El niño que devolvió la vida a la sierra: la historia de Felipe Andrade y el bosque renacido en un pequeño pueblo de montaña de España

Me llamo Felipe García y nací en un pequeño pueblo al pie de la Sierra de Guadarrama, en la provincia de Segovia. Desde que era pequeño, mi abuelo Mateo siempre me contaba cómo antes, la ladera frente a nuestra casa estaba cubierta de robles, arroyos cristalinos y mirlos que saludaban el amanecer con sus trinos.
Pero cuando tenía ocho años, aquella sierra estaba pelada, la tierra cuarteada y triste, y reinaba un silencio que dolía.
Recuerdo que un día le pregunté al abuelo:
Abuelo, ¿por qué ya no hay árboles en nuestra sierra?
Porque los cortaron para vender la madera, y la tierra se ha quedado exhausta me respondió.
¿Y quién los va a volver a plantar?
Alguien que quiera más al mañana que a las comodidades del presente me dijo con esa mirada suya tan profunda.
Aquella noche no dormí bien; sentía que mi abuelo me había dado una tarea muy importante.
Al día siguiente, encontré una vieja lata de aceitunas y la llené con tierra negra. Recogí unas bellotas de encina que había junto al camino y las planté. No sabía si aquello tendría algún efecto, pero cada día cuidaba mis semillas con el poco agua que traía del pilón. Cuando vi salir el primer brote, noté una chispa de esperanza encendiéndose en mi pecho.
No tardé en recoger más semillas y plantarlas. Primero en el huerto de casa, después en las cuestas solitarias cercanas. Los vecinos me miraban y bromeaban:
Felipe, hijo, eso que haces no va a cambiar nada.
Pero yo no olvidaba las palabras del abuelo.
Con el tiempo, otros niños del pueblo, como Lucía y Carmen, se animaron a ayudarme. Cada sábado subíamos a la sierra con botellas de agua, bolsas de semillas y pequeñas palas hechas con latas viejas. A veces las plantas no sobrevivían; otras sí. Aprendimos que había que protegerlas con cercados para que las cabras no las comieran y poner piedras alrededor para mantener la humedad.
Cuando cumplí quince años, ya crecían más de tres mil árboles jóvenes en la sierra. Todo había cambiado: volvieron los pájaros, la tierra guardaba mejor el agua, y cuando llovía, volvían a nacer pequeños arroyos.
La noticia llegó primero a la emisora del pueblo y después a un periódico de Madrid. Un día apareció un señor de una fundación ambiental.
Felipe, ¿quieres que te ayudemos a plantar más árboles? me preguntó.
Sin dudarlo, dije que sí.
Gracias a ellos, conseguimos herramientas, guantes y, sobre todo, muchas más semillas y plantones autóctonos. Recibimos talleres sobre cómo restaurar el monte. El abuelo, que ya estaba muy mayor, me abrazó y me dijo:
Ahora sí que estás viendo el porvenir, hijo.
Hoy tengo veinticuatro años y estudio ingeniería ambiental en Salamanca. En la sierra donde antes sólo había piedras y polvo, ahora crece un bosque joven con más de veinticinco mil árboles. No es perfecto ni definitivo, pero es hogar para abubillas, ardillas, zorros y para la gente a la que le gusta andar bajo la sombra.
Siempre que subo y toco los troncos, pienso que estos árboles seguirán aquí mucho después de mí. Me gusta imaginar que algún niño, dentro de cincuenta años, preguntará a su abuelo:
¿Quién plantó todo esto?
Y que él le conteste:
Un niño que amó más el futuro que la comodidad de su presente.
En la vida, a veces un pequeño gesto, por sencillo que parezca, puede cambiar el mundo de mañana. Lo fundamental es pensar en quienes vendrán después y dejarles un legado digno de ser cuidado.

