¡Renuncia! ¡Me prometiste que dejarías tu trabajo!

¡Renuncia! ¡Me prometiste que te echarías!
¿Carlos, estás perdiendo la cabeza? preguntó Begoña, recuperándose. ¿Quién renuncia a un puesto así? ¿Sabes cuánto pagan allí?
Te has vuelto loca por el dinero replicó Carlos con desdén. ¿O será el poder lo que te da vueltas la cabeza?

Al lector le disgustan las escenas en las que la protagonista llora junto a una taza de té enfriado. Pero, ¿qué podemos hacer si nuestra heroína no toma café y la escena de su presentación exige su profunda reflexión sobre esa taza de té desafortunada? El té podría sustituirse por zumo, leche o incluso batido, pero la melancolía de sus pensamientos no disminuye.

Begoña estaba sentada en una butaca cómoda, aunque incómoda, porque se había apoyado en el borde y había inclinado su pesada cabeza sobre la taza de té ya fría. Sus pensamientos eran pesados y la situación parecía sin salida. Lo único que le reconfortaba era que su hijo no era consciente de todo aquello. Un campamento de verano, que mantendría al pequeño alejado de casa durante un mes, le había prometido devolverlo feliz y satisfecho. El campamento aportó algo al peso de sus reflexiones, pero solo de manera indirecta.

El verdadero motivo del conflicto era Carlos, y él era el marido de Begoña. La palabra «era» deja dudas: ¿todavía es su marido o ya no lo es? Como un marido de Schrödinger, Begoña se preguntaba si su esposo todavía existía o ya había desaparecido.

La última frase de Carlos, antes de echar la puerta, resonó así:
¡Basta! ¡No quiero volver a verte! ¡Me arruinaste la vida! ¡Me voy!
Todo quedó claro: se había ido. Pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Para siempre? ¿Si fuera sólo un tiempo, cuánto? ¿Hasta la noche? ¿Hasta dentro de dos días? ¿Y si era para siempre, por qué no había recogido sus cosas? Las preguntas de aclaración no obtuvieron respuesta.

Quizá el escándalo que inició todo se remontara al momento en que Carlos dejó el campamento. En realidad, la culpa la tenía el propio campamento al que Víctor había ido. Begoña había pagado la estancia con su paga extra, sin gastarla toda, y Carlos había gritado porque habían hecho un gasto grande sin él.

Para sacar 40000euros del presupuesto familiar no hace falta ser un genio, ¡pero sí discutirlo! ¿Acaso no hay otras necesidades más urgentes?
Begoña, encogiendo los hombros, contestó:
¡Hay dinero! Si hace falta, lo compramos.
Mientras Carlos se marchaba, Begoña escuchó muchas cosas. Resultó molesto y ofensivo oír esas palabras de su cónyuge; catorce años de matrimonio crujían bajo sus reproches. Lo peor era que, según Begoña, ella no había hecho nada malo, mientras que Carlos la tachaba de la peor esposa.

Si me amaras, no te meterías donde no te llaman. ¡Quédate callada y disfruta de la vida! Pero tú siempre quieres sobresalir, ¡saltas por encima de todo!
¿Y yo? repuso él. Solo piensas en ti. Si pensaras en nuestra familia, serías la típica ama de casa: trabajas en silencio y te ocupas del hogar.

Begoña no comprendía qué había hecho mal. Vivía, trabajaba, cuidaba la casa, criaba al hijo y no escatimaba cariño ni atención al marido. Preguntó directamente, pero la respuesta fue una lluvia de gritos, acusaciones y reproches.

¿Qué? ¿Por qué? se perdió Begoña en preguntas, mientras el té seguía enfriándose. Y si el dinero se había acumulado hace tiempo, ¿por qué ahora? ¿Qué tiene que ver el campamento?

Los inmuebles comerciales que albergan oficinas son un auténtico caos para quien los busca sin mapa ni brújula. En cambio, los empleados de esas empresas terminan aprendiendo la topografía del edificio; el interior se vuelve una especie de hormiguero de negocios.

