Diario,
Esta mañana he estado hablando con Doña Carmen, mi vecina de arriba. Me ha contado algo que me ha dejado el corazón encogido.
¿Desde cuándo no habla usted con su hijo?le pregunté un poco titubeante, aunque no esperaba la respuesta.
Hace ya más de seis años que no le veo me dijo con la voz quebrada. Al principio, cuando se fue de Madrid con su mujer a vivir a Valencia, por lo menos me llamaba de vez en cuando. Pero luego perdió el contacto. Recuerdo aquel cumpleaños suyo, compré una tarta, cogí el AVE y me planté en su puerta
Se quedó callada, bajó la mirada y le temblaban los ojos.
¿Y qué ocurrió entonces?
Fue mi nuera la que me abrió la puerta. Aquí no es bienvenida, me soltó sin mirarme a la cara. Él, mi hijo, estaba ahí, lo vi detrás de ella, pero no dijo ni una palabra. Me miró como si yo fuera la culpable de algo y se dio la vuelta. Ese fue el último día que lo vi.
No podía creer lo que oía.
¿Y no volvió a llamarla nunca más?
Solo una vez hablé con él, cuando decidí vender el piso antiguo de tres habitaciones en Chamberí para comprarme uno pequeño aquí, en este edificio. Por supuesto, le di algo de dinero, era justo. Vino, firmó los papeles, cogió los diecisiete mil euros y no supe más de él.
¿Se siente usted muy sola, Carmen? ¿O ya está acostumbrada a estar sola?
Estoy bien, hija. Soy una mujer fuerte. Ya cuando era joven me tocó criar sola a mi hijo; mi marido me dejó por otra. Le di todo mi cariño, todo mi tiempo. Creció siendo un niño querido. Cuando me dijo que quería irse a vivir por su cuenta me sentí orgullosa pensaba que era buena señal, que se estaba haciendo hombre, que era capaz de volar solo.
Pero la realidad era otra. Fue su novia la que le empujó a buscar piso; quería independencia para que nadie se metiera en su vida. Al poco, se quedó embarazada.
Me lo contaba con entereza, como quien ha revivido mil veces la historia.
¿No le da rabia que, a su edad, su hijo la tenga tan olvidada? le pregunté en voz baja, mordiéndome la lengua por mi atrevimiento.
Me he acostumbrado respondió suspirando. Y no estoy mal en este piso nuevo, es luminoso, cómodo, en mi barrio de toda la vida. El dinero me da de sobra para el día a día. Me levanto cada mañana, me hago un café y salgo al balcón a ver la ciudad despertar, los niños que van a la escuela, las persianas de los bares subiendo De joven solo soñaba con poder dormir un poco más porque trabajaba doble turno en la panadería. Soñaba con llegar a vieja y tener a los míos cerca, pero parece que el destino ha querido mandarme por otro camino, uno más solitario.
¿Y nunca pensó en adoptar una mascota?le pregunté sonriendo. A veces un poco de compañía hace milagros.
Me miró con dulzura.
Ay, hija, hasta los gatos se acaban yendo de casa. Y no puedo tener un perro, nunca sé si me va a dar un infarto una noche y no voy a abrir el ojo al día siguiente. No quiero hacerme responsable de alguien que quizá no pueda cuidar. Una vez ya cometí una tontería, y no quiero repetirla
Vi cómo luchaba por no romperse, pero al final las lágrimas le pudieron.
Querido diario, a veces creo que deberíamos recordar que, para nuestros padres, somos todo su mundo. No debemos olvidarles jamás. Porque somos parte de ellos. Y porque, cuando ellos se vayan, algo de nosotros también se irá con ellos.






