Hace dos semanas que no pongo un pie en mi casita del campo, y ahora resulta que mis vecinos han montado un invernadero en mi terreno y han plantado pepinos y tomates como si esto fuera la huerta de Almería.
Tengo una pequeña parcela a las afueras de Madrid. La verdad, yo no planto nada, solo la compré para desconectar y vaguear en mis ratos libres, sin mancharme las manos en el jardín. Prefiero no gastar mis energías en cuidar tomates ni cebollas. He puesto una barbacoa, un cenador para guarecerme de las lluvias castizas y, en mis planes a corto plazo, estaba poner una valla alrededor del terreno.
Total, que allí fui dispuesto a asar unas salchichas y olvidarme del atasco de la M-30 y del bullicio madrileño. Los vecinos solían ser discretos, ni cotillas ni pelmas. Solo una, Inés, me tenía frito con su manía. Se me acercaba cada dos por tres sin entender cómo podía sobrevivir sin tener un macetón, ni geranios, ni siquiera un triste perejil. La suya, al otro lado de la calle, parecía el Jardín Botánico: todo brotes, flores y una devoción por las plantas que ni San Isidro Labrador.
Como entre nuestras parcelas aún no había valla, Inés entraba como Pedro por su casa, sin cortarse ni medio pelo. Digamos que aquello no me hacía ninguna gracia. Más de una vez llegaba yo y la encontraba paseando por allí, inspeccionando mis humildes tierras.
Un día, no me aguanto y le pregunto:
¿Te pasa algo, Inés?
Nada, nada. Solo miraba dónde podrías plantar cebollas. ¡Tienes tanto espacio vacío! Se me ha ocurrido que podría plantar algo aquí, ¿te parece bien, verdad?
Me quedé tan pasmado que ni supe qué decir. No quería quedar maluno es madrileño pero educadome lo pensé y solté:
Bueno, planta lo que quieras en un parterre.
Claro, después me arrepentí. Estuvo toda la santa tarde trasteando en mi parterre, y yo ya sin paz. No había forma de descansar con ella dando vueltas con la azada.
Llegaron las vacaciones y me escapé a la costa, a las playas de Cádiz, a recargar pilas. Cuando volví, lo primero fue ir al campo. Al llegar… ¡Sorpresa! Un invernadero reluciente en mi parcela y una hilera de camas elevadas, repletas de tomates y pepinos. Aquello parecía un mercado de abastos.
Vamos, que no había que ser Sherlock Holmes para saber quién había sido, así que me puse manos a la obra. Llamé a mi amigo Luis, cogimos el coche y nos plantamos en el Leroy Merlin. En menos de lo que canta un gallo, levantamos una valla de malla metálica por todo mi campo.
Al siguiente fin de semana, apareció Inés con cara de acelga:
¿Pero cómo has puesto una valla? ¿Ahora cómo voy a cuidar mis plantones? ¿No pensarás encargarte tú de ellos?
Me quedé a cuadros. Aquello sí que era tener morro. Esa misma tarde desmonté el invernadero y le lancé todos los cachivaches por encima de la valla, rollo movida madrileña. Desde ese día ni me saluda. Y, la verdad, se vive mucho más tranquilo aunque los tomates igual los echo de menos.






