Recuerdo aquella tarde, hace ya muchos años, cuando una anciana de ochenta y pocos cabellos azulados se sentó frente al notario del barrio de Salamanca y empezó a mover los dedos del pie con impaciencia.
¿En qué asunto viene, señora? le preguntó el notario.
Vengo a redactar mi testamento respondió ella, sin perder la sonrisa.
El notario tomó su pluma y la anciana, que se llamaba Carmen García, se acomodó en la silla y comenzó a dictar con voz firme.
Tras mi fallecimiento, deseo que mi cerebro sea entregado al Instituto Nacional de Investigación. Si el instituto no lo acepta, que lo declaren como de la señora Carmen. Todos mis gatos, que al día de mi muerte todavía posea, los repartiré entre mis amigas. Si ya no queda ninguna amiga, los felinos pasarán a ser propiedad de mi hijo, José. Los libros que no encuentren lector los entregaré a la Biblioteca Municipal, aunque recomiendo al menos hojearlos. Hace tres años perdí la cuenta de en cuál de ellos había guardado el dinero. Finalmente, quiero que mi hijo esparza mis cenizas en la cima de la montaña de La Palma, en las Islas Canarias.
El notario se quedó boquiabierto.
¿En Las Canarias? repreguntó.
¡Exacto, en Las Canarias! insistió Carmen.
¡Qué lejos está eso! ¿Por qué tan complicado?
La complicación es que él trabaja de lunes a viernes, con una hora de almuerzo, y nunca sale de la oficina. Yo era igual en mi juventud y ahora me arrepiento; aún le queda mucho por vivir. Viajar abre la mente y transforma al hombre; no volverá a ser el mismo. Que cruce medio mundo, y yo observaré si vuelve a su escritorio. No lo obligaré a regresar, pero sí le mostraré que hay otra vida, y eso será mi obra después de la muerte. No quiero pudrirme en la tierra; mejor volar a Canarias dijo, mientras el notario fruncía el ceño.
Continuemos prosiguió la anciana, quiero que mi gata preferida, Margarita, sea incinerada conmigo, como en los viejos ritos ¡broma! ¡Broma! Solo quería asustarle un poco con esa cara tan seria que tiene usted.
¿Asustarme? replicó el notario.
Sacudirle el ánimo sonrió Carmen.
Ha funcionado. Ahora hablemos de los bienes. ¿Muebles, inmuebles?
Le dejo el piso y la motocicleta al hijo. A decir verdad, todavía no tengo motocicleta, pero ya estoy matriculada en un curso y pronto compraré una, así que incluya también ese futuro vehículo. Además, dejo mi patinete a mi sobrino, Felipe Navarro, siempre que siga con vida; lleva años mirando ese patinete y cuando lo probamos, él lo rompió contra un árbol.
Cuando Carmen se despidió, el notario anunció un receso. La imagen de la anciana de cabellos azulados quedó grabada en su mente. Relató de nuevo el testamento, revisó los papeles una y otra vez, y al final tomó el teléfono.
Marta, hola, quería preguntarte si te apetece viajar algún día. Siempre he soñado con hacer un safari en Kenia