Fue en ese hormiguero donde se conocieron Begoña y Carlos. Ambos eran vendedores telefónicos sin titulación, a quienes les entregaban una lista fría de clientes y un teléfono para llamar día tras día ofreciendo productos o servicios. Cuando se conocieron ya formaban parte del personal, pero la presión y el estrés los hacía escaparse a almorzar en la terraza del patio.

Trabajaban en compañías distintas, y si no fuera por ese patio, quizá nunca se habrían cruzado. Cuando dos personas comparten problemas y penas, sus almas tienden a acercarse. Además, entre Begoña y Carlos surgió una atracción que llevó a un matrimonio rápido pero esperado.

Decidieron posponer los hijos. Begoña tenía un piso heredado de su abuela, pero deseaba que el hogar también contuviera amor, y para ello necesitaba trabajar. La juventud les imponía sus propias leyes, y la pareja quería entregarse mutuamente, aunque cada noche compartían éxitos y errores laborales.

Tras tres años de matrimonio surgió la cuestión:
Me han ofrecido un ascenso dijo Begoña. Y estoy embarazada.
¡Vaya! ¡Qué alegría! exclamó Carlos.
¿Qué te ha alegrado más? preguntó Begoña con una sonrisa.
¡El bebé, claro! El ascenso no desaparece, pero el niño sí que hay que hacerlo.

Begoña comprendió mucho después que Carlos, sin que le ofrecieran nada, había preferido al bebé en vez del aumento. Mientras Begoña estaba de baja, la carga de mantener a la familia recaía sobre Carlos, quien debía esforzarse al máximo en su trabajo. Como comercial, su salario base era bajo y el resto dependía de comisiones; cuanto más vendía, más ganaba. Aunque se las arregló, nunca le ofrecieron el ascenso.

Al volver Begoña de la baja, le propusieron el mismo puesto que había rechazado por el embarazo. Desde entonces la familia vivía con una ligera tensión. Begoña la culpó al hijo, y Carlos se quedaba más tiempo en la oficina. Cuando ambos recibieron simultáneamente promociones, Carlos se convirtió en jefe de equipo y Begoña dirigía un departamento.

Carlos aceptaba los reconocimientos con escasez, pero agradecía los aplausos. Entonces empezó a presionar a Begoña para que dedicara más tiempo al hogar:
Pronto seré director de área decía. ¿Para qué seguir en estas oficinas polvorientas? Tú sabes que lo tuyo es la casa y el niño, yo me encargo del sustento.
Carlos, no puedo dejar mi puesto ahora que me han confiado el departamento replicó Begoña. ¿Cómo puedo fallar a la gente que cuenta conmigo?
¿Entonces el trabajo es más importante que la familia? le lanzó.
Para Begoña todo era importante. Lograba conciliar hogar, hijo y empleo.

Propongo cumplir los objetivos que tengo y luego dejaré la empresa sugirió ella.
Carlos aceptó, sin saber que la dirección de Begoña tenía otros planes: quería que le entregaran una sucursal.

Cuando Carlos recibió la orden de ascenso, quedó sorprendido:
¡Ni siquiera me lo preguntaron! El director central llegó, me entregó el nombramiento, flores y felicitaciones. ¡Ni un minuto para reaccionar!
¡Rechaza la promoción! exclamó Carlos. Ven el lunes y dímelo: ¡te prometí que renunciarías!
¿Carlos, estás loco? indignada Begoña. ¿Quién renuncia a un puesto así? ¿Sabes cuánto se cobra?
Podremos reformar la casa, comprar un coche y meter a Víctor en un buen colegio. ¡Y nos iremos de vacaciones sin ahorrar tres años!
Te has vuelto loca por el dinero repuso Carlos. ¿O será el poder el que te da vueltas la cabeza?
Yo pienso primero en la familia contestó Begoña. Puedo compaginar trabajo y hogar; la casa siempre está limpia y la comida preparada. Siempre encuentro tiempo para ti.
Carlos dejó de protestar cuando Begoña se hizo con un coche, lo compró ella misma y le entregó las llaves. Todo volvió a la normalidad; la reforma se completó, Víctor ingresó en un buen colegio y las vacaciones se hicieron dos veces al año.

