Creo que el amor se ha ido
Eres la joven más hermosa de toda la facultad le dijo él aquel día, ofreciéndole un ramo de margaritas compradas en el mercado de Tirso de Molina, cerca del metro.
Celia rió suavemente al recibir las flores. Las margaritas olían a verano y a algo indefiniblemente correcto, como si las hubiese traído una brisa del Mediterráneo. Javier delante de ella, con la mirada de quien conoce el deseo y sabe exactamente lo que busca. Y lo que buscaba era a ella.
Su primera cita fue en el parque del Retiro. Javier trajo una manta a cuadros, un termo con infusión y bocadillos caseros, hechos por su madre. Se sentaron sobre la hierba hasta que cayó la noche. Celia recordaba cómo él se reía, echando la cabeza hacia atrás. Cómo rozaba su mano fingiendo casualidad, cómo le miraba como si fuese la única persona en todo Madrid.
A los tres meses la llevó al cine a ver una comedia francesa que no entendió, pero en la que rió igual junto a él. Al medio año conoció a sus padres. Al año, le propuso irse a vivir juntos.
Si ya pasamos cada noche a tu lado, le murmuraba Javier, enredando los dedos en su pelo, ¿para qué pagar dos alquileres?
Celia aceptó. No por ahorrar, sino porque a su lado el mundo tenía sentido.
El piso de alquiler de un dormitorio olía a cocido los domingos y a sábanas recién planchadas. Celia aprendió a cocinar sus albóndigas favoritas, con ajo y perejil, como las preparaba su suegra. Por las noches, Javier le leía en voz alta artículos de revistas sobre empresas, economía y sueños de montar algo propio. Celia le escuchaba apoyando la cara en su mano, creyendo cada palabra.
Proyectaban el futuro. Primero ahorrar para la entrada de un piso, luego comprarse uno propio. Después, un coche. Por supuesto, hijos. Dos, un chico y una chica.
Tenemos tiempo de sobra decía Javier, besándole el pelo.
Celia asentía, fuerte, como si a su lado nada pudiera dañarla.
Quince años juntos se vistieron de rutinas, costumbres, objetos acumulados. Piso en un barrio bonito, con vistas a la plaza; hipoteca a veinte años, que iban amortizando adelantando cuotas y renunciando a vacaciones y restaurantes. Un Toyota plateado en la puerta, elegido, regateado y pulido cada sábado por Javier, que contemplaba ese brillo como un trofeo.
El orgullo fluía cálido en el pecho: todo lo consiguieron por sí mismos, sin herencias, sin contactos, sin golpe de suerte. Solo arrimando el hombro, ahorrando, y aguantando.
Nunca se quejó. Ni siquiera cuando se quedaba dormida de pie en el Cercanías y se despertaba en la última estación. Ni cuando solo quería soltarlo todo y largarse al mar. Eran un equipo, así lo repetía Javier, y Celia lo creía.
El bienestar de Javier siempre el primero. Celia se aprendió esa lección hasta grabarla en la raíz. Mal día en el trabajo: le preparaba la cena, le servía la infusión, le dejaba hablar. Discusión con el jefe: le acariciaba el pelo, murmurándole que todo pasará. Dudas: buscaba las palabras que sacaran a Javier de la sima.
Eres mi ancla, mi refugio y mi hogar decía él en esos instantes.
Celia sonreía. ¿No era eso la felicidad, ser el ancla de alguien?
Hubo épocas difíciles. La primera, a los cinco años de convivencia. La empresa de Javier quebró. Tres meses en casa, buscando ofertas, más sombrío cada día.
La segunda, peor aún. Un lío de papeles en el trabajo: Javier no solo perdió su puesto, sino que cayó en una deuda enorme. Vendieron el coche para saldarla.
Celia no reprochó jamás, ni palabra ni gesto. Tomó encargos extra, trabajó de noche, se apretó el cinturón. Solo le preocupaba una cosa: ¿aguantaría Javier? ¿No se rompería?
Javier salió adelante. Encontró un empleo incluso mejor. Volvieron a tener coche, otro Toyota plateado. Todo parecía de nuevo encarrilado.
Un año atrás estaban en la cocina, y Celia se atrevió, al fin, a decir lo que llevaba mucho tiempo rondándole la mente:
¿Quizá ya va siendo hora? Hace mucho que no tengo veinte años. Si lo dejamos más
Javier asintió, pensativo.
Empecemos entonces.
Celia contuvo el aliento; tantos años soñando, aplazando, esperando el momento perfecto. Y por fin llegaba.
Lo había imaginado mil veces. Dedos diminutos envolviendo los suyos. El olor de polvos de bebé. El primer paso cruzando su salón con parquet nuevo. Javier contando cuentos antes de dormir.
Un hijo. Por fin, un hijo suyo.
