Jorge, ¿has sacado la vajilla buena? La de filo dorado, no la de diario. Y revisa por favor las servilletas, que las he almidonado para que se queden tiesas como en los restaurantes dijo Lucía, aleteando por la cocina mientras se recogía un mechón rebelde de pelo. El horno ya olía a pato asado con manzanas, en la vitrocerámica crepitaban verduras para la guarnición caliente, y la nevera estaba a reventar de ensaladas preparadas a medianoche.
Jorge, su marido, obedecía subido a la escalera.
Luci, de verdad, ¿para qué tanto lío? Si solo vienen los de siempre. Julián, mamá y la tía Rosario. Les da igual comer en cuencos de hojalata, con tal de que no falte el vino gruñó él, bajando una caja de porcelana de Limoges.
No protestes. Hoy es nuestro aniversario: quince años, boda de cristal. Quiero que todo salga perfecto. Y además, ya sabes cómo es tu hermano. Si pongo platos normales, dice que estamos en la ruina; si tienen un desconchón, que soy una guarra. Por una vez, que no tenga excusas para sus bromitas cutres.
Jorge suspiró pesadamente sentándose al bajar. Sabía que su mujer tenía razón. Su hermano mayor, Julián, era, por decirlo suavemente, complicado. O, como Lucía decía a sus amigas, un mal bicho cuyas groserías pasaba por sinceridad de tipo campechano.
Pero prométeme que no vas a entrarle al trapo pidió Jorge mientras limpiaba platos. Las está pasando canutas. Lo despidieron, su mujer lo dejó Está más agrio que un limón.
Jorge, lleva pasándolo mal cuarenta años. Elisa lo dejó porque por fin le funcionó el instinto de supervivencia cortó Lucía, probando una salsa. Voy a aguantar según mi educación. Pero si vuelve a meterse con mi cuerpo o tu sueldo, no respondo de mis actos.
El timbre sonó puntual a las cinco. Primero llegó su suegra, doña Pilar, mujer apacible que adoraba a sus hijos, en especial al díscolo. Detrás, la tía Rosario con su marido. Julián, cómo no, apareció cuarenta minutos tarde, cuando todos miraban las tapas enfriándose.
Entró arrastrando ruido, olor a tabaco barato y la frescura gélida de la calle.
¡Aquí llega el alma de la fiesta! Seguro que no me esperabais, pero aquí estoy soltó una carcajada que tembló en la vivienda. ¿Qué, Jorge? ¿No pensarías que no traía regalo? Anda, toma.
Le encasquetó un paquete envuelto en papel de diario.
¿Y esto? balbuceó el aludido.
¡Un destornillador del chino! Para que arregles algo en casa, a ver si así encuentras el martillo, que tienes menos maña
Lucía, que iba a saludar, forzó una sonrisa.
Hola, Julián. Pasa, lávate las manos. Te esperábamos.
Él la escaneó de arriba abajo, tan desvergonzado que a Lucía le recorrió un escalofrío.
Mira, Lucía ¿Vestido nuevo no? Brilla más que el oro del moro. ¿O es para distraer de las arrugas? Es broma, tú aún aguantas el tipo, bien hermosota.
Jorge aclaró la garganta, cortando el aire denso:
Pasa, que la comida se enfría.
En la mesa, Julián mandó de inmediato. Se sirvió un chupito de orujo hasta el borde y, pinchando un lomo de sardina, se puso a hablar.
A vuestra salud, tortolitos. Quince años juntos… ¡Santa paciencia! ¿Cómo no os habéis ahogado en la bañera mutuamente? Yo con Elisa ni cinco y ya quería colgarme. Las mujeres, ya sabéis… Pero tú, Jorge, tienes suerte, la tuya todavía cocina comestible. Aunque masculló la sardina y mueca de asco. ¿Salada a tope, Lucía? ¿Te ha temblado el pulso de vieja?
Doña Pilar sonrió nerviosa:
Anda, Julián, prueba el fiambre, que lo ha hecho Lucía con mucho mimo.
¿De lengua? y se echó a reír. Pues muy bien, que la de Lucía es kilométrica, así que le vendrá bien masticarla. Aunque de verdad, mamá, mejor no la defiendas: la crítica es sana. A la cara, como debe ser. Por eso siempre caigo bien.
Lucía repartía platos sintiendo cómo hervía la rabia soterrada. Miró a Jorge, que fingía examinar el mantel. El miedo de su marido a la bronca era casi palpable; estaba paralizado, como si el aire estuviera hecho de algodón mojado.
