Hace muchos años vivía sola con mi hijo, tras un divorcio y en un país ajeno. La tristeza me abrumaba.

Hace ya muchos años vivía sola, con mi hijo Javier, después de un divorcio, en una nación extranjera. La melancolía me acosaba como una sombra. Me sentía como una hoja al viento, sin sitio, sin arraigo. Cada tarde me subía a la bicicleta y pedaleaba sin prisa, recorriendo los barrios desconocidos de la periferia. El corazón se me encogía al contemplar aquellas casonas bien cuidadas, los macizos de flores al pie de los portales, las siluetas de la gente tras las persianas iluminadas, y pensaba: ¡Miren qué vida tan pintoresca y feliz llevan! y anhelaba que mi propia vida fuera así. Toda mi familia estaba en otro país, mi matrimonio se había desmoronado y los amigos se habían esparcido como polvo tras el divorcio. La soledad y la tristeza eran mis compañeras habituales.

En medio de ese paisaje, un edificio al final de una calle sin nombre, en un callejón oscuro, llamó mi atención. No era tan visible el inmueble, más bien una ventana. Tras los árboles, siempre había una luz titilante. Aunque las demás casas se apagaban con la noche, esa ventana permanecía encendida. Con el tiempo, al deambular por la zona, empecé a pasar siempre por esa calle y, desde la distancia, miraba entre los troncos la luz parpadeante, imaginando que allí se fundían familia, amor y felicidad. Luego volvía a subir a la bici y regresaba a mi vivienda, fría, oscura y vacía.

Un día, decidí seguir la calle hasta su fondo para ver qué había al final del túnel. Al girar, me encontré en una bifurcación en T. Tomé la izquierda y, de pronto, aparecí en una avenida conocida que doblaba a la derecha hacia mi casa. Al principio no entendí nada; creí estar perdida en un laberinto, pero la disposición circular de las calles me había engañado y, sin darme cuenta, estaba a un paso de mi hogar. Volví, entonces, al punto donde siempre me quedaba mirando la luz mágica.

Como si el niebla se disipara, lo desconocido se volvió familiar: los árboles, las casas vecinas y, sobre todo, la ventana. Resultó ser la ventana de mi propio piso, que se asomaba entre los árboles y el patio trasero del vecino. Mi hijo Javier no se había dormido, había dejado la luz encendida y me esperaba, como quien espera a su madre tras una larga ruta en bicicleta. Fue como si una cortina se cayera de mis ojos. Un momento estaba en una calle extraña y, al siguiente, estaba justo detrás de mi propia puerta. Esa ventana había sido un faro de amor en medio de la oscuridad.

Regresé a casa, abracé a Javier y le di un beso de buenas noches. Entonces comprendí que todo lo que tanto deseaba amor, familia y felicidad ya estaba bajo mi techo; yo simplemente estaba ciega y no lo valoraba. Esa es la historia. No es una falla de la matriz, sino más bien la señal de un orden superior que nos guía de regreso al calor del hogar.

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Hace muchos años vivía sola con mi hijo, tras un divorcio y en un país ajeno. La tristeza me abrumaba.
MIRANDO AL VACÍO Dani y Ana se casaron con 19 años. No podían vivir ni respirar el uno sin el otro. Era un amor tan rebelde que sus padres, para evitar “escándalos”, decidieron que debían casarse cuanto antes… La boda fue todo un espectáculo con muñeca en el capó, lluvia de flores, fuegos artificiales, salón de banquetes, y el clásico grito: “¡Que se besen!”… Los padres de Ana no pudieron aportar económicamente al enlace de su hija: a duras penas tenían para comer… y para la bebida. Así que todos los gastos los cubrió la madre del novio, doña Alejandra Alejandrovna, conocida por todos como Alexandra Salanova, quien siempre fue reticente a la relación por el historial de alcoholismo de los padres de Ana. “De una higuera no salen naranjas, hijo mío”, advertía. Dani y Ana iniciaron su vida juntos con un piso regalado por los padres de él. Ana pronto dio a luz a dos hijas, Tania y Estrella, a las que Dani adoraba. Pero a los cinco años, Ana comenzó a desaparecer misteriosamente y al regresar, Dani notaba el olor del alcohol. Ana confesó que nunca había amado a Dani, que aquello fue un capricho juvenil y que ahora había encontrado a su hombre ideal, aunque fuese casado y con tres hijas. Ana se marchó con él al pueblo, dejando a sus hijas a cargo de su exsuegra, Alexandra Salanova. Mientras tanto, Dani, destrozado por la traición, acabó en una secta religiosa y se casó con Clavia, una viuda con dos hijos, desatendiendo completamente a Tania y Estrella. Siete años después, Ana reapareció pidiendo cobijo, esta vez con una hija pequeña, María. Alexandra Salanova la acogió. Al poco, Ana volvió a marcharse al pueblo con su amante, dejando a la pequeña a cargo de los abuelos. Los años pasaron. Alexandra y su marido fallecieron, las niñas crecieron: Tania se casó, pero no tuvo hijos; Estrella se quedó soltera; y María fue madre adolescente y se marchó con Ana al pueblo. Ana acabó sola, repudiada por los vecinos y los hijos de su amante. Dani abandonó la secta, solo con sus tres gatos en el piso de su madre. La felicidad llamó alguna vez a la puerta de Dani y Ana… pero nunca volvió.