¡Invitados no deseados por toda la casa!
¿Y esta buena gente no puede vivir en otro sitio? preguntó mi esposa. ¡Será por hoteles!
Hombre, no están aquí para fastidiarnos; es que tienen líos, están resolviendo cosas y en cuanto puedan, se van le respondí, intentando sonar convencido.
Sí, claro pero en cuanto se van unos, llegan otros. Y ayer escuché que Benjamín González, que no sé ni quién es, lleva aquí ya dos años viviendo.
¡Esto no puede seguir así! exclamó Carmen, revolviéndose en la cama. ¡Es de locos!
¿Qué pasa ahora? pregunté yo, medio dormido aún.
¡Que ahí fuera van a empezar un campeonato de vóley! dijo señalando la ventana con energía.
¡Anda, qué curioso! me estiré con desgana.
¿Te hace gracia? replicó ella cerrando de golpe las cortinas. No me digas que también vas a ir.
No, yo prefiero remolonear un rato más sonreí, acomodándome. ¡Te recomiendo lo mismo!
Carmen se sentó en la cama:
Dime, ¿qué clase de persona organiza un torneo de voleibol al aire libre en diciembre?
¿Y por qué no? me encogí de hombros. No hace frío, ni hay nieve. Está seco. Se puede jugar sin problema.
¡Van a romper todos los cristales! se quejó ella. No tienen ni idea y el balón irá cada uno para un sitio.
Pues cuando rompan uno, lo cambian por otro bostecé con desgana.
Carmen negó con la cabeza, resignada, pero antes de añadir nada más, desde la planta baja se oyó:
¡Chicos, el desayuno está listo! ¡He hecho torrijas, bajad rápido antes de que se enfríen!
¡Tía Marisa es inimitable! dije yo, soltando una carcajada.
¡Pues preparar el desayuno al marido es cosa de la esposa! bufó Carmen, fingiendo enfado.
¡Puedes hacer el café! me reí de buena gana.
¡Chicos, que el café se enfría también! volvió a sonar la voz de tía Marisa.
¿Lo ves? me señaló Carmen, alzando una ceja. Al final, tía Marisa me va a sustituir hasta en la cama.
¡Qué exagerada eres! reí divertido. En la cama tu hueco nadie lo ocupa. ¡Venga, vamos a desayunar, que de verdad se va a enfriar!
Carmen suspiró y se puso la bata.
De camino a la cocina, ni un alma en la casa.
Parece mentira susurró mi mujer, molesta, ya pensaba que aquí no íbamos a poder estar nunca solos.
¡Hasta eso puede pasar! contesté. Pero oye, al menos está animado. Desayunamos y luego vemos el partido, y por la noche Sergio Jiménez prometió una barbacoa.
¡Humo, olor, y a saber qué más queman! refunfuñó Carmen, atacando las torrijas.
¿Te refieres a la casita de invitados? me reí. ¡Pero si ya han construido otra más grande y mejor!
¡Para acoger aún más gente! dijo Carmen, visiblemente irritada. Yo ya no me acuerdo ni de la mitad de los nombres.
¡Habría que ponerles etiquetas! Y especificar el parentesco, que una ya no sabe ni con quién trata
Da igual, al final nos liamos igual añadí. Porque hay hilos de parentescos rarísimos. Que si la esposa del primo del cuñado, y así sucesivamente.
Carmen calculó mentalmente.
¡Nada! Cuando acabes de leer la etiqueta, ya te han cambiado al invitado.
La charla se paró, porque las torrijas estaban de escándalo. Luego, Carmen, ya más tranquila, preguntó:
Nacho, ¿esto hasta cuándo va a seguir?
¿El qué? lo pregunté por inercia, aunque ya sabía de qué iba.
Estos invitados eternos insistió Carmen. Está bien ser hospitalario, pero esto es demasiado. Ayer, por curiosidad, conté cabezas. Perdí la cuenta por la veintena. ¡Treinta personas que llevan aquí siglos y no piensan irse!
No es lo que imaginaba para nuestra vida juntos.