Da igual, se repitió Lucía. Respira. Es solo una noche. Por Jorge. Por su madre.
Julián, ¿y el trabajo? ¿No tenías entrevista la semana pasada? intentó cambiar la dirección de la tormenta.
¡Buf, ni me hables! Solo hay tontos por todas partes. Llego, y me atiende un crío preguntando de ordenadores. Le digo: «Escucha, que yo curraba cuando tú mamabas el Colacao». Y va y me suelta: «No encaja en el perfil». Que les den. Lo mismo monto mi propio negocio. Cuando junte pasta Ah, Jorge, hablando del tema: ¿no tendrás quinientos euros hasta el mes que viene? Tengo que arreglar unas tuberías que arden, literalmente.
Lucía se quedó estatua con la ensaladera en alto.
Julián, aún no has devuelto los mil que te llevaste en primavera para el coche.
Julián enrojeció, pasando a la carga enseguida.
¡Ya salió la administradora! Mira cómo te controla, Jorge. Pides a tu esposa permiso hasta para un café. ¡Es a tu hermano a quien le pido ayuda, no a ella! ¿O ya la tienes tan encima que ni eso puedes?
La mirada de Jorge, entre culpable y perdido, saltaba entre ambos.
Es que andamos justos, Julián. Cerramos la hipoteca por eso la cena…
¡Y bien que se nota! burló el otro, cuchillo en mano. Menudo festín. Salmón, queso, jamón ¡A lo burgués! Pero para tu hermano, ni pan duro. Así eres tú, Lucía. Todo para ti. Lo de que los demás pasen necesidades te la sopla.
No te alteres, hijo intervino doña Pilar, dándole una croqueta. Come, que Lucía ha trabajado mucho.
¡Trabajado, dice! Sé yo para quién se esfuerza tanto… ¿El jefe estará contento, verdad? le guiñó a Jorge, cegando la estancia de grasa. Me han dicho que te han ascendido, ¿eh, Lucía? ¿A base de qué? ¿Quedándote hasta tarde?
Silencio. Tía Rosario ni masticaba. Jorge, rojo, alzó la barbilla.
¿Pero tú te oyes, Julián? preguntó en voz baja.
¡Yo digo lo que nadie se atreve! Tú, Jorge, eres un pringao y tu mujer te tolera. Que no te engañe.
Cállate la voz de Lucía resonó dura, aunque las manos le bailaban. Colocó la ensaladera con suma calma.
¡Uy, la jefa se pone farruca! ¿Te escuece oír la verdad? Nunca entendí qué te vio mi hermano, ni chicha ni limoná… Mi Elisa, sí, esa sí era salá; guapa de rompimiento. Tú… una ratona con aires de reina por tenerle sometido.
Lucía miró a Jorge. Esperó. Esperó un puño en la mesa, una defensa. Pero él se encogía sobre sí mismo, aplastado por el miedo de toda una vida.
Si no lo haces tú
Se levantó. Se alisó el vestido. Con un tono tan helado que detuvo hasta a su sordo tío Julio, dijo:
Levántate y lárgate.
Julián soltó algo entre risa y tos.
¿Tú de qué vas? ¿Demasiada cocina?
Vete ahora mismo de mi casa.
¡Es de Jorge también! ¡Oye, Jorge, dile algo!
Jorge tardó dos siglos en mirar a Lucía. Pero lo hizo. Y supo: si callaba, en una hora no quedaría matrimonio. Su hogar de cristal sería escombro.
Vete, Julián dijo Jorge, la voz ronca.
Eso sí era una pesadilla para Julián. Esperaba llantos, súplicas, gritos, pero no eso.
¿Os habéis vuelto locos? ¡Mamá! ¿Has visto? ¡Por una broma me echan!
No ha sido una broma, Julián Lucía rodeó la mesa, indicándole la puerta. Has insultado a tu hermano y a mí con mi comida y mi vino. Quince años soportando tus chabacanerías. Ya basta. Límite terminado. Fuera.
¡Anda y que os den! Julián se levantó, volcando la copa. El vino tinto se expandió en la tela blanca como una herida sucia. ¡Os atragantáis con vuestras ensaladas, señoritos! No os aguanto más.
Y no esperes que te dé siquiera un euro remató Lucía. Ni hoy, ni nunca. Ya buscarás trabajo, genio.