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El niño que devolvió la vida a la sierra: la historia de Felipe Andrade y el bosque renacido en un pequeño pueblo de montaña de España
Gracias, mamá – dijo Román, levantándose de la mesa y estirándose –. Voy a salir un rato a dar una vuelta. No te preocupes, iré con cuidado; además, a estas horas ya casi no circulan coches. —Desde que te compraste el coche pasas todo el día con él. ¡Ya va siendo hora de que te cases! —Mamá, no empieces —Román se acercó a su madre y la abrazó—. Ya sabes lo mucho que soñaba con tener mi propio coche. Ahora que por fin lo tengo, quiero disfrutarlo un poco, luego ya pensaré en formar una familia. Te lo prometo. —En fin. Tienes casi treinta y sigues jugando con tus cochecitos —la madre le acarició el pelo—. Anda, vete ya. Román salió del portal, se acercó a su coche y limpió los copos de nieve del parabrisas. El carné lo sacó hace tiempo, y su padre le dejaba conducir el viejo coche familiar, así que experiencia al volante no le faltaba. Pero a Román todavía le faltaba esa satisfacción tan especial de disfrutar de la sensación de poseer su propio coche. Había ahorrado durante mucho tiempo, y luego tardó en decidirse. Y ahora cada noche recorría la ciudad, a veces salía a la carretera. Si alguien hacía autostop, siempre le acercaba, y nunca cobraba ni un euro. Se sentó al volante, giró la llave del contacto y disfrutó del rugido del motor. Subió el volumen de la radio y salió despacio del patio. Bajo la luz de los faros las motas de nieve chispeaban. Este año el invierno había llegado de repente, y en pocos días había cuajado una buena nevada. Román conducía sin rumbo fijo. En una de las calles vio a una mujer y un niño. Bajó el volumen de la radio, se detuvo y bajó la ventanilla del asiento del copiloto. —¿Podrías llevarnos hasta la calle de los Albañiles? —preguntó la mujer asomándose a la ventanilla. Era joven y guapa. —Subid, —señaló Román el asiento de al lado. —¿Y cuánto sería? Está lejos —preguntó ella, aún inclinada hacia la ventanilla. —No te preocupes. A las chicas bonitas no les cobro nada. Al ver que ella retrocedía asustada, Román se apresuró a tranquilizarla. —¿Te parecerían bien cincuenta euros? Anda, subid —rió él. La joven abrió la puerta trasera y dejó pasar primero a su hijo, de unos cinco años, y después se sentó junto a Román. Este tomó la carretera principal. —¿Cuántos caballos tiene tu coche? —preguntó el niño desde el asiento trasero. —¿Caballos? —respondió Román—. Pues la verdad, no lo sé… —¿Cómo que no lo sabes? —insistió el pequeño pasajero. —Cuando compré el coche, elegí uno que me gustase por fuera y que resultase cómodo. La potencia del motor no me importaba mucho. Pero veo que tú entiendes del tema —dijo Román con toda seriedad. —Sí, sé bastante —respondió el niño, muy serio. —¿Y cómo te llamas, experto en coches? —rió Román. —Santi. ¿Y tú? —Vaya, qué curioso. Yo soy Román. Perdona, colega, no puedo darte la mano ahora —Román se divertía con la conversación. —¡Basta ya, Santi! No distraigas al señor —le reprendió su madre. —Déjale, que hable —respondió Román mirando al retrovisor, y se cruzó con la mirada de la joven. Sintió de repente un calor alegre en el pecho. Las luces de los escaparates y las farolas iluminaban la ciudad nocturna. Faltaba un mes para Navidad, pero ya se sentía el espíritu festivo. —Deja justo aquí, por favor —pidió la mujer desde atrás. —¿Te llevo hasta el portal? —Román volvió a mirar al retrovisor, pero ella desviaba la vista. Detuvo el coche frente al largo bloque de nueve plantas. La mujer salió sujetando la puerta, mientras esperaba a su