Simplemente no consigues conectar con él —¡No pienso hacerlo! ¡Y deja de darme órdenes! ¡Tú no eres nadie para mí! Dani tiró el plato en el fregadero con tanta fuerza que las salpicaduras llenaron toda la encimera. Ana se quedó sin aire por un instante. El chico de quince años la miraba con tal rabia, como si ella misma hubiese destrozado su vida. —Solo te he pedido que me ayudes con los platos —intentó Ana mantener la calma—. Es una petición normal, nada más. —¡Mi madre nunca me obligaba a fregar! ¡No soy ninguna chica! Y además, ¿tú quién te crees para decirme lo que tengo que hacer? Dani se giró y se marchó de la cocina. A los pocos segundos, la música atronadora comenzó a sonar desde su habitación. Ana se apoyó en la nevera y cerró los ojos. Hace un año, todo parecía muy distinto… Fue pura casualidad cómo apareció Maxim en su vida. Ingeniero en el departamento de al lado, en una importante constructora, coincidían a menudo en reuniones. Primero el café en el descanso, después cenas tras el trabajo, largas charlas telefónicas hasta la medianoche. —Tengo un hijo —le confesó Maxim en la tercera cita, jugando nervioso con una servilleta—. Dani tiene quince. Su madre y yo nos divorciamos hace dos años y… él lo está pasando mal. —Te entiendo —Ana le cubrió la mano con la suya—. Para los niños siempre es difícil pasar por un divorcio. Es normal. —¿De verdad estás dispuesta a aceptarnos a los dos? En aquel momento Ana creyó de corazón que sí. Tenía treinta y dos años, venía de un primer matrimonio fallido sin hijos y soñaba con tener una familia de verdad. Maxim parecía justo el hombre idóneo para construir algo bonito. Seis meses después le pidió matrimonio —torpe, nervioso, escondiendo el anillo en una caja de sus pasteles favoritos. Ana rió y dijo “sí” sin dudarlo. La boda fue sencilla: familia, un par de amigos y un restaurante asequible. Dani pasó la velada pegado al móvil, sin mirar a los recién casados. —Se acostumbrará —le susurró Maxim al ver la cara de Ana—. Dale tiempo. El día después de la boda Ana se mudó al amplio piso de tres habitaciones de Maxim. Era un buen piso: luminoso, gran cocina y balcón a un patio interior. Pero desde el principio Ana se sintió como una invitada en casa ajena… Dani la trataba como a un mueble —miraba a través de ella, sin verla. Cuando Ana entraba en una habitación, él se ponía los auriculares con gesto teatral. Si le preguntaba algo, respondía con monosílabos, sin mirarla. Las dos primeras semanas Ana lo atribuyó a que necesitaba adaptarse. El chico lo estaba pasando mal aceptando que su padre tenía nueva esposa. Con el tiempo, todo mejoraría. Pero no fue así. —Dani, por favor, no comas en tu cuarto. Luego vienen las cucarachas. —Mi padre me deja. —Dani, ¿los deberes hechos? —No es asunto tuyo. —Dani, recoge lo que has dejado tirado. —Recógelo tú, si tanto te molesta. Ana intentó hablarlo con Maxim. Con cuidado de no sonar a madrastra malvada de cuento. —Creo que deberíamos poner unas normas básicas —dijo una noche, tras encerrarse Dani en su cuarto—. Nada de comer en las habitaciones, que recoja sus cosas, que haga los deberes antes de cierta hora… —A Ana, ya lo está pasando mal. —Maxim se frotó el puente de la nariz—. El divorcio, la llegada de alguien nuevo… No le agobiemos. —No le agobio, solo quiero orden. —Es solo un crío. —Tiene quince, Maxim. A esa edad ya se puede aprender a recoger la taza que usa. Pero Maxim solo suspiró y encendió la tele, dejando claro que el tema estaba cerrado. Cada día la situación era más insostenible. La vez que Ana pidió a Dani sacar la basura, él la miró con desprecio abierto. —No eres mi madre. Y nunca lo serás. No tienes derecho a mandar. —No mando, solo pido ayuda con la casa. Vivimos todos aquí. —Esta no es tu casa. Es la casa de mi padre. Y mía. Ana intentó hablar otra vez con su marido. Él escuchaba, asentía, prometía hablar con el chico. Pero al final no cambiaba nada —o directamente la conversación nunca llegaba a suceder, Ana ya no lo sabía. Dani empezó a volver a casa a partir de medianoche, sin avisar. Ana no pegaba ojo, pendiente de cada ruido en la escalera. Maxim roncaba a su lado, imperturbable. —Por favor, dile al menos que avise, que diga dónde está —le pidió por la mañana Ana—. Cualquier cosa puede pasar. —Es mayor, Ana. No podemos controlarle. —¡Tiene quince! —Yo también salía hasta tarde a su edad. —¿No puedes hablarlo con él? Que sepa que nos preocupamos, nada más. Maxim se encogió de hombros y se marchó al trabajo… Cada intento de marcar alguna norma acababa en bronca. Dani gritaba, daba portazos, acusaba a Ana de arruinar su familia. Y siempre Maxim, una vez más, se ponía de parte del niño. —Está pasándolo mal tras el divorcio —repetía como un mantra—. Tienes que entenderlo. —¿Y yo no lo paso mal? —Ana explotó—. Vivo en una casa donde me desprecian abiertamente, y mi marido hace como que nada ocurre. —Exageras. —¿¡Exagero!? Tu hijo me ha dicho que aquí no soy nadie y punto. Literalmente. —Es un adolescente. Son así. Ana llamó a su madre, que siempre sabía encontrar las palabras justas. —Cariño —la voz de su madre sonaba preocupada—. Eres infeliz y se te nota en cada palabra. —Mamá, no sé qué hacer. Maxim no quiere ver el problema. —Porque para él no hay problema. Así está bien. Solo sufres tú. Svetlana hizo una pausa y añadió en voz baja: —Te mereces algo mejor, Ana. Piénsalo. Dani, sintiéndose totalmente impune, campaba a sus