**El Secreto Ajeno**
Últimamente, Lucía sentía que con Javier no había futuro. Llevaban casi dos años juntos, trabajaban en la misma oficina, pero él nunca mencionaba el matrimonio. Cada vez que ella sacaba el tema, él lo esquivaba con habilidad. Era como si viviera sin ataduras, sin compromisos, deslizándose por la vida sin preocupaciones.
—Ni siquiera me regala nada —pensó de pronto—. En mi cumpleaños, siempre tres rosas y nada más.
—Después te compro algo, no he tenido tiempo, ¿vale, cariño? —decía Javier mientras le entregaba las flores.
—Claro, esperaré —sonreía Lucía, aunque él luego olvidaba su promesa o fingía hacerlo.
¿Por qué ahora le daba vueltas a todo? Porque su compañera y amiga Ana le había soltado de casualidad:
—Lucía, vi a Javier en el café anteayer, muy cariñoso con una rubia. Luego se fueron abrazados. La chica se subió a su coche… Vamos, que no era nada inocente. Lo vi claramente. Estábamos celebrando el ascenso de mi Pablo.
Lucía se hundió, y Ana, al ver su expresión, añadió:
—Perdona, pero no podía callármelo. Además, no es la primera vez…
—¿Sabes más cosas de Javier? Dímelo todo.
Ana había visto a Javier con otras, pero nunca se lo había contado. Sin embargo, esta vez era evidente que había algo más.
—Javier, ¿con quién estabas en el café de la costa hace dos días? —preguntó Lucía esa noche, cuando él llegó a su casa.
—¿Cuándo? ¿En qué café? ¿Tú me viste? —él pareció sorprendido, pero se recuperó rápido—. No te creas lo que te digan, alguien quiere separarnos.
—No hace falta, Javier. He decidido terminar nuestra relación. Así que adiós —abrió la puerta de par en par y señaló la salida.
—¿Ya no me quieres? —fingió tristeza—. Incluso hablabas de boda…
Pero no era por ella, sino por su orgullo herido.
Así terminó todo. Lucía casi no se entristeció. A sus veinticinco años, era hora de pensar en algo serio.
Un sábado, su madre la llamó:
—Hija, ven mañana. Tengo que hablar contigo.
Al día siguiente, su madre le explicó:
—Resulta que tu abuela Carmen me dejó su casa en herencia. Yo no quiero mudarme al mar, no soporto el calor. Así que la casa será tuya.
—¿En serio, mamá? ¡Me encantaba pasar los veranos allí!
Después de los trámites, Lucía se fue de vacaciones para arreglar la casa.
—Puedo trabajar a distancia —pensó.
Ana no podía creerlo:
—¿En serio tienes una casa en la costa? ¿Podré visitarte con Pablo? Nos vamos a casar…
Javier llamó al día siguiente:
—Cariño, dicen que ahora tienes una casa en la playa. ¿Ya no te acuerdas de mí? Podríamos empezar de nuevo…
Lucía se rió:
—No, Javier. Mi vida empieza de cero, y tú no estás en ella.
La casa la recibió con un jardín descuidado y polvo en los muebles. Pasó días limpiando hasta dejarla reluciente.
Una tarde, mientras tomaba té en el porche admirando el atardecer, apareció Marcos, un viejo conocido.
—Hola, Lucía —sonrió—. ¿Me reconoces?
—¡Claro! Pasa, te invito a té.
Recordaron cómo, años atrás, él la salvó de una ola cuando eran adolescentes. Marcos, tímido y reservado, había crecido encerrado por su abuela, una mujer estricta que ocultó su nacimiento. Con el tiempo, se abrió al mundo y se convirtió en cardiólogo.
Ahora, ante Lucía, estaba un hombre serio y enamorado.
Pasaron semanas. Lucía dejó su trabajo y encontró uno nuevo con ayuda de Marcos.
Un día, él llegó con un ramo enorme y un anillo de diamantes.
—Cásate conmigo —dijo de rodillas.
Ella aceptó feliz.
**Moraleja:** A veces, cerrar una puerta abre el camino a la verdadera felicidad.







