La Señora de los Peluches

Leocadia siempre ha vivido bajo el ala de su abuela, Valeria Pérez. Su padre se largó antes de que ella naciera y su madre falleció al darla a luz, así que la abuela se convirtió en su única protectora. Valeria la cuidó como a una hija, nunca la golpeó, pero tampoco la consintió en exceso; a veces fue estricta, pero siempre justa.

Gracias a ese cariño Leocadia creció como una persona independiente. Terminó la universidad con un sobresaliente y se labró una buena carrera, aunque en el amor la cosa no le ha ido tan bien. No se preocupa, piensa que el amor llegará cuando sea el momento. La abuela, ya de edad avanzada pero todavía muy activa, necesitaba cuidados y Leocadia hacía todo lo que estaba en su mano para ayudarla.

El único problemilla de Valeria era su inexplicable afán de acumular cosas. Los años de la posguerra, la escasez y los noventa la hicieron guardar cualquier objeto, aunque no le sirviera de nada. No se dignaba a hurgar en la basura, pero gastaba gran parte de su pensión en cosas que jamás usaría.

Leocadia intentó razonar con ella. “Abuela, no hace falta que llames a los televentas ni que compres tanto cachivache. Usa lo que ya tienes o guárdalo para alguna ocasión especial”. Valeria suspiraba, reconocía el problema pero lo tomaba con desdén.

Cariñita, si a mí no me sirve, a ti te servirá cuando te cases; así tendrás mantelería, vajilla y ropa de cama

¡Ay, abuela! Ya no vivimos en el siglo XIX, no necesito dote. Cuando necesite algo lo compraré yo. Los objetos son para usarse, no para amontonarse le contestaba Leocadia, sin lograr mover la mentalidad de la anciana.

El tiempo pasaba y el desorden se acumulaba. Leocadia se quejaba a sus amigas y una de ellas, Sofía, le aconsejó que fuera sacando cosas poco a poco, sin que la abuela se diera cuenta.

Cuando vayas a visitar a Valeria, distráela y lleva lo que quieras tirar a la papelera le sugirió Sofía. Si no lo usa, ni se dará cuenta de su ausencia.

Leocadia probó el truco. Le llevó un disco con sus películas favoritas, la instaló frente al televisor como a una niña, y en silencio sacó una caja llena de contenedores de comida que la abuela había comprado en exceso. Pero Valeria notó la falta y se enfadó.

¿Por qué los tiraste? ¡Son útiles!

¿Útiles? Ni siquiera los has abierto; llevan años acumulando polvo le replicó Leocadia.

¡No es verdad! ¡Podrían servirme en cualquier momento!

Si los necesitas, siempre puedes comprarlos en el supermercado; hay de todo, de colores y precios, ya ves dijo Leocadia.

No lo entiendes exclamó Valeria. Cuando yo muera, puedes tirarlo todo, pero mientras tanto, todo me sirve, punto.

Leocadia no supo qué decir. Le rondaba la idea de la muerte de su abuela y le vino a la mente el refrán: “la tumba pondrá remedio a todo”. En su cabeza empezó a llamar a la anciana “Señora Botonera” y aceptó la situación.

Si esas cosas le hacen feliz en su vejez, dejémoslas como están pensó.

Creía que después podría ocuparse de todo, pero el “después” llegó de golpe: un infarto fulminó a Valeria. Los primeros meses tras la tragedia Leocadia se desmoronó, apenas podía recomponerse. Ni hablar de ordenar la casa de la abuela.

Cada visita al apartamento vacío le recordaba la pérdida y le daba miedo cambiar algo. Empezó a sentir que cada objeto sin valor guardaba alguna memoria de Valeria, y se volvió imposible deshacerse de cualquiera. Llamó a varios profesionales del “desclutter”, pero temía que, además de la porquería, tiraran algún recuerdo precioso: fotos, tejidos, cualquier cosa que le hiciera sentir cerca de su abuela.

Le costaba aceptar sus temores y, peor aún, darse cuenta de que sin Valeria su vida se había quedado vacía. No tenía más familiares; solo le quedaban su propio piso con hipoteca y el apartamento de la abuela, y ninguno de los dos llenaba el vacío del corazón. Por eso aferraba el viejo trasto como a un salvavidas contra la soledad, aunque su gusto era totalmente distinto al de la abuela y nada de lo que ella compraba le llamaba la atención.

Así, Leocadia se volvió, a su modo, la “Señora Botonera”, sin admitir el problema.

Todo cambió una tarde cuando, al bajar al portal, se cruzó con un chico simpático.

¿Usted es la nieta de la señora Valeria del piso 17? preguntó amablemente.

Sí, ¿y eso? replicó Leocadia, sospechando alguna reclamación.

El joven, al ver su inquietud, se disculpó y explicó:

Disculpe si le asusto; la he visto por aquí varias veces y no me atrevía a hablar. Usted es muy guapa, seguro está casada y con hijos, pero yo prefiero intentarlo y aceptar un posible rechazo antes que vivir lamentándome. Me llamo Javier, ¿y usted?

Leocadia esbozó una sonrisa por la torpeza del momento. No le pareció sospechoso y, sin pensarlo mucho, lo invitó a pasar a tomar un té.

Solo que en el piso de mi abuela está bastante revuelto admitió con una risa tímida, pero a mí no me importa.

Javier, tras la taza, la escuchó hablar de su dilema con las cosas de la abuela y se ofreció a ayudar. Esa tarde, entre risas y té, tiraron más objetos de los que Leocadia había conseguido mover en los últimos meses.

Después comenzaron a salir, a quedar. Javier trabajaba como mozo de almacén, pero era muy leído y sabía de casi todo. Leocadia se dio cuenta de que se estaba enamorando. Ese nuevo sentimiento llenó su vida de luz. En poco tiempo se fueron a vivir juntos. Con Javier la tarea de ordenar el viejo apartamento resultó mucho más fácil. Él encontró usos para muchas cosas: se llevó a su casa un par de juegos de servicio, varias mantelerías, ropa de cama y utensilios de cocina, y organizó un armario para los libros antiguos de Valeria. Leocadia estaba feliz de ver que tantos objetos recibían una segunda vida, algo que ella sola no podía lograr. Era como si su abuela volviera a estar viva, y no solo viva, sino contenta.

Una noche Leocadia soñó que ella, Javier y Valeria estaban sentados alrededor de la mesa, tomando el té del bonito servicio que él no paraba de elogiar.

Gracias, Valeria sonrió Javier. ¡Ha guardado cosas muy útiles!

No hay de qué, nieta repuso Valeria riendo. Verónica, cuida a Javier, es un buen hombre, tu futuro esposo. Puedes confiar en él.

Leocadia se despertó con el corazón contento. A su lado dormía su querido Javier, en su cabeza había mil planes y, lo más importante, el vacío había desaparecido. Comprendió que la “Señora Botonera” ya no existía, su abuela había encontrado la paz, y ella había hallado su pequeño y tranquilo felicidad.

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