se sorprendió, pues nunca solían beber alcohol. Sacó dos copas del aparador, las limpió con el paño de cocina que siempre usaba cuando ella lavaba los platos, y las sirvió.

Alzó la copa y Begoña sonrió:

¿Por nosotros?

No, contestó Tomás, sacando de su bolsillo dos billetes de avión por Venecia.

Begoña se quedó helada. Siempre habían soñado con ese viaje, pero lo posponían: el trabajo, la casa, la enfermedad de Félix.

Pero ya somos viejos protestó ella.

No viejos, mayores, y por eso vamos

Tomás y Begoña se embarcaron. Disfrutaron de los estrechos canales, de la góndola bajo los puentes, rieron como adolescentes. Pasearon con sombrero de paja y cámara en mano. Una noche, cuando el sol se ocultaba en la laguna, él le volvió a confesar:

Qué feliz soy contigo, Begoñita, cuánto te adoro

Yo agradezco el día que me pediste matrimonio, sabía lo difícil que había sido para ti y gracias por cumplir mi sueño. No necesito nada más de la vida, solo seguir a tu lado.

Se rieron juntos, porque eso era lo que ambos deseaban. Así continuaron, sin prisas, viviendo su amor como siempre.

Gracias por escuchar, por seguirme y por tu apoyo. Que os vaya bien y que tengáis mucha felicidad.

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No se apresuraron a amar, porque siempre han amado.
¿Qué va a decir la gente?