anchas. Música a todo volumen hasta las tres de la madrugada. Platos sucios repartidos por todas partes: la mesita del salón, el alféizar de la ventana en el dormitorio, incluso el baño. Calcetines por el pasillo, libros en la mesa de la cocina. Ana limpiaba porque no soportaba la suciedad. Limpiaba y lloraba de impotencia. Llegó un punto en que Dani ni la saludaba. Solo existía para él cuando podía soltar alguna grosería o faltar al respeto. —No sabes cómo tratar a un niño —le soltó un día Maxim—. Igual el problema eres tú. —¿Tratar? —Ana esbozó una sonrisa amarga—. Llevo medio año intentándolo. Delante de ti me llama “esa”. —Dramatizas. Su último intento de tender puentes le llevó todo un día. Buscó en Internet la receta favorita de Dani: pollo con salsa de miel y patatas rústicas. Compró los mejores ingredientes, pasó cuatro horas en la cocina. —¡Dani, a cenar! —lo llamó, con la mesa puesta. El chaval salió, miró el plato y puso cara de asco. —No pienso comer esto. —¿Por qué? —Porque lo has cocinado tú. Se dio la vuelta y se marchó. Un portazo y Dani se fue con sus amigos. Maxim llegó de trabajar, vio la cena fría y a su esposa decaída. —¿Qué ha pasado? Ana se lo explicó. Maxim suspiró. —Bueno, Ana… No te lo tomes a pecho. No lo hace con mala intención. —¿¡Sin mala intención!? ¡Me humilla a diario! —Estás siendo demasiado dramática. Una semana más tarde Dani apareció con cinco amigos de clase. Cuando Ana fue a la cocina, la encontró llena de restos de comida, todo desordenado. —¡En esta casa no se va a tolerar esto! —entró en el salón, donde estaban los chicos tirados en el sofá—. ¡Son las once de la noche, todo el mundo fuera! Ni se giró Dani. —Esta es mi casa. Hago lo que me da la gana. —Es la casa de todos. Hay normas. —¿Qué normas? —uno de los chicos se rio—. ¿Y tú quién eres? —Nada, no te preocupes —respondió Dani. Ana se encerró en su habitación y llamó a Maxim. Llegó una hora después, cuando los chicos ya se habían ido. Vio el estropicio y a su mujer agotada. —Ana, no montes un drama. Son chicos, estaban un rato. —¿Un rato? —Exageras. Y, además —Maxim la miró ceñudo— siento como si intentaras ponerme en contra de mi hijo. Ana miraba a su marido y ya no lo reconocía. —Maxim, tenemos que hablar seriamente —le dijo al día siguiente—. De nosotros. De nuestro futuro. Él se puso tenso, pero se sentó enfrente. —No puedo más —Ana habló despacio, pesando cada palabra—. Hace medio año que soporto faltas de respeto. Por parte de Dani, groserías. Por tu parte, indiferencia total a mis sentimientos. —Ana, yo… —Déjame acabar. He intentado de todo, honestamente. Pero aquí no hay familia. Solo estás tú, tu hijo y yo, una extraña tolerada porque cocino y limpio. —No eres justa. —¿Y cuándo fue la última vez que tu hijo me dirigió una palabra amable? ¿Cuándo, tú, estuviste de mi lado? Maxim callaba. —Te quiero —susurró él por fin—. Pero Dani es mi hijo. Es lo más importante en mi vida. —¿Más importante que yo? —Más importante que cualquier otra relación. Ana asintió. Por dentro sentía vacío y un frío cortante. —Gracias por ser sincero. La gota que colmó el vaso llegó dos días después. Ana encontró su blusa favorita —regalo de su madre—, cortada en tiras sobre la almohada. No había duda de quién lo había hecho. —¡Dani! —salió con los jirones en la mano—. ¿Esto qué es? Él se encogió de hombros, sin levantar la vista del móvil. —Ni idea. —¡Es mío! —¿Y? —¡Maxim! —Ana llamó a su marido—. Ven a casa. YA. Maxim vino, vio la blusa, vio al hijo, miró a su mujer. —¿Dani, has sido tú? —No. —¿Ves? —Maxim se encogió de hombros—. Él dice que no ha sido. —¿Y quién, entonces? ¿El gato? ¡No tenemos! —Igual ha sido sin querer… —¡Maxim! Ana miraba a su marido y comprendió que no tenía sentido seguir hablando. Él nunca iba a cambiar. Jamás iba a ponerse de su parte. Para él solo existía una prioridad: su hijo. Y ella… era mera función doméstica. —A Dani le duele estar sin su madre —insistió por enésima vez Maxim—. Tienes que comprenderlo. —Lo comprendo —Ana respondió muy tranquila—. Ahora lo entiendo todo. Por la tarde sacó las maletas. —¿Qué haces? —Maxim se quedó parado en la puerta del dormitorio. —Recojo mis cosas. Me marcho. —¡Ana, espera! ¡Hablemos! —Llevamos medio año hablando. No cambia nada —Ana doblaba con esmero sus vestidos en la maleta—. También tengo derecho a buscar mi felicidad, Maxim. —¡Voy a cambiar, hablaré con Dani! —Es tarde. Miró a su marido —ese hombre atractivo, adulto, que nunca supo ser esposo. Solo padre. Uno de esos padres que terminan malcriando a propósito. —La semana que viene solicitaré el divorcio —dijo mientras cerraba la cremallera de la maleta. —¡Ana! —Adiós, Maxim. Salió del piso sin volver la vista. En el pasillo vio la cara de Dani —por primera vez no reflejaba desprecio, quizá desconcierto, o miedo. Ana ya no sentía nada. El piso de alquiler era pequeño pero acogedor, un apartamento en un barrio tranquilo, con ventanas a un patio silencioso. Ana sacó sus cosas, se preparó un té y se sentó en el alféizar. Por primera vez en seis meses sentía paz. El divorcio llegó dos meses después. Maxim intentó llamarla varias veces, pidiendo otra oportunidad. Ana fue siempre educada pero firme: no. No se quebró, ni se volvió resentida. Simplemente comprendió que la felicidad no consiste en aguantar y sacrificarse sin cesar. La felicidad es que te respeten, que te valoren. Y algún día, está segura, la encontrará. Pero no será con ese hombre.

