Así es como vivimos

Hoy, 15 de octubre.

A veces me pregunto: “¿Todos viven como yo?”. Esa pregunta ronda la cabeza de Lucía, mi vecina desde hace años. Ayer, mientras tomábamos café en su pequeño balcón en el barrio de Salamanca, me confesó entre lágrimas: “Lo doy todo por mi familia, y al final solo me usan. ¿Por qué?”.

Lucía se casó por amor con Adrián, su novio del instituto. Todo empezó en bachillerato, un romance intenso que la hizo querer casarse nada más terminar. Pero su madre, Isabel, la frenó en seco: “Hija, ¿tanta prisa? Termina la carrera primero”.

“Pero mamá, ¡es amor de verdad!”, insistía Lucía.

“Amor lo tienen todos a tu edad. Que vuelva Adrián de la mili, y entonces verás”, replicó su madre con ese tono que no admitía discusión. Los padres de Adrián opinaron igual: “Si de verdad os queréis, aguantará la espera”. Y así fue.

Cuando Adrián partió al servicio militar, Lucía le juró esperarlo. “Volveré más hombre”, le dijo él, abrazándola fuerte. Y cumplió: regresó con ese aire gallardo que da la mili. Se casaron en una boda sencilla en Toledo y hasta se fueron de luna de miel a Alicante, gracias a los ahorros de ambos padres.

Pero el idilio duró poco. Lucía pronto descubrió que Adrián no sabía ni cambiar una bombilla. “Me da miedo que me dé calambre”, decía. Todo era un problema: el jefe que no le daba bonus (“¡A Javier sí, y yo trabajo igual!”), la gasolina (“¡Este coche gasta como si tuviera sed!”), los precios del Corte Inglés (“¿Cómo va a costar tanto un tornillo?”).

Los niños llegaron, y con ellos, más carga para Lucía: colegio, extraescolares, facturas… Mientras, Adrián se tumbaba en el sofá después de cenar, ajeno al mundo. “Al menos no gasto en peluquería”, me decía Lucía, resignada. “Mi hermana Carmen me corta el pelo”.

Carmen era la única que la entendía: “Hermana, trabajas como una mula. Adrián solo sabe quejarse. ¿Hasta cuándo vas a aguantar?”.

Pues hasta que un día, Adrián anunció que se iba. “Me marcho con Margarita”, soltó, como quien habla del tiempo. Una viuda once años mayor, con un piso en La Moraleja. “Ella sí sabrá cuidarme”, añadió, haciendo las maletas.

Lucía se derrumbó. Pero Carmen, como siempre, la sacó adelante. Le regaló una semana en un balneario en Granada. Aire puro, masajes, mar… Volvió renovada.

Los años pasaron. Los hijos crecieron. Arturo, el mayor, estudió ADE y trabajaba de noche en una sala de fiestas. “Mamá, me mudo con unos amigos”, le dijo un día.

Verónica, la pequeña, siguió sus pasos: “Quiero irme con Marcos”. Lucía respiró aliviada. “Por fin tiempo para mí”, pensó.

Se compró vestidos en Zara, se tiñó el pelo en Peluquería Luis, y hasta se planteó un Seat Ibiza. “¿Un coche? ¿A tu edad?”, preguntó Verónica, indignada cuando Lucía le pidió que le devolviera un préstamo.

Pero la paz duró poco. Verónica volvió llorando: “¡Marcos me engañó con Laura!”. Y se instaló en casa, sin trabajar, esperando que su madre le sirviera la cena. “¿No piensas buscar empleo?”, le preguntaba Lucía, mientras planchaba la camisa de Arturo, que también había regresado (“El sueldo de becario no da para un piso”).

Hasta que un día, Arturo soltó la bomba: “Serás abuela”. Y luego, la puñalada: “¿Cambiamos tu piso por nuestro estudio? Con el bebé, necesitamos espacio”.

Verónica estalló: “¡Y yo qué!”.

“Pues a trabajar, gorrona”, replicó Arturo. La discusión fue épica.

Lucía, cansada, decidió escapar. Se fue a Málaga en su Ibiza, dejando solo 200 euros a Verónica. “Que se busque la vida”, pensó.

Ahora, desde mi balcón, veo su coche partir. Me queda una lección: dar todo por los demás solo te deja vacío. A veces, hay que ser egoísta para sobrevivir.

(Fin del relato).

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