Recuerdo como si fuera ayer aquel día en que vi a mi alegre hermana en una tienda, caminando del brazo de un caballero distinguido, ambos luciendo alianzas de oro en los dedos.
Isabel tenía una hermana gemela llamada Jimena. Desde el primer llanto, fueron inseparables. Jugaban bajo los fresnos en el parque, compartían confidencias bajo la mesa camilla, y cuando una hacía una travesura, la otra recibía el castigo con la misma dignidad. Siempre se defendían y vestían igual, como si fueran dos gotas de agua. Incluso al crecer, eso no cambió, aunque ya podían elegir su propia ropa. Les gustaba parecerse y llevaban con orgullo su identidad de gemelas.
Las muchachas crecieron en el seno de una familia humilde en las afueras de Valladolid. El dinero no sobraba, así que cuando Isabel marchó a Salamanca a estudiar, Jimena quiso seguir sus pasos, pero no pudo. Quedó desilusionada, igual que sus padres, que aun así se apretaron el cinturón para pagar la matrícula universitaria a sus dos hijas. Jimena sentía vergüenza porque el dinero era justo, y acabaría pagando las consecuencias. Lo suyo era un continuo intento fallido de cuadrar las cuentas y estirando cada euro como si fuera el último.
Un crepúsculo, compartiendo una cena sencilla de tortilla y gazpacho, la abuela de las gemelas con la lengua suelta por un vaso de vino de más dejó caer un secreto que arrojó sombras sobre el pasado. Al parecer, cuando nacieron las dos niñas, los padres consideraron entregar en adopción a la más pequeña, temiendo no poder con la carga de dos criaturas a la vez. Esa pequeña era Jimena.
Jimena se sintió herida, despreciada por una injusticia amarga. Por más que intentaran calmarla, nada servía. Creía, con dolor, que sus padres querían más a su hermana; por despecho, recogió todos sus papeles de la Universidad y se largó.
A partir de ahí, empezó a echarle la culpa de todo a Isabel. Pensaba que, de no estar su hermana, ella sería la favorita, acapararía todo el cariño y los cuidados. Desde aquel momento, el hogar se tornó áspero y distante. Las gemelas, una vez inseparables, comenzaron a distanciarse.
Isabel encontró marido, un hombre honrado de León, se casó y tuvo un hijo. Desde entonces, apenas volvieron a verse. Sólo coincidieron una vez más en la casa familiar, y Jimena, en vez de mostrarse cariñosa, se dedicó a lanzar indirectas, bromas crueles y críticas sobre el aspecto de su hermana.
El siguiente encuentro sucedió por azar en el bullicioso centro comercial de la calle Preciados, en Madrid. Jimena desbordaba elegancia junto a un hombre de porte imponente y gran reputación. Isabel pensó que era su esposo.
Isabel, emocionada, saludó rápido a Jimena, pero esta se apartó con frialdad y fingió no conocerla. Isabel se sintió perdida y se quedó petrificada, mientras Jimena se alejaba con paso seguro y se subía a un automóvil de lujo.
Días después, debieron volver a coincidir en la casa de los padres. Jimena empezó a criticar el atuendo y el aspecto de Isabel que no iba peinada ni arreglada, acusándola de deslucir y deshonrar a la familia con su apariencia.
En el fondo, algo de cierto podría haber; Isabel lucía su cabello rizado con naturalidad, evitaba maquillarse y prefería ropa sencilla. Jimena, en cambio, no salía sin maquillaje, llevaba el pelo alisado y usaba lentillas azules en vez de gafas. Dedicaba tiempo y dinero a tratamientos de belleza.
Ofendieron mucho a Isabel aquellas palabras. Se preguntaba cómo podía su hermana, aquella confidente de su niñez, haberse transformado en una persona tan fría y cruel. ¿De dónde brotaba tanto rencor?
Su madre, viendo el dolor entre ambas, pidió a Isabel que no guardara rencor a Jimena. Le rogó dejarla ser feliz, y la exhortó a no cruzarse en su camino, a no amargarle la existencia.
A partir de entonces, Isabel sólo podía visitar a sus padres si antes llamaba o era invitada, para no coincidir con su hermana. Así, por una sola frase dicha al calor de la noche, la vida de la familia se partió para siempre, y ya nunca volvió a ser la misma.