No puedo con él. Simplemente, no puedo encontrar el modo de acercarme.

¡No pienso hacerlo! ¡No me mandes! ¡No eres nadie para mí!

Mario lanzó el plato al fregadero con tanta fuerza que el agua salpicó toda la encimera. Me quedé sin aire unos segundos, apoyada contra la nevera. El chico de quince años me miraba con una rabia tan intensa que parecía pensar que yo era la responsable de todas sus desgracias.

Solo te he pedido ayuda con los platosle respondí lo más serena que pude. Es lo normal.
¡Mi madre nunca me obligaba a fregar! ¡No soy una cría! ¿Y tú quién te crees para darme órdenes?

Mario salió de la cocina y, al instante, su cuarto empezó a retumbar con música.

Me apoyé en la nevera y cerré los ojos. Hace un año todo era tan distinto…

Rubén apareció de forma inesperada en mi vida. Trabajaba como ingeniero en otro departamento de la misma constructora. Coincidíamos en reuniones, luego pasamos a tomar café juntos en las pausas del mediodía, cenas de vez en cuando, largas llamadas al final del día.

Tengo un hijo confesó Rubén en nuestra tercera cita, jugueteando con la servilleta. Mario, quince años. Su madre y yo nos separamos hace dos años. Para él… está siendo duro.
Lo entiendo respondí, apoyando mi mano sobre la suya. Un divorcio es difícil para cualquier niño. Es normal.
¿De verdad quieres aceptarnos a los dos?