Julián, colérico, agarró la botella restante (¡Algo aprovecharé!, se le leyó en los ojos) y marchó haciendo temblar el piso.
¡Te arrepentirás, Jorge! ¡Has cambiado a tu hermano por una sargenta! ¡Calzonazos!
La puerta se cerró con estrépito; en el aparador tintinearon las copas.
Un silencio viscoso ocupó el salón. Solo el tic-tac del reloj y el resoplo de doña Pilar, con un pañuelo en los labios y lágrimas en los ojos.
Lucía ¿Y hacía falta ser tan brusca? Él bueno, es así. Un poco exaltado. Y ha bebido.
Lucía la miró. Le fallaban ya las fuerzas, las manos volvieron a temblar, pero se sostuvo.
Señora Pilar, musitó, con suavidad firme. Exaltado es el que da voces. Quien humilla a su cuñada y ningunea a tu hijo es pues eso, un sinvergüenza. No quiero que mi casa sea el vertedero de sus palabras. Si usted lo quiere consolar, es asunto suyo, pero aquí no, y mucho menos en mi mesa.
Pilar sollozó en silencio. Tía Rosario, práctica, golpeó con la cuchara su plato.
Oye, Lucía, el pato está de muerte. ¡Se deshace en la boca! También te digo: hiciste bien. Ya era hora de poner a ese cerdo en su sitio. ¡Aún me acuerdo cómo me pisó los pies en vuestra boda y ni perdón! Jorge, échame un poco de vino, que esto es de infarto.
El ambiente se alivió. Jorge, como despertando de un mal trance, sirvió la bebida. Le miró a Lucía con tanta gratitud, y por fin con respeto, que ella sintió que un peso se le caía de los hombros.
Perdóname susurró él llenándole la copa de refresco. Tenía que haberlo hecho yo.
Ya está hecho. Estamos juntos. Y él, fuera.
La charla se volvió más alegre, como si el aire ganara oxígeno. Doña Pilar, tras un par de chupitos y un trozo de Milhojas casero, se animó e incluso coreó la habanera que Rosalía entonó.
Al irse todos, Lucía se dejó caer en una silla, mirando la mancha de vino en el mantel.
Éste ya no sale ni con agua hirviendo comentó. Me lo regaló mamá.
Jorge la abrazó por detrás.
El mantel al cuerno. Compramos otro diez veces. Lo importante es lo que hiciste hoy. Me siento tonto por consentirle esos años. Siempre fue el grande, siempre hacíamos lo que él quería. Mamá repetía: Déjale, es complicado. Y yo, cediendo.
Lo sé, Jorge. Es difícil romper costumbres. Pero somos familia. De cristal. Frágil y bella. Y no dejaré que la rompa un maleducado con destornilladores del chino.
Los dos se echaron a reír. La tensión se disolvió.
Y hablando del destornillador cogió Jorge el regalo olvidado. ¿Sabes lo mejor? Tengo otro igual desde hace años; si no me equivoco, me lo volvió a regalar reciclando el pasado.
Mira tú, la coherencia es importante Lucía sonrió.
A la mañana siguiente, el teléfono de Jorge vibraba sin parar. Era Julián. Él miró la pantalla, luego a Lucía, que leía su novela tomando café. Bajó el volumen y dejó el móvil boca abajo.
¿No lo coges? preguntó ella.
No. Que duerma la mona. O igual no vuelvo a cogerlo nunca; ayer la casa estaba tan tranquila
Mamá sufrirá murmuró Lucía.
Que sufra un poco, le vendrá bien ver que yo también muerdo. O más bien, que ahora mordemos los dos. ¿Formamos banda?
Banda, sí rió Lucía. La banda del silencio y del pato con manzanas.
Semanas después, doña Pilar le contó a Lucía que Julián iba diciendo a toda la familia que una nuera histérica lo echó sin motivo, y que el pobre Jorge ni rechistar. Todos asentían, suspiraban, pero curiosamente, las invitaciones a casa de Lucía aumentaron; eso sí, con inusitada corrección. La fama de que allí no se toleraban faltas de respeto funcionaba mejor que cualquier alarma.
Y, por cierto, el mantel, después de frotarlo con sal y agua hirviendo como decía la abuela, quedó impoluto. Como su casa. Como su vida, tras la tormenta. Solo les quedó una sensación de limpieza brillante, de hogar ganado a pulso.