hijo. —Santi, venga, date prisa —le apremió. —¿Mañana vendrás a por mí? —preguntó el niño con voz casi llorosa. —El domingo iré a buscarte. No llores, venga, que tengo prisa. Sal ya —dijo su madre. Santi cruzó despacio el asiento hasta la puerta. Román salió también del coche. —Toma —la mujer le ofreció cincuenta euros. Román cogió el dinero, lo dobló y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. —Me lo guardaré como un amuleto —dijo seriamente y tendió la mano a Santi, que finalmente salió del coche—. Hasta luego. —Hasta luego —el pequeño puso su mano en la grande y cálida de Román. —Venga, vamos, la abuela nos espera —la mujer tiró suavemente del niño. A los pocos pasos Santi se volvió, y Román le saludó con la mano. Vio a un hombre salir al encuentro de la madre y el hijo desde uno de los coches aparcados. Besó a la mujer y le ofreció la mano a Santi, pero el niño giró bruscamente la cabeza, apartándose. «La mamá tiene novio, y el niño está celoso. No tiene buena relación con él», pensó Román, y eso de alguna forma le reconfortó. Román volvió al coche, subió el volumen de la música. El aroma de un perfume femenino flotaba aún en el interior del coche… De pronto, ya no le apetecía conducir. La música le empezó a cansar y cambió de emisora. No podía quitarse de la cabeza la imagen de la joven. ¿Qué tenía de especial una mujer sencilla y agradable? …Unos años atrás se había enamorado de una mujer mayor, que ya tenía una hija adolescente. Román le pidió matrimonio y la llevó a casa para presentarla a su madre. —Es mayor que tú, tiene una hija. Eres joven, guapo, ¿de verdad no puedes encontrar a alguien más joven? No cometas ese error, hijo… —le rogaba su madre cuando Darina se marchó. Más tarde, su madre sufrió mucho por haber destrozado la felicidad de Román. Ninguna de sus relaciones posteriores funcionó. Le gustaban a las chicas, pero ninguna logró tocarle el corazón como Darina. Y Darina acabó volviendo con su marido y se casaron de nuevo. Y ahora, esa noche… Román pasó más de una vez por el edificio en el que dejó a Santi y su madre. Incluso recorría la calle por donde los recogió. Pero jamás volvió a encontrarlos… A menudo se acordaba de la pasajera y su hijo. Sabía el número del portal, podría haber preguntado por la abuela de Santi, sin duda alguien le hubiera orientado. Pero, ¿y si todo les iba bien con aquel hombre que los esperaba en la puerta? Y así, Román seguía recorriendo la ciudad, esperanzado en un feliz reencuentro… …Llegaron los días previos a Año Nuevo. Su madre, desde la mañana, se afanaba en la cocina; junto a la ventana brillaba un precioso árbol de Navidad. Román durmió a gusto, ayudó a su madre con las ensaladas y sacó la vajilla especial. Pero, cuando oscureció, una fuerza invisible le impulsó a salir. —Mamá, está nevando, parece un cuento. Salgo a dar una vuelta, antes de dormirme y perderme la cena. —¿Adónde vas ahora? —se asustó su madre—. Solo quedan tres horas… —No tardo. Tranquila —le dijo, y fue a vestirse. El coche estaba cubierto de nieve. Román encendió la calefacción y observó las calles vacías; solo algunos peatones corrían a cenar en familia. En las casas las ventanas brillaban, la gente ultimaba los preparativos para la gran noche. Junto a la carretera, un hombre alto hacía autostop bajo su abrigo entreabierto. Román paró. El hombre se acomodó resoplando en el asiento de atrás. Al salir le dio doscientos euros, aunque el trayecto fue corto. —En estas fiestas, todos se vuelven generosos. Tarifa navideña —sonrió Román, aunque aceptó el dinero. Después llevó a una pareja que no dejaba de discutir. Rechazó su pago. Felices y