30 de octubre
Hoy me senté en la mesa de la cocina con el viejo portátil de la empresa, mientras el televisor de la sala murmuraba una serie de los años noventa. Tenía abierta una presentación sencilla: Cómo no caer en las trampas de los estafadores en la red. Curso para mujeres mayores de 40. Leía y releía la primera diapositiva, sintiendo que sonaba demasiado escolar, pero no encontraba otra forma más clara.
Desde el salón escuchaba a mi madre, que veía una telenovela, llamándome de vez en cuando para que le trajera agua o acomodara el mantón. Me levantaba sin pensarlo, le llevaba lo que pedía, volvía al portátil y me repetía: si no empiezo ahora, nunca lo haré.
Hace un año me despidieron del banco después de treinta y cinco años. Con 43 años, en cada entrevista me susurraban con delicadeza que buscaban a alguien más joven y con más energía. Al mismo tiempo, antiguas clientas me llamaban a mi número personal: Carmela, me ha llegado un mensaje del banco que bloquean mi tarjeta si no pongo un código ¿Es verdad?. Cada vez que les explicaba que era una estafa, sentía que esas llamadas se multiplicaban.
Una vecina del edificio, Begoña, me contó hace una semana que había transferido todo su ahorro a unos supuestos investigadores porque le dijeron que su hijo estaba en problemas. Esa historia encendió una rabia que llevaba tiempo contenida. Yo conocía esos fraudes de memoria, los había visto en boletines internos, pero ahora aparecían en la vida real de alguien que, como ella, se avergonzaba tanto que ni siquiera lo mencionó a su marido.
Esa misma noche redacté el esquema del curso: grupos reducidos, lenguaje llano, sin jerga. Explicaría la autenticación de doble factor, por qué no se deben dictar códigos por teléfono y cómo diferenciar una página oficial de una falsificación. Me imaginé en la biblioteca municipal o en el centro cívico, frente a diez mujeres, algunas con cuadernos, otras con sus móviles, escuchando y preguntando. Esa imagen me dio un poco de aliento.
El primer paso fue contactar al centro cívico, que a veces alquilaba salas para charlas. Escribí: Buenos días. Me llamo Carlos, exempleado del Banco Santander. Quisiera proponer un curso gratuito de seguridad digital para mujeres mayores de cuarenta. ¿Podríamos hablar de la disponibilidad de una sala?. Revisé el mensaje, quité la palabra exempleado para que sonara menos formal, respiré hondo y pulsé Enviar.
Una hora después recibí respuesta de la administradora, Lucía: la idea le parecía interesante, pero el salón estaba ocupado; solo quedaba una pequeña sala para las tardes. El precio del alquiler era bajo, pero para mí representaba un gasto. Hice cuentas y concluí que, con ocho participantes pagando una cuota simbólica, podría cubrir los costos. Le confirmé a Lucía que aceptaba.
Los dos días siguientes los dediqué a crear el anuncio. Tomé una foto del portátil junto a una taza de té, redacté: Mujeres 40+, aprendamos juntas a proteger nuestro dinero y datos en internet. Sin tecnicismos, grupo pequeño, ejemplos reales. Lo publiqué en el grupo del barrio y pedí a Begoña que lo compartiera.
Al final del día recibí cuatro respuestas. Dos mujeres admitían que llevaban tiempo queriendo informarse pero les daba vergüenza; una quería venir acompañada de una amiga; la cuarta indagaba sobre mi trayectoria y pedía pruebas de mi experiencia. Les envié fotos de mi antiguo pase del banco y del certificado de los cursos de actualización que había realizado. Finalmente, la última respondió: Me convence. Inscribe a Ana y a Lucía.
El viernes siguiente llegué al centro cívico temprano. La sala del segundo piso olía a polvo y a pintura vieja. Limpié las mesas con paños húmedos, revisé los enchufes y pedí a Lucía un prolongador. Coloqué el portátil, lo conecté al proyector y mostré la primera diapositiva. El corazón me latía con fuerza.
Media hora antes de la hora pactada, las primeras asistentes empezaron a entrar. Las recibí en la puerta, anoté sus nombres y teléfonos en mi cuaderno, cobré la cuota y guardé el dinero en un sobre separado para el alquiler. Algunas traían smartphones relucientes, otras teléfonos de botones y una libreta. Conversaban entre sí mientras miraban la pantalla.
Chicas, yo nada entiendo de este mundillo digital exclamó una mujer bajita con un pañuelo rojo brillante. Pero mi hija me ha dicho que si vuelvo a contestar a esa llamada, me la quitará del teléfono.
Todas soltaron una risita que alivió el ambiente. Me presenté, conté brevemente mi paso por el banco y el motivo del curso, manteniendo la mirada en sus rostros. Vi curiosidad, desconfianza y, en algunos casos, una tímida vergüenza.
El taller transcurrió más rápido de lo esperado. Explicamos los tipos de mensajes que envía el banco, cómo reconocer el número de atención oficial y qué es el buzón seguro. Mostré ejemplos reales de correos de phishing, ocultando datos sensibles. Algunas confesaron haber sido víctimas antes, pero temían contarlo a sus familiares.
Al final entregué una hoja con la tarea: copiar en papel todas las contraseñas importantes, crear versiones más robustas y traerlas al próximo encuentro para discutir métodos de almacenamiento seguros. Insistí en que no vería las contraseñas, solo los principios.
Cuando la sala quedó vacía, guardé los cables, apagé el proyector y recogí el sobre con el dinero. Lucía me interceptó en el pasillo.
¿Qué tal? preguntó. ¿Te ha gustado?