En ese momento creía que sí. Yo tenía entonces treinta y dos, tras un matrimonio fallido y sin hijos. Anhelaba una familia real, y Rubén parecía ese hombre con quien empezar de nuevo.

Seis meses después, Rubén me pidió matrimonio torpe, nervioso, metiendo el anillo en la caja de mis pastas favoritas de la pastelería. Me eché a reír y acepté, sin dudar un segundo.

La boda fue sencilla: padres, un par de amigos íntimos, un restaurante modesto. Mario pasó toda la comida pegado al móvil, sin dirigirnos ni una mirada.

Se acostumbrará me susurró Rubén, notando que yo no podía tapar mi desconcierto. Solo dale tiempo.

El día siguiente a la boda me mudé al piso grande de Rubén, en Carabanchel. Un piso luminoso, con una cocina amplia y un balcón sobre el patio. Pero desde el primer minuto, me sentí una invitada en casa ajena…

Mario me miraba como si fuese un mueble: de largo, sin verme. Si entraba en una habitación, él se ponía los cascos. Si le preguntaba algo, contestaba con monosílabos, sin mirarme.

Durante dos semanas pensé que era adaptación. Era lógico: al chico le costaba aceptar a la nueva pareja de su padre. Pronto pasaría. Pero no pasó.

Mario, por favor, no comas en la habitación. Acabaremos con cucarachas.
Mi padre me dejaba.
Mario, ¿has hecho los deberes?
No es asunto tuyo.
¿Puedes recoger lo que has dejado tirado?
Recoge tú. Si tienes tanto tiempo libre.

Intenté hablarlo con Rubén. Elegía bien mis palabras, sin parecer la madrastra de cuento.

Creo que debemos fijar algunas normas le conté una tarde mientras Mario se encerraba en su habitación. No comer en los dormitorios, recoger cada uno lo suyo, deberes antes de cierta hora
Lucía, ya lo está pasando bastante mal respondió Rubén, frotándose el entrecejo. El divorcio, una persona nueva en casa… No le metamos más presión.
No es presión. Solo quiero que haya un mínimo de orden.
Aún es un chaval.
Tiene quince, Rubén. Ya debería saber lavar su vaso al menos.

Solo resopló, encendió la tele y dio a entender que el tema estaba cerrado.

La cosa cada día iba a peor. Cuando le pedí a Mario que bajara la basura, me miró con absoluto desprecio.

Tú no eres mi madre. Ni lo serás nunca. No tienes derecho a mandar nada.
No mando, solo te pido ayuda en una casa que es de todos.
Esta no es tu casa. Es la de mi padre. Y mía.

Volví a hablar con Rubén. Me escuchaba, asentía, prometía hablar con Mario. Al final, o no hablaba o no servía de nada.

Mario comenzó a llegar a casa bien entrada la madrugada, sin avisar. Yo, desvelada, atenta a cualquier ruido en el portal. Rubén, mientras, dormía profundamente, como si nada.

Al menos dile que avise cuando llegue tarde le pedí una mañana. Cualquier cosa podría pasar.
Está creciendo, Lucía. No podemos controlarle.
¡Que solo tiene quince!
Yo a su edad también salía hasta tarde.
¿Pero podrías explicarle que nos preocupa? ¿Hablarlo, al menos?

Rubén encogió los hombros y se fue a trabajar.

Cada intento de poner un límite acababa en gritos. Mario chillaba, daba portazos, me decía que destrozaba la familia. Y Rubén siempre le daba la razón.

Ya sabes, después del divorcio… tienes que entenderlo repetía como si fuera un credo.
¿Y yo? ¿No lo paso mal? Vivo en una casa donde me desprecian abiertamente y tú finges que todo está bien.
Exageras.
¿Exagero? Tu hijo me dijo literalmente que aquí no soy nadie.
Palabras textuales.

Es que los chavales de esa edad son así.

Llamé a mi madre. Ella siempre sabía qué decir.

Hija su voz sonaba llena de preocupación, estás infeliz. Se nota en cada palabra tuya.
Mamá, no sé qué hacer. Rubén no reconoce que haya un problema.
Eso es porque él está cómodo tal y como está. La única que sufre eres tú.

Mi madre guardó silencio, luego añadió:

Te mereces algo mejor, Lucía. Piénsalo.

Mario, viendo que no recibía consecuencias, fue a más. La música tronaba hasta las tantas, la vajilla sucia aparecía en cualquier sitio, los calcetines tirados hasta en el pasillo, libros de texto en la cocina.