Pero surgió una nueva necesidad:
Necesitamos otro coche dijo Begoña. Y tengo que recordar cómo conducir el primero.
¿Ya no sirvo como tu conductor?
Hasta entonces habían trabajado en el mismo edificio. Entonces Begoña respondió:
Me trasladan a la sede central, en pleno centro de Madrid. Si me llevas, llegarás tarde por el tráfico.
Vale suspiró Carlos. ¿De verdad es necesario mudarse a la central?
Ya lo hemos hecho antes comentó Begoña. Aprovecha la atención que te brinda la empresa y saca el máximo provecho de lo que te ofrecen. Cuando los jóvenes y ambiciosos nos reemplacen, habrá que haber ahorrado para no lamentar oportunidades perdidas.

Carlos asintió con desgano. Entonces el recuerdo del campamento de verano volvió a la mente de Begoña. Aquellos 40000euros que había destinado a la estancia de Víctor no eran ni la mitad de su paga extra, pero sí una parte importante del presupuesto.

¡Envidia! exclamó Begoña, como si una revelación la cruzara. Es la típica envidia. Carlos nunca dejó de ser jefe de equipo, pero nunca subió de nivel.
Para Carlos, esos 40000euros equivalían a más de la mitad de su salario, mientras que para Begoña eran algo lógico. El ascenso había sido una ilusión; él sólo había subido un peldaño tras quince años de carrera.

Los recuerdos de Carlos insistiendo en que Begoña se quedara en casa y no superara al marido volvían a asaltar su mente. Cuando la ruptura se volvió insalvable, Carlos estalló por una razón aún mayor.

El sonido de una llave girando en la cerradura rompió la reflexión de Begoña; solo podía ser Carlos. Ella se recostó en el respaldo de la silla, adoptando una postura relajada.

He vuelto anunció Carlos al entrar.
¿Por tus cosas? preguntó Begoña.
Con una mirada despectiva respondió:
¡He vuelto a casa! ¡A casa!
¡No! repuso Begoña, burlona. ¡Has vuelto por tus cosas! Ya no quiero vivir contigo.
Lo siento dijo él, dirigiéndose al sofá.
¡No te perdono! exclamó Begoña con más dureza. No debo perdonarte. No eres el hombre que necesitaba. No es mi culpa que no hayas logrado más, ni que yo gane más dinero. No soy responsable de todas esas acusaciones que me lanzaste. Después del trabajo, también cuidaba del hogar, del hijo y de ti.
¿Te sientes la jefa ahora? gritó Carlos. Todos saben cómo te has hecho con tus ascensos. ¡Eres la jefa!
El té ya estaba frío; de haber estado caliente, la escena habría sido aún más dolorosa. Carlos se secó la cara con una servilleta.

Al prepararse otra taza, Begoña comprendió que, desde el inicio de su relación, Carlos había vivido bajo el impulso de la competencia. Quería superarla en todo, y cuanto mayor era la brecha, más se erosionaba su amor. Si la brecha se ampliaba, su vínculo se destruía. Begoña se preguntó si alguna vez hubo amor verdadero, pero decidió no esperar a que el té se enfriara; prefería beberlo caliente, como se debe.

Al final, la historia enseña que el orgullo y la ambición desmedida pueden convertir el amor en una guerra constante, y que la verdadera riqueza se mide en comprensión y respeto mutuo, no en salarios ni promociones. Sólo cuando ambos aprenden a valorar al otro por lo que es, pueden construir una vida compartida sin que el té de la discordia se enfríe para siempre.

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¡Renuncia! ¡Me prometiste que dejarías tu trabajo!
¡Aquí está el vestido! ¿Puedes creer que lo tiré justo aquí?