Todo empezó a cambiar. Celia repensó su dieta, sus horarios, sus esfuerzos. Fue al médico, se hizo análisis, empezó a tomar vitaminas. Dejó a un lado la carrera, justo cuando iban a ofrecerle un ascenso.
¿Estás segura? le preguntó la jefa, mirándola por encima de las gafas. Estas oportunidades no vuelven.
Celia estaba segura. Un ascenso era viajes, horario imposible, estrés. Nada recomendable para buscar un embarazo.
Prefiero pasarme a la sucursal respondió ella.
La jefa suspiró.
La sucursal estaba a quince minutos de casa. Trabajo soso, monótono, sin futuro. Pero podía marcharse puntual a las seis y no pensar en nada los fines de semana.
Celia se adaptó rápido. Los nuevos compañeros resultaron amables, aunque poco ambiciosos. Preparaba la comida en casa, paseaba en la hora de comida, dormía temprano. Todo por ese hijo futuro, por la familia soñada.
El frío llegó de puntillas. Al principio Celia no lo notó. Javier trabajaba mucho, se cansaba. Suele pasar.
Pero ya no preguntaba cómo había ido su día. No la abrazaba antes de dormir. Ni la miraba como cuando, años atrás, la llamó la chica más guapa de la facultad.
La casa se volvió callada. Un silencio equivocado. Solían hablar durante horas del trabajo, de proyectos, de tonterías y ahora Javier se refugiaba en su móvil. Contestaba seco, escapaba al dormir dándole la espalda.
Celia miraba al techo, entre ambos una grieta de medio colchón.
La cercanía se desvaneció. Dos semanas, tres, un mes. Celia perdió la cuenta. Javier siempre encontraba excusas:
Hoy estoy agotado. Mañana mejor.
El mañana no llegaba jamás.
Un día se atrevió, justo cuando Javier fue al baño, bloqueándole la puerta.
¿Qué nos pasa? Pero dime la verdad.
Javier miraba a un rincón del marco, evitando sus ojos.
No pasa nada.
No es cierto.
Te haces ideas. Es solo una época rara. Ya pasará.
Se escabulló de ella, cerrándose en el baño. El sonido del agua llenó el pasillo.
Celia se quedó ahí, con la mano en el pecho, un dolor sordo y perpetuo latiendo debajo.
Aguantó un mes más. Y luego, incapaz de continuar, preguntó sin rodeos:
¿Me quieres?
Un silencio largo. Terrible.
No sé no sé lo que siento por ti.
Celia se sentó en el sofá.
¿No lo sabes?
Por fin Javier la miró. Solo vacío en sus ojos. Despiste. Ni rastro de la chispa de hacía quince años.
Creo que el amor se ha ido. Hace mucho. Me callé porque no quería hacerte daño.
Celia había pasado meses en ese infierno, no sabiendo, buscando excusas, analizando cada gesto, cada palabra. Quizá era el trabajo, la edad, algún bajón. Pero no: él ya no la quería. Y se lo ocultó mientras ella planeaba el futuro, dejaba la carrera y se preparaba para ser madre.
La decisión llegó de pronto. Basta de quizá, de ya mejorará, de esperar.
Voy a solicitar el divorcio.
Javier palideció. Celia vio temblar su nuez.
Espera. No tan deprisa. Podemos intentarlo
¿Intentarlo?
¿Y si tenemos un hijo? Dicen que los niños unen mucho.
Celia soltó una carcajada amarga, fea.
Un hijo lo estropearía todo. No me amas. ¿Para qué traer niños? ¿Para divorciarnos luego con un bebé en brazos?
Javier no dijo nada. No tenía argumentos.
Celia se marchó ese mismo día. Llenó una maleta con lo imprescindible y alquiló un cuarto a una amiga. Tramitó los papeles del divorcio una semana después, cuando por fin sus manos dejaron de temblar.
El reparto prometía ser eterno. Piso, coche, quince años de compras y decisiones. El abogado mencionaba porcentajes, tasaciones, acuerdos. Celia asentía, apuntando cosas, procurando no pensar que su vida ahora se tasaba en metros cuadrados y caballos de potencia.
Al poco halló un pequeño apartamento de alquiler. Aprendió a vivir sola. Cocinar solo para una. Ver series sin nadie que comentara al oído. Dormir ocupando toda la cama.
Las noches dolían. Se refugiaba en la almohada y recordaba: las margaritas del mercado, las mantas en el Retiro, su risa, sus manos, su voz susurrando eres mi ancla.
El dolor era atroz. Quince años no se tiran como ropa vieja.
Pero entre las grietas del dolor asomaba algo distinto: el alivio, la certeza. Llegó a tiempo. Se detuvo antes de encadenarse a ese hombre con un hijo. Antes de quedarse anclada años en un matrimonio sin amor, por salvar la familia.
Treinta y dos años. La vida por delante.
¿Da miedo? Un terror absoluto.
Pero podrá. No hay otra salida.