Yo limpiaba, porque no soportaba la suciedad; limpiaba y lloraba de desesperación.
Llegó un punto en que Mario ni me saludaba. Existía solo para lanzarme pullas o faltarme al respeto.

No sabes tratar con jóvenes me reprochó Rubén un día. Igual la que tienes un problema eres tú.
¿Un problema? esbocé una sonrisa amarga. Llevo medio año intentándolo y con suerte me llama esa tía”.
Estás dramatizando demasiado.

Mi último intento por acercarme a Mario me llevó todo un día: busqué una receta de pollo en salsa de miel con patatas al estilo de Segovia, su favorito según Rubén. Lo cociné con los mejores productos durante cuatro horas.

¡Mario, ven a cenar! le llamé mientras ponía la mesa.

El chico salió, miró el plato y puso cara de asco.

No pienso comer eso.
¿Por qué?
Porque lo has cocinado tú.

Se giró y se largó. Al minuto, portazo. Se había ido con sus amigos.

Cuando Rubén regresó a casa, vio la cena fría y mi cara de agotamiento.

¿Qué ha pasado?

Le conté todo. Él resopló.

Lucía… No te lo tomes a pecho. No lo hace con mala intención.
¿Sin mala intención? Me falta el respeto a propósito, Rubén.
Te lo tomas demasiado a pecho.

Una semana después, Mario trajo una pandilla de cinco a casa. La cocina quedó llena de latas y restos de comida por todos lados.

¡Ya basta! Entré al salón, donde estaban tirados en el sofá. Son las once, fuera todos.

Mario ni me miró.

Esta es mi casa. Hago lo que quiero.
Este piso es de todos. Aquí hay normas.
¿Qué normas? uno de sus amigos soltó una risa. Mario, ¿quién es esta?
Nadie. No le hagas caso.

Me encerré en el dormitorio y llamé a Rubén. Apareció una hora después, cuando los chicos ya se habían marchado. Observó el desastre, me vio derrotada.

No sé por qué te agobias tanto dijo. Solo vinieron un rato.
¿Solo un rato?
Estás exagerando. Y para colmo, parece que quieres enfrentarme a mi hijo.

Le miré y sentí que no reconocía al hombre del que me enamoré.

Rubén, tenemos que hablar le señalé al día siguiente. De nosotros y del futuro.

Él se tensó, pero se sentó enfrente.

No puedo más así elegí cada palabra con cuidado. Llevo medio año aguantando faltas. Mario me trata fatal y tú ignoras mis sentimientos.
Lucía, yo…
Por favor, déjame acabar. He intentado integrarme. Pero no hay familia aquí. Estás tú, tu hijo y yo, una extraña que cocina y limpia.
No es justo.
¿No? ¿Cuándo fue la última vez que tu hijo me dijo algo agradable? ¿Cuándo me defendiste tú?

Silencio.

Te quiero murmuró al cabo de un rato. Pero Mario es mi hijo. Es lo más importante.
¿Más que yo?
Más que todo.

Asentí. Vacío y frío por dentro.

Gracias por ser sincero.

Dos días después, el vaso se colmó. Encontré mi blusa favorita regalo de mamá hecha jirones sobre la almohada. No cabía duda de quién había sido.

¡Mario! fui directa a él con los restos en la mano. ¿Esto qué es?

Encogió los hombros, sin soltar el móvil.

Ni idea.
¡Era mío!
¿Y qué?
¡Rubén, ven a casa ahora mismo!

Rubén llegó, observó la blusa, a Mario, luego a mí.

Mario, ¿has sido tú?
No.
¿Ves? Dice que no ha sido.
¿Quién entonces? ¿El gato? ¡No tenemos gato!
¿Quizá fue un accidente…?
¡Rubén!

Le miré y comprendí que jamás cambiaría. Nunca estaría de mi parte. Solo existía su hijo. Yo solo era la que hacía la casa llevadera.

Mario lo pasa mal sin su madre me repitió Rubén una vez más. Tienes que entenderle.
Ya lo entiendo le contesté muy tranquila. Entiendo todo.

Esa noche saqué la maleta.

¿Qué haces? Rubén se quedó pasmado en el umbral.
Recojo mis cosas. Me voy.
¡Lucía, espera! ¡Hablemos!
Llevamos medio año hablando y nada cambia guardé los vestidos. Tengo derecho a una vida feliz, Rubén.
¡Puedo cambiar! ¡Hablaré con Mario!
Demasiado tarde.

