Mamá, que él quiere que lo haga yo… Dice que todas las mujeres de verdad saben hacerlo… ¿Y yo no soy buena? Enséñame… Si todas pueden, yo debería poder también…
Todavía me sorprende que mi sobrina haya encontrado pareja, sobre todo considerando cómo fue criada por su madre.
Cuando Lucía era pequeña, mi hermana se negó a llevarla a la guardería; ya de adolescente, tampoco la dejaba salir con amigas, siempre estaba en casa, volviéndose casi una ermitaña. Cuando empezó la universidad en Valladolid, su madre la tenía bajo vigilancia, asegurándose de que regresara a casa antes de las seis de la tarde. Cuando la chiquilla cumplió veinte años, su madre todavía la llamaba a las siete menos cuarto, gritándole porque aún no había llegado a casa. Todo esto me parecía un sin sentido.
Lucía conoció a su futuro marido en segundo de carrera, se encontraron estudiando en la biblioteca; él era dos años mayor, compartía sus apuntes con ella, la ayudaba con los exámenes y, casi sin darse cuenta, terminó enamorándose y pidiéndole salir juntos. Fue entonces cuando mi sobrina empezó, por fin, a saltarse las rígidas reglas de su madre.
Al cabo de un tiempo, Lucía se casó y su madre, aunque a regañadientes, aceptó que empezara una nueva etapa.
Ahora quiero contar una anécdota que pasó hace nada. Estaba en casa de mi hermana, tranquilamente, cuando sonó el móvil: era Lucía, hablando medio entre sollozos y risas, una mezcla tan rara que apenas se le entendía:
Mamá, que él quiere que lo haga yo… Que dice que todas las buenas esposas son capaces… ¿Y yo no soy buena? Enséñame, que si todas pueden, yo debería ser capaz…
La cara de mi hermana cambió en un segundo; le pidió a su hija que se tranquilizara y le explicara eso de lo que todas las mujeres son capaces.
¡La sopa, mamá! respondió Lucía al fin, y no pudimos evitar echarnos a reír los dos.
¡No os riáis de mí! protestaba ella, ¡Tú no me enseñaste a preparar sopa, he buscado recetas en internet y no me sale buena!
Mi hermana y yo le explicamos paso a paso cómo preparar una buena sopa, entre bromas y carcajadas, dándonos la razón el uno al otro de vez en cuando.
Por la noche Lucía nos llamó de nuevo, agradeciendo nuestra ayuda: su marido le había dicho que la sopa estaba riquísima y, sobre todo, que ahora ya sí que era una auténtica mujer.






