Nuestra abuela cumplía ochenta años por aquel entonces. Hace ya muchos años, una tarde de otoño, decidió echar de casa a mi hermano mayor y a su esposa, quedándose a vivir sola. Desde aquel día, la abuela casi no hablaba con nadie. Si le comentaba que pensábamos visitar, colgaba el teléfono enseguida. Ni siquiera abría la puerta a nadie.
Por qué precisamente mi hermano acabó yéndose a un piso de alquiler, nunca quiso contarlo. A decir verdad, no me extrañó que la abuela le pusiera de patitas en la calle, pues siempre fue despreocupado y más dado a gastar que a aportar.
Apenas la abuela se quedó sola y su piso quedó más despejado, la familia organizó en Madrid un cónclave que aún recuerdo con claridad. La abuela no asistió, por supuesto. Había una única cuestión que nos angustiaba sinceramente: ¿cómo iba a vivir una mujer de ochenta años completamente sola?
La hermana de mi padre propuso que su hija, una joven de treinta años llamada Clara, sin trabajo entonces y conocida por su ligereza y su desinterés, se hiciese cargo de la abuela. Todos sabíamos que a Clara le costaban las responsabilidades.
La otra tía sugirió que la abuela se mudase a un pequeño estudio por el centro, para ahorrar gastos.
Los jóvenes ahora ocupan su casa. ¿Cómo va a permitirse pagar el alquiler de un piso tan grande? apuntó con severidad.
Mi tío ofreció llevarse a la abuela a su casa en Toledo, para que el piso lo ocupase su propio hijo. Tenía lógica: con ochenta años la vida a solas se complica mucho. Que los jóvenes se busquen la vida, pero con la excusa de cuidar a la abuela, todos querían aprovechar su casa en el barrio de Salamanca. Cada sugerencia se disfrazaba de profunda preocupación por el bienestar de la abuela.
Me preocupo por mi madre. Así estará bien cuidada insistía mi tío.
Ya se había hecho cargo de uno de sus hijos; ahora pretendía colocar a otro. Mi padre propuso que fuera la propia abuela quien decidiera cómo y con quién quería vivir; los demás se indignaron.
La insistente fue la primera de mis tías, así que al final, todos accedieron a que su hija Clara lo intentase. Clara, emocionada por mudarse al piso, fantaseaba ya por el camino con cambios y reformas. La llamaron para anunciarle la resolución de la junta familiar. La abuela, que lo entendió todo, cortó la llamada en seco.
Clara acudió con unas flores, pero la abuela no le abrió. En cambio, le dejó en la puerta un tarro de tomates caseros.
¿Y cómo pretende vivir así, sola? se quejaba Clara, frustrada y airada. Dice que en estos ochenta años nunca vivió de verdad, y ahora le da por querer vivir. ¡A saber lo que será de ella! ¿Y si enferma? ¿Y si le pasa algo? La soledad no es cosa de juegos.
La abuela no pensaba en nada ni en nadie. No tenía remordimientos. Había convivido primero con sus padres, después con el abuelo, luego con hijos, nietos, hasta con la familia de su nieto. ¡Y ahora quería la independencia, y nada menos que en un piso de tres habitaciones en pleno Madrid! Un escándalo, decían. Era momento de dar paso a las nuevas generaciones.
Solo mi padre mantuvo la cabeza fría. Tampoco le gustaba la idea de que la abuela viviera completamente sola, así que ideó una solución más sensata. No se podía permitir dejarla a su suerte: ahí tenía razón la familia; todo puede ocurrir, y nadie tenía ya llaves del piso. Cuando la abuela expulsó a mi hermano, cambió todas las cerraduras. A esa edad, cada día trae sus sorpresas.
Con el consentimiento de mi madre, mi padre instaló una cámara en el pasillo del piso de la abuela. Así, desde cualquier lugar, los familiares podían comprobar que la abuela seguía bien, paseando por la casa. La propia abuela, al pasar junto al aparato, hacía gestos cómicos y sacaba la lengua.
Se ofreció a pagar ella sola las facturas al fin y al cabo, no consumía tanto y rechazó ayuda de nadie, con tal de que la dejaran tranquila. Todos acabaron conformados. Así fue como la tecnología permitió a la abuela mantener su tranquilidad, sin visitas indeseadas.
Al final, todo salió bien. Solo pasa que la abuela todavía no recibe nunca a nadie en casa, ni siquiera para una merienda de rosquillas o un té. Ayer fui a verla y tuve que recoger del rellano un tarro de mermelada que había dejado para mí. Sigue temiendo perder su libertad y su independencia. Sin embargo, ojalá se serenase un poco para poder recibir a sus seres queridos sin miedo.