Le miré. Era un hombre apuesto y maduro, incapaz de ser marido. Solo padre, y un padre ciego que está arruinando a su hijo con tanta permisividad.

Pediré el divorcio la semana próxima le avisé, cerrando la cremallera de la maleta.
¡Lucía!
Adiós, Rubén.

Salí de casa sin mirar atrás. En el pasillo, por primera vez en todo ese tiempo, Mario me miró con algo que no era desprecio. ¿Desconcierto? ¿Miedo? Ya daba igual.

El piso de alquiler era humilde, pero acogedor un estudio en el Barrio de la Concepción, ventanas a un patio tranquilo. Coloqué mis cosas, preparé un té y me senté junto al ventanal. Hacía medio año que no estaba tan en paz.

…El divorcio salió dos meses después. Rubén me llamó varias veces pidiendo otra oportunidad. Fui amable, pero firme: no.
No me rompí, no me volví amarga. Solo comprendí que la felicidad no es resignarse ni sacrificarse sin parar. La felicidad es que te respeten y te valoren. Y sé que algún día, la encontraré.

Solo que no será con ese hombre.

De todo esto, he aprendido a no conformarme con menos de lo que merezco, ni a perderme por mantener los sueños de otros. El respeto a uno mismo es lo primero en la vida.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

three + 3 =

Simplemente no consigues conectar con él —¡No pienso hacerlo! ¡Y deja de darme órdenes! ¡Tú no eres nadie para mí! Dani tiró el plato en el fregadero con tanta fuerza que las salpicaduras llenaron toda la encimera. Ana se quedó sin aire por un instante. El chico de quince años la miraba con tal rabia, como si ella misma hubiese destrozado su vida. —Solo te he pedido que me ayudes con los platos —intentó Ana mantener la calma—. Es una petición normal, nada más. —¡Mi madre nunca me obligaba a fregar! ¡No soy ninguna chica! Y además, ¿tú quién te crees para decirme lo que tengo que hacer? Dani se giró y se marchó de la cocina. A los pocos segundos, la música atronadora comenzó a sonar desde su habitación. Ana se apoyó en la nevera y cerró los ojos. Hace un año, todo parecía muy distinto… Fue pura casualidad cómo apareció Maxim en su vida. Ingeniero en el departamento de al lado, en una importante constructora, coincidían a menudo en reuniones. Primero el café en el descanso, después cenas tras el trabajo, largas charlas telefónicas hasta la medianoche. —Tengo un hijo —le confesó Maxim en la tercera cita, jugando nervioso con una servilleta—. Dani tiene quince. Su madre y yo nos divorciamos hace dos años y… él lo está pasando mal. —Te entiendo —Ana le cubrió la mano con la suya—. Para los niños siempre es difícil pasar por un divorcio. Es normal. —¿De verdad estás dispuesta a aceptarnos a los dos? En aquel momento Ana creyó de corazón que sí. Tenía treinta y dos años, venía de un primer matrimonio fallido sin hijos y soñaba con tener una familia de verdad. Maxim parecía justo el hombre idóneo para construir algo bonito. Seis meses después le pidió matrimonio —torpe, nervioso, escondiendo el anillo en una caja de sus pasteles favoritos. Ana rió y dijo “sí” sin dudarlo. La boda fue sencilla: familia, un par de amigos y un restaurante asequible. Dani pasó la velada pegado al móvil, sin mirar a los recién casados. —Se acostumbrará —le susurró Maxim al ver la cara de Ana—. Dale tiempo. El día después de la boda Ana se mudó al amplio piso de tres habitaciones de Maxim. Era un buen piso: luminoso, gran cocina y balcón a un patio interior. Pero desde el principio Ana se sintió como una invitada en casa ajena… Dani la trataba como a un mueble —miraba a través de ella, sin verla. Cuando Ana entraba en una habitación, él se ponía los auriculares con gesto teatral. Si le preguntaba algo, respondía con monosílabos, sin mirarla. Las dos primeras semanas Ana lo atribuyó a que necesitaba adaptarse. El chico lo estaba pasando mal aceptando que su padre tenía nueva esposa. Con el tiempo, todo mejoraría. Pero no fue así. —Dani, por favor, no comas en tu cuarto. Luego vienen las cucarachas. —Mi padre me deja. —Dani, ¿los deberes hechos? —No es asunto tuyo. —Dani, recoge lo que has dejado tirado. —Recógelo