Bueno, al final esto también es familia le respondí.
¡Ya! A saber por qué vía sanguínea, pasando por la abuela de la prima de la tía segunda Que en realidad ni tu hermano tiene relación directa protestó Carmen. Más bien, por la parte de su mujer.
Si nos ponemos técnicos, hay términos para cada parentesco, pero ni los conozco contesté. Pero son buena gente.
¿Y esa gente no puede irse a un hotel? volvió a insistir Carmen.
Mujer, han tenido sus complicaciones. Ahora las están resolviendo y se irán.
Sí, y llega otra oleada gruñó Carmen. Y encima, el tal Benjamín González lleva aquí dos años, hasta trabaja en el supermercado del pueblo. Y tía Marisa, la que nos cuida tanto, hace la limpieza en tres casas vecinas, como quien dice.
¡Eso es que la gente se busca la vida! sonreí, encogiéndome de hombros.
Nacho, si esto sigue así, me vuelvo a Madrid. Mi piso no ha desaparecido y prefiero vivir allí, aunque sea contigo solos.
***
Claro que era un riesgo cuando Carmen y yo empezamos. Yo tenía diez años más, pero ella tampoco era una cría. Tenía veinticinco cuando nos conocimos.
Y ya saltó la pregunta de siempre:
¿Por qué Nacho no se había casado antes? ¿Tendrá algún problema?
Pero se podía preguntar igual por Carmen:
¿Por qué no se casó antes de los veinticinco? ¿Qué le pasa?
Carmen lo tenía claro. Se formó como arquitecta, pero con un título no se vive. Quería ganar experiencia, hacerse un nombre y poder elegir pareja con autonomía.
Primero trabajó en el sector público, luego en una empresa privada de proyectos. Mejor remunerado, más interesante, aunque trataba muy de cerca con clientes y muchos no eran nada fáciles. Pero es lo que hay.
Con esa dinámica, era difícil pensar en relaciones serias.
A mi hermano Gabriel la cosa le fue parecida, pero con giro. Él montó una empresa nada más salir de la universidad y se casó pronto.
Como pasaba el día fuera, me endosó la gestión de casi todo el negocio. Yo acababa de salir del servicio militar.
Así que tuve que estudiar una carrera mientras sacaba adelante la empresa.
No lo hice mal, y lo cierto es que apenas pensaba en vida personal. Cuando Gabriel tuvo su hijo, yo casi ni pasaba por casa.
Hermano, ¿vas a trabajar algo? le pregunté un día.
Nacho, yo estoy desencantado, no quiero seguir con la empresa me contestó, mirando al suelo. Yo quiero trabajar con las manos, tener horario y volver a casa con mi mujer y mi hijo.
¿Y vas a poder mantenerte así? inquirí.
Nos vamos a Galicia con Paloma. Mira, aquí tienes toda la documentación: la empresa, todo, lo he puesto a tu nombre. Funciona bien contigo al mando. ¡Sigue tú!
Al menos pásame tu cuenta para enviarte algo de las ganancias le respondí cuando lo asimilé.
Después de aquello, fue cuando empecé a plantearme formar mi propia familia.
El flechazo entre Carmen y yo fue rápido. Nos quitamos los miedos y en seis meses, boda.
Nos instalamos en el piso de Carmen.
Te quiero, pero aquí estoy más a gusto me dijo algo avergonzada. Tardo cinco minutos al trabajo y ya sabes lo mal que se me dan las mañanas.
Ningún problema acepté. Aún no me había comprado piso y siempre he preferido alquilar. Podemos comprar donde tú prefieras.
Siempre quise vivir en las afueras me confesó. Pero igual no me dejan teletrabajar.
Pues ponlo claro; o teletrabajo o me voy a la competencia le animé. O incluso montamos algo juntos.
Déjame que lo hable primero sonrió Carmen.