sorprendidos, se fueron dando las gracias y riendo. Román condujo por la calle tranquila donde subieron Santi y su madre. Miró las ventanas y pensó que tras una de ellas estarían sentados a la mesa, ella, el niño, y… el otro. Siguió su ruta hasta el edificio de la abuela de Santi. ¡Y entonces los vio! Caminaban por la acera hacia él. La reconoció por su abrigo beige y el gorro blanco de lana con pompón. A su lado, Santi parecía muy triste. El corazón de Román dio un brinco. Frenó y salió del coche. Ellos se detuvieron también, con expresión cautelosa. —No me reconocen —se dio cuenta. —Subid, os llevo a donde queráis. Hoy por ser Nochevieja, es gratis —dijo. Se acercaron al coche. Román extendió la mano al niño. —Hola, Santi. El niño miró a su madre y solo entonces le dio la mano. —¿Has olvidado los guantes? Subid rápido, hace frío. Santi y su madre se sentaron atrás. —¿No os acordáis de mí? Hace un mes os llevé aquí —comentó Román mirando a la joven por el retrovisor. Tenía los ojos enrojecidos. —¿A dónde os llevo? —preguntó. —A la estación —contestó ella. Santi guardaba silencio, apagado. —Falta menos de una hora para el nuevo año. Hoy no debéis viajar. No sé qué ha pasado, pero llorar en esta noche está prohibido, ¿verdad, Santi? —Román se dirigió al niño. —Vinimos con mamá a casa de la abuela, pero discutieron… —susurró el niño. —¡Basta, Santi! —le cortó su madre. —Eso pasa. ¿Sabéis qué? No vamos a ninguna estación. Espera, piénsalo, piensa en tu hijo. Hace frío. No le dejes sin fiesta. —¿Y a ti qué te importa mi hijo? Llévanos a la estación —insistió ella. —Mi madre ha cocinado para un regimiento. Todo está buenísimo, te lo prometo. Vamos a mi casa y celebramos juntos. ¿Qué te parece, Santi? —¡Vamos, mamá, vamos! —gritó Santi, esperanzado. —Venga, anímate. ¿A dónde vas a ir ahora? Mi madre estará feliz de tener compañía. Las lágrimas y los malos recuerdos deben quedarse en este año, y hay que entrar en el nuevo con una sonrisa. Román subió la radio. «Esto es el destino. ¿Qué otra cosa? Y encima suena la misma canción de aquel día. Y dicen que los milagros no existen…», pensó. Román detuvo el coche frente al portal. —Venga, rápido, que nos queda poco tiempo —anunció. —¡Toma ya! —gritó Santi, echando a correr. Román abrió la puerta y entró en casa. —¡Mamá! ¡Tenemos invitados! ¡Y vienen hambrientos! Desde la cocina se oyeron ruidos y risas. —Venga, quitad los abrigos, ¡solo quedan diez minutos! Poco después apareció la madre de Román. Al ver a los desconocidos se quedó sorprendida. —¿Quiénes son, hijo? —consiguió preguntar. Román miró con complicidad a la joven. —Esta es mi madre, doña Antonia, —dijo—. Mamá, él es Santi, y ella… —miró a la joven, que sin abrigo ni gorro, parecía más frágil y bonita. —Nuria —respondió ella tímida. —Mamá, invita a Santi y Nuria a la mesa —dijo alegre Román, guiando a los invitados al comedor. Cuando tomaron asiento ante la mesa festiva, Román subió el volumen del televisor. —Tenía el presentimiento y, como siempre, puse un plato de más —dijo Antonia, con lágrimas en los ojos—. Nunca me acostumbro a que tu padre ya no está… —¡Mamá, más lágrimas no! Venga, probemos tus manjares. Román descorchó el cava y se levantó. Le imitaron todos, incluso Santi, alzando su vaso de zumo. —¡Feliz Año Nuevo! —anunció Román emocionado. —¡Y por los nuevos amigos! —exclamó Santi con su aguda voz, y todos rompieron a reír… …En la Nochevieja, cuatro personas, por alguna voluntad desconocida, se encontraron reunidas a la misma mesa. Y ninguno de ellos podía imaginar que, desde ese instante, sus destinos quedarían unidos para siempre. Y cada uno consiguió justo lo que soñaba…