tú, si tanto te molesta. Ana intentó hablarlo con Maxim. Con cuidado de no sonar a madrastra malvada de cuento. —Creo que deberíamos poner unas normas básicas —dijo una noche, tras encerrarse Dani en su cuarto—. Nada de comer en las habitaciones, que recoja sus cosas, que haga los deberes antes de cierta hora… —A Ana, ya lo está pasando mal. —Maxim se frotó el puente de la nariz—. El divorcio, la llegada de alguien nuevo… No le agobiemos. —No le agobio, solo quiero orden. —Es solo un crío. —Tiene quince, Maxim. A esa edad ya se puede aprender a recoger la taza que usa. Pero Maxim solo suspiró y encendió la tele, dejando claro que el tema estaba cerrado. Cada día la situación era más insostenible. La vez que Ana pidió a Dani sacar la basura, él la miró con desprecio abierto. —No eres mi madre. Y nunca lo serás. No tienes derecho a mandar. —No mando, solo pido ayuda con la casa. Vivimos todos aquí. —Esta no es tu casa. Es la casa de mi padre. Y mía. Ana intentó hablar otra vez con su marido. Él escuchaba, asentía, prometía hablar con el chico. Pero al final no cambiaba nada —o directamente la conversación nunca llegaba a suceder, Ana ya no lo sabía. Dani empezó a volver a casa a partir de medianoche, sin avisar. Ana no pegaba ojo, pendiente de cada ruido en la escalera. Maxim roncaba a su lado, imperturbable. —Por favor, dile al menos que avise, que diga dónde está —le pidió por la mañana Ana—. Cualquier cosa puede pasar. —Es mayor, Ana. No podemos controlarle. —¡Tiene quince! —Yo también salía hasta tarde a su edad. —¿No puedes hablarlo con él? Que sepa que nos preocupamos, nada más. Maxim se encogió de hombros y se marchó al trabajo… Cada intento de marcar alguna norma acababa en bronca. Dani gritaba, daba portazos, acusaba a Ana de arruinar su familia. Y siempre Maxim, una vez más, se ponía de parte del niño. —Está pasándolo mal tras el divorcio —repetía como un mantra—. Tienes que entenderlo. —¿Y yo no lo paso mal? —Ana explotó—. Vivo en una casa donde me desprecian abiertamente, y mi marido hace como que nada ocurre. —Exageras. —¿¡Exagero!? Tu hijo me ha dicho que aquí no soy nadie y punto. Literalmente. —Es un adolescente. Son así. Ana llamó a su madre, que siempre sabía encontrar las palabras justas. —Cariño —la voz de su madre sonaba preocupada—. Eres infeliz y se te nota en cada palabra. —Mamá, no sé qué hacer. Maxim no quiere ver el problema. —Porque para él no hay problema. Así está bien. Solo sufres tú. Svetlana hizo una pausa y añadió en voz baja: —Te mereces algo mejor, Ana. Piénsalo. Dani, sintiéndose totalmente impune, campaba a sus anchas. Música a todo volumen hasta las tres de la madrugada. Platos sucios repartidos por todas partes: la mesita del salón, el alféizar de la ventana en el dormitorio, incluso el baño. Calcetines por el pasillo, libros en la mesa de la cocina. Ana limpiaba porque no soportaba la suciedad. Limpiaba y lloraba de impotencia. Llegó un punto en que Dani ni la saludaba. Solo existía para él cuando podía soltar alguna grosería o faltar al respeto. —No sabes cómo tratar a un niño —le soltó un día Maxim—. Igual el problema eres tú. —¿Tratar? —Ana esbozó una sonrisa amarga—. Llevo medio año intentándolo. Delante de ti me llama “esa”. —Dramatizas. Su último intento de tender puentes le llevó todo un día. Buscó en Internet la receta favorita de Dani: pollo con salsa de miel y patatas rústicas. Compró los mejores ingredientes, pasó cuatro horas en la cocina. —¡Dani, a cenar! —lo llamó, con la mesa puesta. El chaval salió, miró el plato y puso cara de asco. —No pienso comer esto. —¿Por qué? —Porque lo has cocinado tú. Se dio la vuelta y se marchó. Un portazo y Dani se fue con sus amigos. Maxim llegó de trabajar, vio la cena fría y a su esposa decaída. —¿Qué ha pasado? Ana se lo explicó. Maxim suspiró. —Bueno, Ana… No te lo tomes a pecho. No lo hace con mala intención. —¿¡Sin mala intención!? ¡Me humilla a diario! —Estás siendo demasiado dramática. Una semana más tarde Dani apareció con cinco amigos de clase. Cuando Ana fue a la cocina, la encontró llena de restos