La futura suegra arruina las vacaciones: cómo un viaje soñado con tu pareja y su familia al exótico Tailandia se convierte en una comedia de enredos familiares, lecciones de vida (no siempre deseadas), y una convivencia “demasiado cercana” con tu suegra española—cuando los planes cambian, las relaciones se ponen a prueba, y descubres el verdadero carácter de tus futuros suegros antes de pasar por el altar.

Ir de viaje sola con mi hija me da miedo, ya lo entiendes somos dos mujeres, no dominamos el idioma, si pasa algo dijo la futura suegra de un manotazo, sermoneando pero, con vosotros dos, ya es otra cosa. No me siento tan insegura. Además, estaremos cerca, por si acaso.

Lucía aún no imaginaba cuánto estarían cerca.

Es una faena, suspiró con resignación Lucía.

Llevaban medio año planeando aquellas vacaciones con Samuel, Violeta y Gabriel. El hermano de su futuro marido y su mujer eran la compañía perfecta: afinidad absoluta, las mismas ganas de descubrir, el mismo sentido del humor. Ya habían viajado juntos el año anterior, dos veces, y todo había sido redondo.

Pero ahora

A Lucía jamás se le habría ocurrido culpar a su cuñada; no se cae enferma una cuando quiere. Pero, ¿acaso no tenía ella derecho a estar decepcionada?

Ya no queda otra, os tocará a vosotros dos recorrer ruinas Gabriel se encogió de hombros . Yo no puedo dejar a Violeta así.

Era doloroso perder aquel viaje, y especialmente el dinero ahora ya imposible recuperar todos los euros que costaron los billetes. Pero sobre todo, era un fastidio por los planes hechos.

Esa misma noche se presentó en casa Teresa Jiménez, la madre de Samuel y Gabriel.

Sus frecuentes visitas no sorprendían a nadie; Samuel era uña y carne con su madre. Además, Teresa era, en general, una mujer afable. Como toda suegra de las de antes, lucía su colección de manías e intentaba cada tanto instruir en la vida a Lucía. Pero, comparando relatos con sus amigas, Lucía se consideraba afortunada.

Sí, Teresa solía caer en casa hasta cuatro veces en semana. Pero solo de tanto en tanto le daba por impartirle lecciones domésticas, de las que además alguna sí le había resultado útil. No, para nada la veía como un monstruo.

Así, cuando propuso viajar juntas, Lucía aceptó casi de buen grado.

La idea: que Teresa llevara también a la hija menor, Inés, comprara los billetes de Gabriel y Violeta, y se lanzara a la aventura por Tailandia junto con su hijo mayor y la futura nuera, a calentar los huesos y coleccionar nuevas vivencias.

Ir sola con mi hija me da miedo, ya lo entiendes dos mujeres, extranjero, el inglés ni por asomo, si pasa algo insistía Teresa . Pero con vosotros dos, es diferente.

Y cerca, por si acaso.

Lucía aún ignoraba hasta qué punto cerca significaba compartir hasta el aire.

Si hubiera anticipado lo que esperaba, ni de broma habría aceptado.

Pero, mirándolo por otro lado, tal vez era mejor descubrir el verdadero rostro de la familia política y del propio Samuel antes de casarse y complicar aún más el desenlace.

Eso sí, sus amigas pusieron el grito en el cielo.

Pero ¿cómo se te ocurre ir de vacaciones con la suegra? Te va a amargar y pondrá a su hijo a bailar alrededor de ella, y a ti te dará trabajo de animadora para la hermana

Lucía respondía que Inés, con sus diecinueve años, no necesitaba niñeras ni entretenimiento familiar, que en realidad apenas cruzaban palabras la una con la otra: saludos, despedidas, pasarle la sal y poco más. Era difícil imaginar que ahora, en Tailandia, surgiera un repentino brote de hermandad.

En cuanto a Teresa Por supuesto que el viaje habría que ajustarlo a una mujer madura, pero no hacía falta montar un drama. ¿Dos semanas? Una, fuera. Y si la experiencia era un desastre, aprendería la lección para el futuro, con la excusa perfecta para declinar más aventuras conjuntas.

Además, rechazar sin haber probado sería de una descortesía impropia en la educación que había recibido Lucía.

Las amigas, no obstante, veían ya el desastre: ninguna conocía personalmente a Teresa, pero comparaban su caso con el infierno de sus propias suegras y predecían lo peor.

Pero, ¿cómo negarse ahora, si Teresa estaba ilusionadísima y el propio Samuel rebosaba alegría?

La primera alarma sonó a bordo del avión.

Inés se lanzó al asiento de la ventanilla sin que nadie protestara. Lucía, que volaba a menudo por trabajo, huía del ventanilla y prefería el pasillo, para estirarse o ir al baño sin molestar. Samuel no prestaba atención al paisaje ni, por supuesto, a Lucía; lo suyo era el cine del avión.

Teresa, sentada al otro lado del pasillo, parecía inquieta. Cuando el avión entró en una zona de turbulencias, estuvo a punto de llorar. Lucía no pudo negarse cuando la futura suegra le rogó cambiarse de sitio para estar al lado de su hijo. Era comprensible. Lo que ya no lo era tanto fue que, pasada la turbulencia, nadie se molestó en devolverle su sitio. Teresa se acomodó, empezó a ver disimuladamente la película de Samuel y hasta se quedó dormida, la cabeza sobre el hombro de su hijo.

No te enfades se obligó Lucía . Bastante susto habrá pasado. Y no es elegante despertar a alguien que duerme

Pero en el fondo, su vocecita interior recordaba que casualmente Teresa despertó justo cuando el carrito de la comida pasó por el pasillo. Y que bien podría haberse sentado con Inés, quien ya ni miraba por la ventana y se había puesto a ver una película.

Aquella idílica estampa familiar pinchó la paciencia de Lucía, que llegó al aeropuerto cada vez más irritada.

Para colmo, Samuel ni se giró a ver cómo estaba ella; corrió a ayudar a su madre a recoger equipaje, luego a buscar una máquina de agua, como si Lucía fuera invisible, alguien prescindible en aquel viaje.

Cariño, no te inventes cosas replicó Samuel . Nadie te hace de menos, pero es el primer viaje de mi madre a Asia y tú has visto lo mal que lo pasa en los aviones

¿Y quién la obligó a venir? pensó Lucía, pero se mordió la lengua. Después de todo, su madre siempre le enseñó a ceder, a cuidar a los mayores, a no pensar solo en sí misma.

Y cuando Samuel, como hijo devoto, mimó a Teresa y le llevó las maletas, Lucía se dijo que tampoco era para tanto.

No sabía que eso solo era el principio.

Porque ya la siguiente noche, Teresa Jiménez, madre entusiasta y determinada, se instaló en su habitación de hotel como si la banda municipal interpretara un pasodoble triunfal, lista para compartir mucho, muchísimo más que unas simples vacaciones.

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