Tenía la sensación de que mi madre acabaría jubilándose, marchándose a una casita en un pueblo de La Mancha y dejándonos a mí y a mi marido su piso de tres habitaciones en el centro de Madrid.
Os voy a hablar de mi vecina, Rosario. Ahora tiene sesenta y ocho años, y siempre había vivido sola en su piso amplio. Hace poco, Rosario decidió alquilar su vivienda y desaparecer de la ciudad en una excursión tan surrealista como inesperada, como si en sueños hubiera seguido el canto de una flauta invisible.
Fue entonces cuando su hija, Jimena, llamó a mi puerta empapada en desconsuelo y asombro:
¿Qué está haciendo mi madre? ¡Qué decepción tan grande me ha dado! Ahora mi suegra me grita que acabaré demente en la vejez, igual que Rosario. De tal palo, tal astilla, repite. Justo ahora que mi marido y yo hemos pedido un préstamo para un coche y llevamos dos meses sin poder pagar las cuotas… ¡Esperábamos que mamá nos salvara! Pero ha alquilado la casa y se ha largado de viaje por el horizonte.
Me quedé mirando a Jimena, perpleja, como si estuviera flotando entre las nubes de su disgusto: ¿por qué su madre tendría que hacerse cargo de sus deudas automovilísticas? Jimena, mientras tanto, seguía murmurando entre suspiros:
Mi suegra está que echa humo porque vivimos en su casa y mamá lo ha alquilado todo.
Intuí que Jimena buscaba que me uniera a su coro de quejas. Pero yo creía firmemente que Rosario había actuado como los héroes de las novelas de García Lorca, libres bajo la luna plateada. Una mujer tiene derecho a vivir a su aire, aunque esté jubilada. ¿Desde cuándo se espera que, al retirarse, deba orbitarnos como satélite y cuidar de hijos y nietos? Le pregunté a Jimena, con voz envuelta en azafrán:
¿Por qué no confías en ti y en tu marido? ¿Por qué no invertisteis estos quince años de matrimonio en comprar vuestro propio piso? Así tu suegra no tendría motivos para lanzar reproches como dardos.
Jimena, envuelta en un manto de resignación, confesó:
Nuestra ilusión era que, al jubilarse mi madre, se marchara al campo y nos dejara el piso de Madrid a mi marido y a mí.
No pude resistirme a bromear, el sueño era ya tan extraño como un cuadro de Dalí.
Y si Rosario encontrase pareja, ¿qué? Una amiga suya se fue de vacaciones a Cádiz, conoció a un hombre y, sin pensarlo dos veces, se casó y vive ahora feliz en la Costa de la Luz. Igual Rosario hace lo mismo.
Tras mi comentario, Jimena me contempló asombrada, como si yo acabara de convertir el agua en vino. Días después vi en las redes sociales fotos de Rosario caminando por playas infinitas, en rincones pintorescos de Andalucía, y escribiendo que por fin descansaba y que la vida sabe a vino joven cuando uno se atreve.
Me invadió la alegría por ella. Puedo afirmar con convicción, como se recita en las historias de la abuela, que la edad nunca fue impedimento para ser feliz, ni para probar experiencias nuevas y maravillosas, incluso en sueños envueltos en aceite y naranjos.