de comida, todo desordenado. —¡En esta casa no se va a tolerar esto! —entró en el salón, donde estaban los chicos tirados en el sofá—. ¡Son las once de la noche, todo el mundo fuera! Ni se giró Dani. —Esta es mi casa. Hago lo que me da la gana. —Es la casa de todos. Hay normas. —¿Qué normas? —uno de los chicos se rio—. ¿Y tú quién eres? —Nada, no te preocupes —respondió Dani. Ana se encerró en su habitación y llamó a Maxim. Llegó una hora después, cuando los chicos ya se habían ido. Vio el estropicio y a su mujer agotada. —Ana, no montes un drama. Son chicos, estaban un rato. —¿Un rato? —Exageras. Y, además —Maxim la miró ceñudo— siento como si intentaras ponerme en contra de mi hijo. Ana miraba a su marido y ya no lo reconocía. —Maxim, tenemos que hablar seriamente —le dijo al día siguiente—. De nosotros. De nuestro futuro. Él se puso tenso, pero se sentó enfrente. —No puedo más —Ana habló despacio, pesando cada palabra—. Hace medio año que soporto faltas de respeto. Por parte de Dani, groserías. Por tu parte, indiferencia total a mis sentimientos. —Ana, yo… —Déjame acabar. He intentado de todo, honestamente. Pero aquí no hay familia. Solo estás tú, tu hijo y yo, una extraña tolerada porque cocino y limpio. —No eres justa. —¿Y cuándo fue la última vez que tu hijo me dirigió una palabra amable? ¿Cuándo, tú, estuviste de mi lado? Maxim callaba. —Te quiero —susurró él por fin—. Pero Dani es mi hijo. Es lo más importante en mi vida. —¿Más importante que yo? —Más importante que cualquier otra relación. Ana asintió. Por dentro sentía vacío y un frío cortante. —Gracias por ser sincero. La gota que colmó el vaso llegó dos días después. Ana encontró su blusa favorita —regalo de su madre—, cortada en tiras sobre la almohada. No había duda de quién lo había hecho. —¡Dani! —salió con los jirones en la mano—. ¿Esto qué es? Él se encogió de hombros, sin levantar la vista del móvil. —Ni idea. —¡Es mío! —¿Y? —¡Maxim! —Ana llamó a su marido—. Ven a casa. YA. Maxim vino, vio la blusa, vio al hijo, miró a su mujer. —¿Dani, has sido tú? —No. —¿Ves? —Maxim se encogió de hombros—. Él dice que no ha sido. —¿Y quién, entonces? ¿El gato? ¡No tenemos! —Igual ha sido sin querer… —¡Maxim! Ana miraba a su marido y comprendió que no tenía sentido seguir hablando. Él nunca iba a cambiar. Jamás iba a ponerse de su parte. Para él solo existía una prioridad: su hijo. Y ella… era mera función doméstica. —A Dani le duele estar sin su madre —insistió por enésima vez Maxim—. Tienes que comprenderlo. —Lo comprendo —Ana respondió muy tranquila—. Ahora lo entiendo todo. Por la tarde sacó las maletas. —¿Qué haces? —Maxim se quedó parado en la puerta del dormitorio. —Recojo mis cosas. Me marcho. —¡Ana, espera! ¡Hablemos! —Llevamos medio año hablando. No cambia nada —Ana doblaba con esmero sus vestidos en la maleta—. También tengo derecho a buscar mi felicidad, Maxim. —¡Voy a cambiar, hablaré con Dani! —Es tarde. Miró a su marido —ese hombre atractivo, adulto, que nunca supo ser esposo. Solo padre. Uno de esos padres que terminan malcriando a propósito. —La semana que viene solicitaré el divorcio —dijo mientras cerraba la cremallera de la maleta. —¡Ana! —Adiós, Maxim. Salió del piso sin volver la vista. En el pasillo vio la cara de Dani —por primera vez no reflejaba desprecio, quizá desconcierto, o miedo. Ana ya no sentía nada. El piso de alquiler era pequeño pero acogedor, un apartamento en un barrio tranquilo, con ventanas a un patio silencioso. Ana sacó sus cosas, se preparó un té y se sentó en el alféizar. Por primera vez en seis meses sentía paz. El divorcio llegó dos meses después. Maxim intentó llamarla varias veces, pidiendo otra oportunidad. Ana fue siempre educada pero firme: no. No se quebró, ni se volvió resentida. Simplemente comprendió que la felicidad no consiste en aguantar y sacrificarse sin cesar. La felicidad es que te respeten, que te valoren. Y algún día, está segura, la encontrará. Pero no será con ese hombre.
He vuelto al trabajo y por la tarde recorrí el mismo camino. Sin embargo, no pude encontrar a David.