Por cierto, yo tengo casa en el campo añadí. Aunque hay una cosa
Mi hermano solo me pidió un favor antes de marcharse:
Nacho, por parte de Paloma tengo algo de familia. Si algún día necesitan venir y quedarse aquí hasta que arreglen sus problemas, no les cierres la puerta. Son gente maja, pero que tampoco abusen.
¿Y dónde los pongo yo? ¿En hoteles? pregunté sorprendido.
¡Ah! Además, tengo otra casa fuera del pueblo. Te la dejo también a ti. Eso sí, por ahora viven allí algunos parientes de Paloma. Pero es grande y hay casita de invitados; seguro no os molestáis.
Cuando Carmen y yo nos mudamos al campo, ni ella se imaginaba la cantidad de gente que había. Nos recibieron como si fuera una fiesta patronal.
Lo mejor era que todos sonreían, se ofrecían para ayudar, y te hacían sentir uno más.
En un mes, Carmen supo de mil historias tristes que habían llevado a esa gente hasta allí.
Alguien que se separaba, otra que escapaba de un marido tirano, jóvenes a quienes echaron de casa, casos de engaños o reformas interminables. Había quien estaba estudiando y quien sencillamente no tenía hogar.
Todo tipo de edades y profesiones. Incluso un catedrático, que tras una historia rocambolesca, se había quedado sin familia y esperaba el reparto de una vivienda.
Pese al caos, el ambiente era cordial.
Eso sí, Carmen tenía que seguir trabajando y de vez en cuando daba con clientes inaguantables. Un día, Justo Ruiz, uno de los inquilinos, escuchó una videollamada y, quitándole el sitio frente al portátil, soltó para la cámara:
Con todos mis respetos, sus objeciones indican que no está usted nada puesto en la materia. La chica lo ha dejado estupendo, vivirá muy a gusto. Si no lo acepta, cuando eso se venga abajo, no se queje.
El cliente acabó dando el visto bueno y Carmen, ya sola, le preguntó a Justo cómo sabía tanto.
Querida, llevo treinta y seis años de arquitecto se rió. Si necesitas, pregunta.
Aunque estos consejos eran valiosos, a veces Carmen sentía agobio con tanta gente en la casa. No era la vida tranquila que imaginó.
¡Aquello era la romería!
***
Carmen, si quieres, volvemos a la ciudad le ofrecí. Pero aún no entiendes todo sobre nuestros huéspedes.
¿Qué se supone que debo entender? preguntó ella.
Criticabas que se quemó la casa de invitados, pero ¿sabes que han construido una nueva y mejor? le expliqué. Y ni un euro hemos gastado.
¿Cómo que nada? exclamó sorprendida, con los ojos abiertos.
Todo lo pagan entre ellos. Gastos de agua, luz, comida, lo que haga falta, lo cubren. ¡Hasta se organizan para comprar, limpiar, cocinar y arreglar cualquier cosa que se estropee! Nosotros vivimos aquí por ellos.
Unos trabajan, otros hacen pequeños trabajos. Y algunos dan consejos que no se pagan con dinero.
Aquí hay de todo: ingenieros, contables, abogados, fontaneros, electricistas, economistas, un catedrático de biología
Y arquitecto musitó Carmen, recordando la ayuda de Justo.
Secretos y trucos que le sirvieron para mejorar en su empleo.
La semana pasada, gracias a uno de los nuestros, dupliqué los ingresos de la empresa le confesé. Tendría que ponerles sueldo, la verdad.
¿Y sabes lo más curioso? No piden nada a cambio; viven juntos, como una gran familia rara.
De repente, un balón entró por la ventana de la cocina entre cristales rotos. Tras él apareció Manu:
¡Alejandro ha ido ya por otro cristal a Madrid! No se preocupen, en dos horitas lo dejamos mejor que estaba. Y, eso, perdón recogió el balón y se marchó.
¡Así es esto! dije, riéndome.
Supongo que me acabaré acostumbrando suspiró Carmen, aún desconcertada.
Un mes después, ya no le pesaban tantos habitantes en casa. Y es que, al final, ni eran invitados: todos éramos familia, extraña, pero familia.