Creo que sí respondí, sonriendo. Han reaccionado muy vivamente.
He visto cómo se reían. Si haces más grupos, avísanos. Aquí la gente busca cosas útiles, no solo baile y yoga añadió.
Asentí, ya pensando en una segunda edición, pero decidí que primero debía pulir la primera.
Dos días después, María, una de las participantes, me llamó.
Carlos, me ha vuelto a llamar un supuesto agente de seguridad del banco. Me dice que hay operaciones sospechosas y que tengo que transferir dinero a una cuenta de reserva. Le dije que estaba en el curso y que eso no se hace. Se enfadó, me acusó de poner en riesgo a mi familia. Cuelgo, pero temía que vuelva a llamar.
Le aconsejé que colgara, que no atendiera más llamadas y que verificara la información llamando al número que figura en su tarjeta. María confirmó que el banco le había dicho que todo estaba bien, pero extrañó que el estafador supiera que asistía al taller de seguridad del centro cívico. Le sugerí que tal vez había escuchado algo en la fila del mercado o en el autobús; la gente a veces filtra esas cosas sin darse cuenta.
En la siguiente sesión les pedí a todas que compartieran si habían recibido algo sospechoso últimamente. María alzó la mano y, ruborizada, narró la llamada. El silencio se hizo denso. Begoña, la que había contado su historia, comentó: Entonces ya saben que nos están observando. ¿Y si nos apuntan?.
El ambiente se tensionó, pero mantuve la calma y expliqué que el hecho de que sepan que asistimos al curso no implica que conozcan nombres o datos personales. Propuse reglas simples: no hablar del contenido del taller con desconocidos, no publicar fotos del grupo con la ubicación, ni revelar horarios en redes públicas.
Una participante, Iratxe, se acercó al final del día.
Carlos, tengo miedo. Mi marido dice que estos cursos solo nos asustan. Ahora con la llamada, ¿no será mejor que lo dejemos? dijo, evidentemente angustiada.
Le respondí que no podía prometer la desaparición de los estafadores, pero sí asegurar que, con conocimiento, estarían mejor equipadas para no caer. El miedo es su propio arma; si aprendemos a cuestionar, podemos usarlo a nuestro favor.
Al regresar a casa, la inquietud me acompañó. Encendí la cocina, preparé un café y abrí de nuevo el portátil. Busqué en foros el número con el que había llamado María; encontré varias denuncias idénticas, con los mismos guiones. Anoté los datos y los guardé para entregarlos al banco.
Al día siguiente me presenté en la sucursal del Banco Santander más cercana, no en la que solía trabajar, sino en la que quedaba a pocos metros de mi barrio. Entregué una hoja con la descripción del fraude y el número sospechoso. La cajera me agradeció y aseguró que lo remitirían al departamento de seguridad.
Poco después, un mensaje anónimo apareció en mi móvil: ¿Por qué te metes en lo que no te importa? La gente se pasa la vida creyendo en estafas. Lo capturé, lo envié a mi correo y lo borré. Fue irritante, pero también una prueba de que lo que hacía tenía eco.
Reflexioné entonces sobre mi papel. No soy policía ni guardia de seguridad; soy un hombre que decidió compartir lo que sabe. No cambiará el mundo entero, pero he visto cómo, en pocas sesiones, las mujeres dejaron de contestar a números desconocidos, empezaron a revisar URLs y a preguntar antes de introducir datos. Son pequeños cambios, pero reales.
Anoté en mi cuaderno: «Qué puedo hacer ahora para que el curso sea más seguro?». Listé acciones: no recopilar datos innecesarios, guardar la lista de participantes en un archivo protegido, pedir al centro cívico que no exhiba la temática del taller en los carteles del pasillo.
En la siguiente clase les mostré el mensaje que había recibido; les dije que, aunque no sepamos quién lo envió, su existencia evidencia que estamos haciendo algo que a alguien le incomoda. Begoña, con una sonrisa, comentó: «Pues seguimos, que si nos molestan, es que estamos en el camino correcto».
Al concluir el último encuentro de la primera cohorte, quedó un círculo sin proyector. Cada una contó qué había cambiado: ya no aceptan llamadas inesperadas, verifican direcciones web, se sienten más tranquilas. Iratxe, la escéptica, levantó la mano y dijo: «He entendido que tengo derecho a no saber todo, pero también a preguntar. Hoy le enseñé a mi marido a activar las notificaciones de seguridad del banco y, aunque se rió, al final me dijo gracias».
Al despedirme, les entregué mis datos por si necesitaban ayuda futura. Salí del centro cívico con la luz del atardecer filtrándose por la calle Mayor. En la parada del autobús, vi a varias mujeres con sus teléfonos apretados como amuletos; algunas revisaban mensajes, otras simplemente los observaban.
Subí al autobús, pagué con la tarjeta sanitaria, y, mientras el vehículo avanzaba, anoté en mi cuaderno: «Nuevo módulo: confianza. Cómo decir no por teléfono». La escritura era temblorosa, pero el objetivo estaba claro.
Al cerrar el día, envié a Lucía un mensaje para confirmar que la segunda edición podría iniciar el mes que viene, con una programación actualizada que incluía cómo responder a agresiones verbales en línea.
He aprendido que, aunque no podamos erradicar a los estafadores, sí podemos empoderar a quienes están en riesgo. La seguridad no es un destino, sino una práctica constante. Y, sobre todo, he descubierto que mi deber no era tanto enseñar, sino escuchar y crear espacio para que otras mujeres encuentren su propia voz frente al temor. Esa lección la llevo conmigo, y la compartiré cada vez que abra otro portátil para otro grupo.






